
Un vicio muy tonto que tiene Xixón es que no es como un chicle que se puede estirar a voluntad para luego recuperar su tamaño original

Siempre me han caido bien los adolescentes. Me hacen gracia. Transitan entre el mundo de la infancia y la adultez con el paso descoordinado de un pato y las hormonas subidas a la Space Mountain arriba y abajo, arriba y abajo, en un viaje sin fin. Pasar la adolescencia es toda una experiencia y volver a revivirla cuando tienes hijos es regresar a Howard’s End, sientes que se te cae encima una pesada librería de madera de roble pero sin la ventaja de vestir la divina ropa eduardiana. La adolescencia además pone al karma en acción: nadie te asesinó o te dejó abandonada en el desierto del Sáhara durante tu adolescencia y ahora lo correcto es tener paciencia con las adolescencias ajenas. Por eso mismo suena tan de carcamal y de amargados vitales esos lamentos sobre la decadencia de los jóvenes que inundan las cartas de los periódicos locales y las redes sociales estos días de comienzo de curso. Maestros del apocalipsis, predictores de desastres que nunca llegan, oráculos de la decadencia de Occidente, nostálgicos de la vara y el pizarrín.
Luego nunca pasa nada, claro, y los adolescentes crecen y se convierten en adultos buenos, malos o mediopensionistas y el mundo no se acaba sino que gira y gira y Occidente no decae porque los adolescentes de ahora lleven el pelo de colorinchis o respeten los pronombres de los demás sino porque sus líderes prefieren postrarse ante Trump o mirar hacia otro lado mientras Israel comete un genocidio.
Sin embargo la adolescencia requiere del ejercicio de la paciencia por parte de los adultos y de una constante y bien nutrida despensa de alimentos. Porque los adolescentes comen. Mucho. De todo. A cualquier hora. En cualquier momento. Pero son impredecibles y volubles y cuando piensas que algo les gusta y compras un montón resulta que cansaron de ello y te encuentras con veinte yogures griegos sabor “Mediterráneo se encuentra con China” acercándose a su fecha de caducidad mientras tu hijo o hija se lamenta porque no tiene nada rico que comer.
Pues los turistas son un poco como los adolescentes: todos hemos sido alguna vez turistas pero no aguantamos cuando lo son los demás, especialmente en nuestra ciudad. Los turistas desbordan nuestros supermercados, nos quitan el sitio en la playa, están sentados en nuestro sofá favorito de nuestro bar favorito, se te ponen delante en los conciertos de la Semana Grande, hablan durante los Fuegos, beben la sidra a sorbos, te dicen que qué fresco se está en Asturies mientras les resbalan las gotas de sudor por la cara porque en Madrid blablablá y nadie va de vacaciones a reconocer que el Cambio Climático también se siente aquí con fuerza y honor y noches tropicales y una humedad como para rodar la segunda parte de Apocalypse Now. Y se alojan en pisos turísticos que les da igual La Calzada que El Coto que Tremañes que el Centro… y las ruedas de las maletas golpeando las aceras noche y día, día y noche. Y por su culpa te suben el precio de las cañas en las terrazas, te prohíben ocupar las mesas si no vas a comer algo y el menú del día está a precio de entrada de tres estrellas Michelín. Y todo por culpa de los turistas.
¿No querrás decir el turismo?
¿O son las administraciones?
¿O los rentistas?
Porque, si el único consenso alcanzado en torno a los adolescentes es que necesitan reglas, guías y acompañamiento, no entiendo que no entendamos como ciudad que el turismo tiene también que ser regulado. Antes de que nos devore.
Un vicio muy tonto que tiene Xixón es que no es como un chicle que se puede estirar a voluntad para luego recuperar su tamaño original. Llámalo capricho o llámalo leyes de la física, pero esto esto es así y ya. Y por las mismas tiene un número limitado de pisos -a pesar del esfuerzo por seguir inflando la burbuja que demuestran de forma incansable nuestros munícipes por autonomasia-, por lo que si nuestros amables vecinos deciden que les renta más alquilarlos a los turistas pues desaparecerán los alquiles de larga estancia y ya tenemos un problemón como el de Ibiza y Mallorca. Por no mencionar que nuestra capacidad financiera está circunscrita a las posibilidades de nuestro presupuesto y nuestros impuestos, y con ella tenemos que mantener servicios básicos como son la limpieza o proporcionar agua a toda la ciudadanía. Y si Xixón se ve desbordada de gente pero su capacidad para reforzar estos servicios está condicionada a las limitaciones del presupuesto y del personal disponible o a la capacidad hidráulica, pues dos y dos son cuatro. Pregunten si no a nuestros amigos los cántabros y pogan sus barbas a remojar -si sale agua del grifo, claro-. Y entonces la ciudad estará sucia y se verá sucia. Y si las papeleras y los contenedores desbordan de restos de comida y basura, pues las ratas y las gaviotas pensarán que están en un buffet libre y actuarán en consecuencia. Y diremos que tenemos un problema con las plagas. Y no nos gustará. Y a los turistas les gustará aun menos. Y dejarán de venir: Y todo el castillo de naipes que tenemos montado se nos caerá encima. Así que si lo que queremos es que sigan viniendo turistas tendremos de una vez por todas que ponernos a regular y limitar el turismo. Porque ya vamos tarde.