Imaginaron un teleférico que unía el cerro de Santa Catalina con El Musel, pasando por El Muelle, donde se abrían restaurantes, terrazas y un museo naval, con reproducciones de las embarcaciones más significativas de la historia imperial de España
En el año 1973, el periódico falangista Voluntad dedicó al «Año 2000» el número extraordinario de la festividad de Nuestra Señora de Begoña. ¿Por qué? «Es una fecha que puede interpretarse como una meta, como un objetivo, como un jalón decisivo en la vida de las colectividades», justificaron desde el periódico. El diario propagandista del franquismo viajó veintisiete años antes con un dibujante al año 2000 para «meditar, imaginativamente». El artista Fernando Vega pintó el futuro de Gijón, en una inesperada portada con la esperanza de que si no se cumplía el vaticinio, al menos, causara revuelo: «La escena parece sacada de un relato de ciencia-ficción y se puede prestar a la polémica», explicaba el periódico que nacó como propiedad de FET y de las JONS y durante la dictadura pasó a manos de la Cadena del Prensa del Movimiento. Se editó en Gijón hasta que las pérdidas superaron los nueve millones de pesetas y el Estado decidió cerrarlo, en el verano anterior a la muerte de Franco.
La estructura más llamativa de la ilustración es esa gran torre que se levanta en la punta del muelle de Fomentín, que actúa de sostén de una línea de teleférico con travesía paralela a la costa, desde lo alto del cerro de Santa Catalina, donde hoy está Elogio del Horizonte, y llegaba a El Musel. En el muelle de Fomento imaginó un edificio que albergaría un hotel, restaurante, cafetería y mirador sobre la zona de la dársena. Esa gran torre de base circular, alberga en lo alto «un restaurante de grandes dimensiones, con miradores hacia el mar, con escaleras de acceso por la zona ajardinada. En el centro, una gran fuente, cayendo en cascada». La gran torre ideada por Vega recuerda al Faro de Moncloa, de Madrid, de 110 metros de altura, construida en 1992, año en que la ciudad fue designada Capital Europea de la Cultura.
El periódico falangista avisaba de que quizás en algo podrían acertar y aclaraban que, si esto sucediera, sería mero fruto de la casualidad. «Este futurismo, además de entretenimiento, puede servir de revulsivo en el sentido de que es preciso que la ciudad sepa a dónde va, cómo va y por qué va». El futuro que imaginaba el Gijón al borde de la extinción de la dictadura, era una ciudad que abandonaba la sociedad industrial tradicional y se entregaba, sobre todo, al flujo turístico.
En las aguas recogidas en el puerto imaginaron un museo naval, en el que no faltarían las representaciones de las naves más variadas de la historia imperial de España. Con una de las carabela de Colón incluida. Las imaginó amarradas a un espigón, en el que también se plantaron palmeras. En el Fomentín crearían un museo marino, en el que «se conservarían toda clase de peces, con miradores subterráneos para contemplar la fauna marina». En el centro de la isla imaginó un restaurante, terrazas «y toda clase de comodidades, con un puente de acceso al paseo central y con unos potentes reflectores, situados estratégicamente, que permitirán la contemplación nocturna».
Fernando Vega era de Burgos, residía en Oviedo y tenía 34 años, colaboraba haciendo dibujos para el suplemento infantil de La Nueva España y también se dedicó a la animación y, sobre todo, a la publicidad. Su recreación del Gijón del futuro fue turístico, con una gran columna en Santa Catalina, que sería el sostén del atractivo teleférico desde el que contemplar «la urbe, los acantilados y la playa, en una panorámica que, sin perder la agresividad de esa costa donde suele golpear el Cantábrico fuerte todos los inviernos, tendía el suave remanso en la otra vertiente de la playa de San Lorenzo», contó el periódico.
La imaginación franquista anticipaba la conversión del puerto y barrio pesquero en un puerto deportivo y en un barrio turistificado, con muchos atractivos que hoy están consolidados (el abanico completo de recursos hosteleros), y otros como el teleférico, que haría las delicias de las decenas de miles de viajeros de cruceros, que desembarcan cada año para visitar la ciudad, «la orilla del mar de Jovellanos» y lo que puedan del Principado.
Voluntad incluyó una entrevista con un sociólogo para viajar al futuro con más seguridad y menos imaginación. Ángel Viñuela aseguraba en 1973 que «las fuertes corrientes migratorias, comenzadas en 1955, han afectado profundamente a Asturias, cuyas zonas agrícolas se están despoblando a marchas forzada». En 1970, Gijón contaba con 187.612 habitantes y mantenía que el extraordinario crecimiento de la población entre 1961 y 1970, por la migración del campo a la ciudad, no se podría sostener. El sociólogo aventuró, con prudencia, que para el año 2000, Gijón tendría entre 300.000 y 360.000 habitantes. Según los indicadores demográficos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en ese año la ciudad llegó a los 267.426 personas. Y entonces, a la ciudad que había crecido en forma de aluvión llegó la reconversión industrial, la depresión y la fuga. En 2024 la población de la ciudad sumó 268.561 habitantes, muy lejos de la predicción de aquel sociólogo que con la fórmula del crecimiento medio anual del 2% (en la década de los años sesenta fue del 4%) pensaba que en 1985 la población estaría en 275.000 vecinos y vecinas. En otra de las reflexiones del experto advertía del advenimiento de una sociedad del ocio, que tenía relación con los atractivos turísticos imaginados por el dibujante para el año 2000 gijonés.





