La aprobación municipal de las bases del concurso en el que se escogerá el diseño ha llenado de júbilo a esta gijonesa, que a sus casi 82 años aún ve en aquellas mujeres «un referente de esfuerzo y un motivo de admiración»

Día tras día. Siempre con sus pesados cestos de mimbre en el regazo, o cuidadosamente equilibrados sobre sus cabezas. Ya ardiese un sol de justicia, o arreciasen contra Gijón las galernas del Cantábrico. Caminos arriba y cuestas abajo de barrio en barrio, descalzas cuando la inclemente lluvia del norte amenazaba con deshacer sus alpargatas de esparto. Sin apenas descansos, sin que la palabra ‘vacaciones’ significase mucho para ellas… Y con el deber añadido, una vez finalizadas sus arduos deberes profesionales matutinos, de retornar a casa para ocuparse de sus respectivas familias. Durante varias generaciones la labor de las pescaderas de Cimavilla fue la quintaesencia de lo duro de las existencias humildes en el litoral asturiano, de aquellas vidas marcadas por el trabajo incesante y la precariedad permanente… Pero, también, por una solidaridad, un hermanamiento y una suerte de orgullo de clase inquebrantables e inigualables. Tanto que hoy, décadas después de que la última de ellas cesase sus peregrinaciones llevando el pescado fresco de puerta en puerta, su realidad sigue inspirando admiración, y siendo un modelo. Y, por fin, la ciudad va a congraciarse con ese pasado, después de que la Junta de Gobierno Local aprobase ayer martes las bases del concurso por el que se escogerá el diseño de la escultura que les rendirá homenaje en el ‘barrio alto’. Un paso adelante de gigante que ha llenado de alegría a Tina Iglesias, principal artífice de esta cruzada para honrar la memoria de aquellas mujeres.
«Estoy con mi segundo cáncer, y tenía miedo de no llegar a verla colocada… Pero parece que, al final, sí que podré», ríe Iglesias, exultante y agradecida. Y es que para esta gijonesa que pronto cumplirá 82 años, y que regresó a la urbe en 1961 después de una ausencia de infancia, la imagen de las pescaderas fue una de las que más firmemente marcaron su devenir vital. «Mira que yo me creía avanzada, porque me independicé muy joven, pero me fijaba en esas mujeres que andaban por la calle sin protección, porque la palara ‘conciliación’ estaba encriptada; no sé si de aquella existía en la RAE, pero era desconocida, no se practicaba. Con aquellas batas de percal, aquellos delantales de Vichy, aquellas toquillas que tejían ellas mismas robando horas al sueño…», recuerda, transportándose a unos recuerdos que apenas han envejecido, pese a las muchas décadas transcurridas. Porque las pescaderas, que «tenían que irse a los pueblos de alrededor si no conseguían vender todo el género en la ciudad«, fueron, por encima de todo, «un icono del barrio, esforzadas en trabajar y en criar a sus proles; educaron bien a sus hijos, porque de Cimavilla han salido actores, deportistas, cantantes…«. Y, por si fuese poco, «fueron tremendamente solidarias; ayudaban a quien lo necesitase, sus puertas siempre estaban abiertas y, aunque la vida fue dura con ellas, lo dieron todo. Son un referente».
«Moriyón me vio por la calle y vino corriendo hacia mí, gritándome que ya estaba aprobado»
Tina Iglesias
Precisamente por esa última condición, sobradamente demostrada, Iglesias no se explica cómo se ha podido demorar tanto la elaboración y posterior instalación de la escultura. «Debería haberse puesto hace veinte años«, admite, aunque, como apunta el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena… Una dicha, por cierto, que comenzó hace pocos días, cuando esta luchadora incansable, que hizo kilómetros y más kilómetros a pie recogiendo firmas que apoyasen su idea, se encontró por las calles de Gijón a la alcaldesa, Carmen Moriyón. «¡Vino hacia mía gritándome que ya estaba aprobado!«, vuelve a reír, segundos antes de que una conocida, sabedora de lo conseguido, le dé una palmada en la espalda y una sincera enhorabuena verbal. Claro, que aún queda pasos importantes que dar… Y que, desde luego, requerirán paciencia. Para empezar, habrá que escoger un diseño y, no menos importante, una ubicación. Sin embargo, con el carácter activo que la ha caracterizado desde siempre, Iglesias también ha hecho sus pequeñas aportaciones en esos dos ámbitos. Valiéndose de herramientas de inteligencia artificial (IA), ha elaborado un posible modelo de escultura, que muestra a una orgullosa pescadera, con su canasto de género sobre la cabeza, irguiéndose en la calle Oscar Olavarría, a escasos metros de la Casa Paquet y mirando a ese mar que «oteaban desde los muelles, esperando la llegada de sus barcas y de sus hombres, sanos y salvos tras las largar jornadas de pesca».
Un emplazamiento, a su juicio, perfecto, toda vez que «no estorbaría, ni sería susceptible de sufrir vandalismo, como podría pasar si se colocase en la cuesta del Cholo«. Además, concluye, «es un terreno del Ayuntamiento, por lo que no entrañaría costes; el Árbol de la Sidra, por estar en suelo portuario, le cuesta a la ciudad 12.000 euros al año. Todo serían ventajas«.