Un conflicto que desnudó la fragilidad institucional de la política cultural en Gijón

Durante buena parte de 2025, el Museo Nicanor Piñole dejó de ser tratado como lo que es —un museo monográfico sujeto a condiciones estrictas de conservación y legado— para convertirse en un problema de gestión de espacios, comunicación política y negociación interna dentro del Ayuntamiento de Gijón. La sucesión de decisiones, declaraciones y rectificaciones de la parte forista del gobierno local, encabezada por Montserrat López al frente de la concejalía de Cultura y la alcaldesa Carmen Moriyón, lleva a la misma pregunta: ¿realmente se actuó con conocimiento museístico suficiente sobre un bien patrimonial de primer orden?
Las informaciones publicadas a lo largo del año por miGijón permiten reconstruir con claridad una cronología en la que el museo fue progresivamente despojado de su condición institucional hasta que la presión ciudadana, política y jurídica forzó una rectificación final. Estas son las cinco claves que explican lo ocurrido.
El origen del problema: conservación deficiente, pero museo vivo
El punto de partida no era ideológico ni político, sino técnico. A finales de agosto, miGijón alertó de que el Museo Piñole arrastraba desde hacía más de dos años graves problemas de climatización, sin control adecuado de temperatura ni humedad, una situación especialmente delicada en un entorno costero como el gijonés. Expertos advertían del riesgo para la integridad de las obras y de que, de conocerse en detalle esas condiciones, instituciones prestadoras como el Museo Reina Sofía o el Bellas Artes de Asturias podrían reclamar la retirada de sus piezas.
Ese deterioro técnico contrastaba, sin embargo, con otro dato relevante: el museo no estaba muerto socialmente. En 2023 había alcanzado su mejor cifra de visitantes de la última década (15.134), y en 2024, pese a un ligero descenso, mantenía más de 12.500 visitas anuales. El problema no era la falta de público, sino la falta de inversión sostenida en conservación y mantenimiento, una obligación básica de cualquier institución museística.
En paralelo, miGijón recordó el marco legal del legado: la donación de la obra de Piñole por parte de su viuda, Enriqueta Ceñal, estaba sujeta a condiciones claras —carácter permanente, exhibición monográfica y edificio “noble”— cuyo incumplimiento podría implicar la pérdida del legado para la ciudad.
El giro político: del problema técnico al cierre del museo
Lejos de priorizar una intervención urgente en climatización y accesibilidad, el Ayuntamiento optó por un giro de mayor calado: cerrar el museo en el Asilo Pola, trasladar parte de la obra al Palacio de Revillagigedo, almacenar el resto durante años y destinar el edificio a la Oficina de Políticas de Igualdad, a la espera de una futura sede definitiva en Tabacalera.
El argumento oficial se apoyó en dos pilares: por un lado, la gran inversión prevista en Tabacalera —más de 22 millones de euros y un calendario de ejecución de hasta 42 meses—; por otro, la idea de que el Piñole era el museo municipal con menos visitas y que su obra necesitaba “potenciarse” en espacios más visibles.
El problema de este planteamiento no era solo el fondo, sino los tiempos y las formas. El cierre se planteó sin que existiera un museo alternativo, con una solución provisional que podía prolongarse durante años y que chocaba frontalmente con la exigencia de permanencia del legado. El museo dejaba de ser museo para convertirse en una colección “en tránsito”.
Comunicación sin museología: cuando el relato sustituyó al conocimiento
Uno de los rasgos más constantes del año fue la forma en que el Gobierno local construyó el relato sobre el futuro del Piñole. En lugar de apoyarse en criterios museológicos contrastables, se desplegó una estrategia de comunicación de arriba abajo, buscando el apoyo de entidades culturales sin especialización alguna en los criterios que implicaban cualquier tipo de decisión.
En ese marco se inscriben varias declaraciones públicas de la concejala de Cultura, Montserrat López, que generaron una honda preocupación en el ámbito cultural. En distintos momentos, López llegó a afirmar que “se iba a sacar toda la colección” del museo, planteando el traslado como un proceso casi neutro, sin detallar con precisión cómo, dónde ni bajo qué condiciones de conservación se produciría.
Más allá del contenido concreto, esas afirmaciones evidenciaron un desconocimiento profundo de los principios básicos de la museología y la conservación preventiva. El ejemplo más revelador fue la defensa de la luz natural como una de las grandes virtudes del nuevo espacio expositivo propuesto. En el ámbito profesional es un hecho ampliamente asumido que la luz natural es uno de los mayores riesgos para cualquier obra de arte, por su impacto directo sobre pigmentos, soportes y barnices. Presentarla como un valor añadido no es una cuestión opinable, podría suponer un error técnico de primer orden.
A esta falta de rigor se sumó la inestabilidad del propio relato oficial. A lo largo del año se habló primero de un museo que exhibiría el 60% de la colección, y más tarde del 100%, en función de diseños cambiantes y propuestas aún por concretar. Las cifras variaban, pero no se hizo público ningún informe técnico, ningún aval profesional ni ninguna planificación museográfica que justificase esos cambios. La pregunta quedó flotando sin respuesta: ¿qué criterio experto sustentaba esas decisiones más allá del cargo político de quien las anunciaba?
La contestación: vecinos, feminismo y la comisión del legado
La reacción ciudadana fue inmediata. Asociaciones vecinales, colectivos culturales y partidos de la oposición se movilizaron bajo un mensaje claro: “Piñole sí, cierre no”. La demanda no cuestionaba la futura sede en Tabacalera, sino el cierre anticipado del museo sin alternativa real.
El debate se amplió además al movimiento feminista, que criticó la forma y el fondo de la decisión de trasladar servicios de igualdad al Asilo Pola sin un proceso participativo, alertando del riesgo de enfrentar derechos sociales y patrimonio cultural y de generar soluciones provisionales que se cronifican.
El punto de inflexión llegó el 7 de octubre, cuando la comisión del Museo Piñole —órgano encargado de velar por el cumplimiento del legado— advirtió públicamente de que un cierre innecesario podía vulnerar las condiciones de la donación y recordó que estaba legitimada para iniciar acciones legales. El escenario de perder la colección dejó de ser una hipótesis lejana para convertirse en un riesgo real.
La rectificación final: un acuerdo que llega tarde
A finales de octubre, el Ayuntamiento empezó a suavizar su postura. Foro “cambió el tercio” y abrió la puerta a revisar su estrategia. El 18 de diciembre llegó el acuerdo definitivo: el traslado de las obras durante la reforma del Asilo Pola sería estrictamente temporal, limitado a la duración de las obras, con garantía expresa de retorno al edificio hasta la apertura de la sede definitiva en Tabacalera.
La concejala Montserrat López presentó el acuerdo como un ejemplo de consenso y de cuidado del patrimonio. El PP celebró el “sentido común” del cambio de planes. Y, efectivamente, el pacto despejó los temores más graves.
Pero el balance del año deja una conclusión difícil de esquivar: esas garantías deberían haber sido el punto de partida, no el resultado de meses de conflicto.
Epílogo: jugar con un museo
Lo ocurrido en 2025 con el Museo Nicanor Piñole no es solo una polémica cultural más. Es un caso de estudio sobre qué sucede cuando se gestiona un museo sin conocimiento museístico, sustituyendo criterios técnicos por comunicación política y decisiones estructurales por soluciones provisionales.
Piñole no estuvo a punto de desaparecer por falta de público ni por desinterés ciudadano. Estuvo a punto de perder su condición de museo por una falta de comprensión institucional de lo que un museo es y exige.
¿Y Vox y ese 20% de la población que está harta y en contra de los chiringuitos de igualdad no ha tenido nada que ver? ¿De verdad que este es el relato y todo es un problema de gestión cultural? Pues nada, mejor pensar que no existen y esperar a las siguientes elecciones para que los veas bien. Pero de momento, y así lo veo yo, la calle ha parado un chiringuito de igualdad en el Piñole y el albergue Covadonga.