
Cuando llega la noche o los días fríos y lluviosos, mi vecino deja de ser nuestro vecino para convertirse en una estadística y en un bulto anónimo bajo un montón de mantas y cartones

Llevo mucho tiempo viviendo en el mismo barrio. Lo he visto cambiar y evolucionar. Se han levantado edificios horrorosos de quieroynopuedismo en diminutas parcelas que antes albergaban dignas y bonitas casas obreras de principios del siglo XX. He visto a los niños del barrio crecer, irse del nido. Matrimonios rotos, matrimonios reconciliados, broncas entre vecinos y conversaciones distendidas de las señoras que se juntan bajo mi ventana a hacer monerías a la gata del bajo. Hemos tenido que llamar a la policía alguna vez porque alguien se cayó entre los coches completamente borracho, un par de tipos se pelearon a puñetazo limpio en el parking frente al Pabellón Deportivo y a una señora le robaron el bolso. He visto cómo desaparecían las tiendinas de barrio con la llegada de casi todas las grandes cadenas de supermercados al barrio y nos hemos despedido de buena gente. Señoras con el pelo tan blanco que reflejaba la luz del sol y con caras tan bonitas como las de una muñeca de porcelana que siempre tenían una sonrisa y una palabra amable para todo el mundo. Y de otros que se fueron demasiado pronto: el puto cáncer, un accidente laboral…
El barrio se ha hecho diverso y los pisitos heredados ahora cobijan turistas que en verano arrastran sus maletas de ruedas engañados por el anuncio que les prometía que estarían cerca de la playa. Y entre los vecinos de este barrio, como en todos los barrios, sin importar si son los de toda la vida, los recién llegados o los temporales, se establecen también corrientes eléctricas instintivas de afinidad o rechazo. Intercambias palabras amables con las señoras que en cuanto sale un rayo de sol se sientan en los bancos y te sueltan piropos sobre tu hija, compartes conversaciones sobre los perros mientras esperas paciente y con la bolsa de plástico en la mano a que el bichín se decida a hacer sus cosas y poder continuar con vuestro paseo. Te felicitas las fiestas, el año nuevo, te quejas del calor o el frío o la lluvia o la falta de la misma porque quejarse del tiempo viene de serie a los asturianos. Otras veces simplemente basta con una mirada o un ligero golpe de cabeza o una sonrisa para reconocernos y crear comunidad.
Y todos los días me cruzo con varios de estos vecinos que se han hecho cotidianos y reconocibles a pesar de que nunca hayamos cruzado una palabra. Uno de ellos es un hombre ya algo mayor que siempre me sonríe y que ya estaba en el barrio antes de que yo llegara. Un hombre que suele pasarse los días caminando por el barrio, matando el tiempo. Y aunque casi siempre está solo no es inusual verle a veces pararse para charlar con alguien o para acariciar a un perro. Este hombre siempre está por el barrio. Hasta que cae la noche.
Y de noche el barrio se va vaciando lentamente, como un organismo bien engrasado se prepara para retirarse hasta el día siguiente: el ruido de las persianas al bajar, los pasos acelerados de quienes ya no ven la hora de llegar a casa para quitarse el disfraz de persona productiva y refugiarse en su pijama, bajo la manta en el sofá, con Netflix de fondo. O el barullo de las cenas familiares, el tener que bañar a los peques y meterles en la cama para después poner la última lavadora del día. O el reencuentro con tu pareja, los intercambios de las anécdotas del día, la caricia en la mano que certifica que te han echado de menos. O quizás tu hija adolescente ha decidido de pronto abandonar su habitación y la taciturnidad para ponerte al día de todos los avatares de su vida justo cuando estabas a punto de irte a la cama. Esa cama acogedora. En tu casa. Esa casa más o menos grande, más o menos lujosa, más o menos ordenada, más o menos bonita, más o menos feliz.
Pero mi vecino cada noche se ve obligado a dormir en un banco. A veces lo hace frente al Centro de Salud, otras veces donde le dejan. En invierno, en verano, en primavera y en otoño todo lo que tiene es ese banco, unas mantas y unos cartones. Y cuando llega la noche o los días fríos y lluviosos, mi vecino deja de ser nuestro vecino para convertirse en una estadística y en un bulto anónimo bajo un montón de mantas y cartones. Un bulto que ignoramos al pasar o que miramos con pena para después olvidarlo. Una molestia para algunos de mis otros vecinos porque afea el barrio, ensucia los portales, da mala imagen o les da miedo. Un bulto que de día es un vecino que se pasea por el barrio y te sonríe de forma amable y de noche deja de parecernos un ser humano. Un bulto más junto a las otras trescientas cincuenta y cuatro personas en situación de sinhogarismo que malviven en Xixón. Un bulto como los tres seres humanos hallados muertos en menos de un mes en la Plaza del Carmen, en La Calzada y en Carlos Marx. Unas vidas que nos hemos acostumbrado a ignorar y a estigmatizar. Porque si les culpamos a ellos entonces no tenemos que sentirnos responsables y podemos mirar para otro lado, despachar el asunto con un ligero suspiro, una mala conciencia que apenas dura unos minutos o una declaración institucional vacía.
Unas vidas que tenemos la obligación de recordarnos que valen tanto como las nuestras. Por eso mismo, ahora que se acerca el fin del año y con él los propósitos con los que queremos enmendar todas las meteduras de pata y los errores de estos últimos doce meses sería bueno que como ciudad nos pusiéramos de acuerdo que en el 2026 nunca más ninguno de nuestros vecinos tenga que volver pasar una sola noche más sin techo y sin dignidad.