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Iraníes en Asturias, caja de resonancia de las sangrientas protestas en la República Islámica: «Cuando cortan internet, van a entrar a matar»

Borja Pino por Borja Pino
11/01/26
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La comunidad procedente del país asiático, muy reducida y hermética, aunque estable, observa la tensa situación de su patria con la angustia de no saber el destino de sus seres queridos, el miedo al espionaje y a las represalias, y la esperanza de un cambio cercano

Vídeo de las protestas grabado por uno de los participantes, y enviado a contactos en Occidente antes del corte de internet impuesto por el régimen; pese a la falta de red, miles de ciudadanos iraníes están grabando los hechos para dejar constancia de cuanto ocurra. / Fardad Farahzad (X; cedido)

Unos dedos inquietos tamborilean sobre el smartphone que descansa sobre la mesa, ante el hombre que nos recibe en la seguridad de su hogar. Su mirada, juvenil y segura, no se aparta de la del periodista, salvo para permitirse fugaces vistazos a esa pantalla, ahora oscurecida, que, hace escasos minutos, se iluminó para darle la peor noticia del día. «Era mi amigo, ¿sabes? Dos veces campeón de bodybuilding… Y lo han matado allí, en casa. Lo han matado ‘ellos’«. Marcos -nombre ficticio, pues la identidad de esta fuente no puede ser revelada; su familia sigue en su país natal, y podría sufrir represalias- sacude la cabeza al pronunciar esas palabras, al recordar a aquel hombre con físico de trofeo abatido por la policía en el lejano Irán. Porque, efectivamente, su difunto amigo fue uno de los miles de ciudadanos de la República Islámica que, en las últimas dos semanas, se están echando a las calles para protestas por la penuria económica y la falta de libertades impuesta en el último medio siglo por el régimen de los ayatolás… Y que pagó por ello el precio más alto imaginable. Y Marcos, en cambio, es uno de los millones de iraníes forzados a abandonar su patria desde entonces, y a buscar refugio en el extranjero. Un total, por cierto, difícil de calcular, pero que algunas fuentes estiman en alrededor de cinco millones de personas. Asturias le acogió hace años, y aquí sigue hoy. Viendo con preocupación, ira y esperanza crecientes las escasas noticias que llegan de aquel polvorín en que se ha convertido la otrora joya de Oriente Próximo.

Si el alcance de la diáspora iraní no es fácil de precisar, el de las porciones de la misma en España y en el Principado sufre el mismo problema. En 2022 el diario El País cifró en unos 7.000 los miembros del colectivo presentes en suelo hispano, y en 2025 el Instituto de Estadística de Cataluña -principal centro de residencia de dicha comunidad, junto con Madrid- tenía censados a poco más de 2.500 de ellos. Un cálculo inexacto, sí, pero que se vuelve aún menos ajustado en el caso de Asturias; en 2022 el sitio web padron.com indicaba la presencia en la región de solo veintiún iraníes, trece hombres y ocho mujeres, aunque en la actualidad esa cifra podría ser algo mayor, acercándose al medio centenar. Eso, sin contar a quienes puedan hallarse en el Principado de forma irregular. Es una comunidad estable, mayoritariamente dispersa, sumamente hermética y poco dada a forjar comunidad. Ese último detalle, confirmado por fuentes del Centro Cultural Musulmán de Asturias, y que se atribuye a los padecimientos que han sufrido y al temor a que sus allegados en Irán paguen las consecuencias de alguna indiscreción, hace sumamente difícil encontrar a miembros dispuestos a hablar con la prensa. Marcos es, pues, una rara avis, aunque tiene motivos para ello: «quiero ayudar a que el mundo sepa lo que pasa allí, lo que los ayatolás nos llevan haciendo desde que llegaron«. Y su testimonio, afirma, recoge tanto sus propios puntos de vista, como los de varios de esos emigrados a Asturias, conocidos suyos, reacios a confiar en la prensa, pero deseosos de alzar la voz.


«Hay espías incluso aquí. Suelen ser estudiantes a los que pagan por informar de quienes hablan mal; entonces el régimen busca a su familia y a sus amigos, y les castigan»

Claro, que Irán no siempre fue así. Ni muchísimos menos. No puede serlo una tierra con más de 7.000 años de historia como nación, y patria, entre el siglo VI a. C. y el XX de nuestra era, de uno de los imperios más extensos, ricos y multiculturales del mundo: Persia. Un portento geográfico, político, social, comercial y militar capaz de plantar cara de tú a tú a griegos, macedonios, romanos o británicos, y que llegó a ser, con mucho, la estrella más refulgente en el firmamento del mundo musulmán. Pero, como a todos los gigantes, al ese imperio le llegó la decadencia y, finalmente, la hora de la desaparición. A comienzos de 1979 la población, harta del estancamiento económico y de la falta de mejoras en áreas como la educación o la sanidad, se lanzó en tromba a apoyar la revolución liderada por el ayatolá -líder religioso chií- Ruhollah Jomeini; derrocó a Mohammed Reza Pahlavi, último sah de Persia, e instauró la República Islámica de Irán. Los efectos no tardaron en hacerse notar. La imposición de la sharia -ley islámica-, la discriminación de las mujeres a todos los niveles, el creciente aislamiento para con Occidente y el acercamiento a la Unión Soviética, primero, y a Rusia, después, marcaron una tónica que aún persiste, y que, desde entonces, ha llevado a millones a emigrar, aparte de alimentar decenas de protestas civiles, a cada cual más intensa. La más recordada y mundialmente apoyada fue la que suscitó, en 2022, la muerte de Mahsa Amini, de 22 años, asesinada a golpes por la Policía de la Moral por no usar el hiyab -el velo islámico- correctamente. En cuanto a la actualmente en curso, de motivaciones eminentemente económicas y eclipsada por la crisis desatada tras el ataque de Estados Unidos a Venezuela, suma ya más de setenta muertos, de los cuales medio centenar largo son manifestantes, según datos facilitados por la prensa internacional; entre ellos, varios niños.

Pese a llevar varios años viviendo en Asturias, Marcos conoce de primera mano la fanática realidad del régimen de los ayatolás. «Es un miedo constante a decir lo que no debes, a que te vean haciendo algo incorrecto, a que te detengan por cualquier cosa… Tengo amigos a los que cerraron sus negocios una y otra vez porque dejaban entrar a mujeres«, recuerda. Esa dinámica la siguen sufriendo varios de sus cercanos; lo que optaron por permanecer en Irán. Por eso, cada nueva noticia sobre las protestas la recibe con una mezcla de alegría y terror; en especial, desde que se iniciaron los cortes de electricidad, teléfono e internet. «Cuando el régimen hace eso, es porque va a entrar a matar, y no quiere que el resto del mundo lo vea; en 2019 mataron a 1.500. Sabiendo eso, no te imaginas la angustia que es no poder conocer qué pasa allí, si a los tuyos les ha pasado algo», asegura Marcos, mirando alrededor con inquietud, y tranquilizándose de nuevo al caer en la cuenta de que no está en un lugar público. Y es que ni en Asturias, separada de Irán por más de 6.500 kilómetros, es capaz de bajar la guardia completamente. «Hay espías, ¿sabes?«, apunta -en voz baja, pese a lo discreto del lugar-. «Suelen ser estudiantes a los que el régimen paga para que informen de quién ha hablado mal, o ha hecho aquí algo contrario a lo que creen que es bueno; entonces buscan a su familia y a sus amigos, y les castigan», prosigue. No obstante, está convencido de que el final está cerca; incluso, de que podría ocurrir en cuestión de días. «La gente está muy harta, y el mundo ha cambiado mucho; ya no tiene sentido que siga habiendo un sistema como ese«, sentencia.

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«Me gustó que Trump dijese que quería ayudarnos, pero creo que los iraníes preferiríamos ser dueños de nuestro destino, liberarnos nosotros, hacer una nueva revolución y devolver al poder al hijo del sha«

Además de para registrar los acontecimientos, en Irán los smartphones se han convertido en una suerte de herramienta improvisada para dimensionar el alcance de las manifestaciones, a modo de las pancartas propias de protestas más tradicionales. / Aghaye Hesam (X; cedido)

Si la vida en Irán no es fácil en el caso de los hombres, y la preocupación desde la relativa seguridad de Asturias por el bienestar de quienes allí permanecen les resulta dolorosa, la cosa se vuelve realmente atroz cuando se consulta a las mujeres. Un sexo, por cierto, aún más reacio a hablar, por razones evidentes. María -de nuevo, un nombre ficticio- se ha atrevido a hacerlo, aunque sea con condiciones. Llegada a España hace doce años, tras una primera experiencia europea en Francia, su vida, tanto en lo personal como en lo profesional, no ha sido fácil; ni en su patria natal, ni en los dos países occidentales que la han acogido. Sin trabajo regular en estos momentos, su gran sueño es que la situación en Irán cambie lo suficiente como para que el regreso, siendo como es exiliada y mujer, resulte una opción viable. Segura. «Lo que las mujeres soportamos allí… Vosotros -los europeos- no os lo imagináis. Para los islamistas somos la mierda: nos persiguen, nos detienen, abusan de nosotras…«, asegura, alterada, en un español todavía plagado de incorrecciones. Se resiste a desvelar si sufrió en carne propia esas consecuencias por razón de su sexo antes de emprender el camino a Occidente, aunque admite que su madre, aun siendo «una mujer muy tradicional, de las que apoyaron la revolución», sí. «Una vez la encerraron por llevar mal el hiyab; le hicieron daño, pero volvió a casa«, se limita a contar. Y, antes de cortar la conversación, admite ser menos optimista que ese Marcos a quien no conoce. «No sé si la cosa va a cambiar… El ejército y la policía son del régimen. O nos ayudan de fuera, o volverán a matar a miles, y la gente volverá a casa«, teoriza.

Esa ‘ayuda’, si se puede utilizar dicha palabra, podría estar en camino. Desde su llegada a la Casa Blanca en enero del año pasado, Donald Trump ha rescatado el discurso que ya utilizase en su primer mandato, y en reiteradas ocasiones ha augurado que el régimen de los ayatolás tiene los días contados. Un discurso que ha ganado fuerza tras la intervención militar que, el 3 de enero, posibilitó la captura de presidente venezolano, Nicolás Maduro, y la toma de control del país caribeño por parte de Estados Unidos. ¿Significa eso que Irán podría ser escenario de una hipotética injerencia norteamericana que contribuya a la caída del sistema actual? Los expertos en geopolítica no se ponen de acuerdo, aunque imperan las dudas; Marcos, por su parte, no tiene claro si lo desea. «Me gustó que Trump dijese que quería ayudarnos, pero creo que los iraníes preferiríamos ser dueños de nuestro destino, liberarnos nosotros, hacer una nueva revolución y devolver al poder al hijo del sha«, expone, introduciendo en la ecuación a Reza Pahlavi, primogénito del último monarca -quien falleció en Egipto, en el exilio, en 1980- y que, de acceder al trono, como pretende, podría implantar un modelo de Estado democrático en lo político, liberal en lo económico y laico en lo religioso. Sin embargo, muchos dudan de que su figura cuente con suficiente arraigo en la sociedad iraní actual… Por ello, y ante la complejidad del caso, Marcos prefiere optar por la prudencia. «Eso es algo que decidirán quienes siguen allí; yo estoy aquí«, zanja.


«Nuestra cultura tiene milenios, y el régimen no llevan ni cincuenta años; antes o después, haremos que caiga»

Porque… ¿Qué harían él mismo y el grueso de sus conocidos residentes en Asturias en caso de que ese ‘milagro’ se materializase, el ayatolá Ali Jamenei fuese depuesto, su régimen se disolviese e Irán se realinease, mejor o peor, con Occidente? «Yo ya tengo mi vida aquí, aunque sé de algunos que querrían volver«, comenta, realista. Hasta que ese momento llegue -y «podría pasar mañana mismo«, aventura con un deje de ilusión en la voz-, lo único que les queda, a él y al resto de la comunidad iraní en el Principado, es esperar el desarrollo de los acontecimientos. Cosa dura por la falta de información, pero también por la amenaza, lanzada este mismo sábado por el Gobierno del país asiático, de un inminente endurecimiento de la represión contra los manifestantes si no deponen su actitud. Ante esa posibilidad, «ayuda tener la mente ocupada, centrarse en el trabajo, intentar pensar lo menos posible en la familia que sigue allá y que, seguramente, esté en las calles… Pero es muy doloroso. Elon Musk nos intenta ayudar con su red de satélites Starlink, pero no basta«. Así que sí. Resignación, paciencia… Y un as en la manga, una suerte de bala de plata que nunca ha dejado de ser tranquilizadora en este casi medio siglo de República Islámica: la esperanza. «Eso pocos de los que nos hemos marchado en estos años lo hemos perdido, porque nuestra cultura tiene milenios; ellos no llevan ni cincuenta años«, sentencia con determinación. «Antes o después, haremos que esto caiga, que se acabe. Y, volvamos a Irán, o no, a partir de ahí el futuro será nuestro«.

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