Una hembra gestante de una especie extrema aparece muerta en la costa asturiana

La playa de Luarca, en el concejo de Valdés, fue escenario la pasada semana de un hallazgo tan insólito como revelador: el varamiento de un tiburón foca, una de las especies más misteriosas y menos conocidas de los océanos. El ejemplar fue estudiado mediante una necropsia realizada por Susana Echevarría, Miguel Fernández —de la Clínica Veterinaria Michel— y Luis Laría, presidente del CEPESMA (Coordinadora para el Estudio y Protección de las Especies Marinas), un trabajo que permitió conocer mejor la biología de este animal y, al mismo tiempo, lanzar una seria advertencia sobre la fragilidad de los ecosistemas marinos.
El tiburón foca —nombre vulgar dado por los marineros por su aspecto y su forma de moverse— fue una especie relativamente habitual en la cornisa cantábrica y atlántica hasta mediados del siglo XX. Incluso en los años sesenta aún se capturaba en algunas zonas, aunque nunca se le otorgó un gran valor comercial más allá de su hígado, muy rico en grasas. Hoy, sin embargo, su presencia es prácticamente testimonial. “Podríamos decir que ha desaparecido”, señala Laría, reflejando la gravedad de una regresión que ha pasado casi desapercibida.
Este animal es una auténtica maravilla evolutiva. Se trata del segundo tiburón con mayor capacidad para descender a grandes profundidades, solo por detrás del tiburón boreal. Hay registros que sitúan a su especie a más de 3.600 metros bajo la superficie, en un mundo de presiones insoportables para cualquier ser humano. Allí, en fondos arenosos, limosos o rocosos, el tiburón foca no solo nada: se posa. Se apoya literalmente sobre el fondo marino, algo excepcional entre los tiburones.
Para hacerlo, la naturaleza le ha dotado de una adaptación asombrosa: los espiráculos. Situados cerca de los ojos —que están sorprendentemente próximos al rostro—, estos orificios permiten que el agua llegue a las branquias sin que el animal tenga que abrir la boca y nadar constantemente. Así puede permanecer inmóvil, “reposando” en el fondo oceánico mientras respira. En el ejemplar de Luarca, además, se apreciaba una franja dérmica desgastada en ambos lados del cuerpo, una planicie que evidencia ese contacto repetido con los sedimentos del fondo.
La necropsia reveló además un dato extraordinario: se trataba de una hembra ovovivípara en estado de gestación. En su interior aparecieron numerosos huevos, cada uno con un pequeño feto de tiburón en desarrollo. Esta especie puede llegar a tener entre tres y veintidós crías, que se desarrollan dentro de la madre hasta ser liberadas al medio marino ya formadas, aunque con enormes dificultades de supervivencia frente a depredadores y a un entorno cada vez más hostil.
Exteriormente el animal no presentaba heridas ni signos de captura, por lo que la hipótesis más probable es una muerte natural. Sin embargo, los especialistas no descartan un enemigo silencioso: los plásticos, los microplásticos y los nanoplásticos que ya invaden todos los niveles del océano, incluso las grandes profundidades. Como advirtió Laría durante la necropsia, esos residuos acaban entrando en la cadena alimentaria y pueden provocar patologías graves tanto en la fauna marina como en los seres humanos.
El tiburón foca de Luarca, silencioso habitante de las tinieblas oceánicas, se ha convertido así en un mensajero. Su cuerpo, analizado por el equipo de CEPESMA y la Clínica Veterinaria Michel, nos recuerda que bajo miles de metros de agua existe una vida frágil, desconocida y profundamente conectada con nuestras acciones en la superficie.