
Por Marcelino Llopis Pons
«En un mundo lleno de postureo, filtros y gente ofendida por todo, la pachanga es el último refugio del caos auténtico y sin filtros. Nadie gana de verdad. Nadie pierde de verdad. Solo sobrevivimos con una dignidad más que dudosa… Y nos reímos como idiotas»

Las pachangas son partidos entre amigos. O amigos de los amigos. O conocidos de los amigos de los amigos, a los que solo ves en estos duelos caóticos.
Pero todos nosotros, personas ‘normales’, durante una hora nos creemos, sinceramente, que sabemos jugar al fútbol.
No sabemos.
Pero eso da igual, porque en toda pachanga siempre aparecen los mismos personajes inevitables.
Está el filigrana, alias ‘El Ronaldinho de AliExpress’, capaz de regatearse hasta a sí mismo. Eso sí, no esperes que te pase el balón, aunque su vida dependa de ello. Pero también tiene su alter ego: el ambidiestro, que todavía no ha descubierto cuál es su pierna buena… Aunque la respuesta honesta es que ninguna lo es. Pasarle el balón es sinónimo de regalárselo al rival con una tarjeta de felicitación.
Luego llega el cañonero, que tira a puerta desde cualquier punto del campo con la delicadeza de un misil balístico y la precisión de una escopeta de feria. Y el entusiasta, que cree que está disputando una final europea cuando lo único que va a ganar son agujetas monumentales.
No pueden faltar los clásicos: el Casillas, portero especialista en palomitas innecesarias (incluso en fútbol sala), que tiene su gemelo malvado, el espantapájaros: cualquier otro jugador cuando le toca ponerse bajo palos. Si para alguna, es porque le ha dado en la cara por pura casualidad.
Ahí están también el correcaminos, pura velocidad sin destino: siempre se le acaba el campo antes de completar un regate decente; el palomero, el héroe anónimo que mantiene sujeta la portería rival todo el partido y que, si mete un gol, es de rebote milagroso… Aunque corre como el correcaminos si suena aquello de «el último que toca se pone»; y, por supuesto, el delicado, que por una brisa de aire un poco sospechosa ya te pita falta con cara de víctima.
Completan el elenco el tocado (o lesionado): ten por seguro que no acabará el partido… Puede que ni lo empiece, porque se habrá fastidiado en el calentamiento. Y, cómo no, el ventas: ese misterio humano del que nadie sabe si es bueno o malo, pero si sois justos diez contando con él… Ya sabes que la cuenta real sale nueve.
Entonces… ¿Por qué volvemos semana tras semana?
Porque es lo mejor que hay.
En un mundo lleno de postureo, filtros y gente ofendida por todo, la pachanga es el último refugio del caos auténtico y sin filtros. Nadie gana de verdad. Nadie pierde de verdad. Solo sobrevivimos con una dignidad más que dudosa… Y nos reímos como idiotas.
Y eso es lo bonito de la pachanga.
No son los goles espectaculares.
Ni las chilenas imposibles.
Ni las jugadas de más de dos pases seguidos (que, seamos sinceros, no existen).
Sino diez… O nueve… Idiotas riéndose a carcajadas de lo terriblemente malos que somos.
Hasta la próxima pachanga.