El Centro Niemeyer inaugura ‘Visit Spain’, una exposición con más de un centenar de imágenes del archivo oculto del fotógrafo que revolucionó el oficio del fotógrafo, en pleno franquismo
Ramón Masats conservó décadas de historia de la fotografía en una neverita. La había comprado en un centro comercial y la tenía en el desván de su casa, en Madrid. En ella tenía todos los negativos que contenían su memoria más preciada, a la espera de que alguien fuera a interesarse por el trabajo de uno de los fotógrafos fundamentales en la historia del arte español. Al fotógrafo y editor Chema Conesa, Masats le mostró un día una parte de aquella inmensa memoria que había producido hacía más de medio siglo, entre los años 1955 y 1965. La década prodigiosa en la que reformuló los cánones del reportaje documental.
Conesa se llevó cerca de quinientas carpetas amarillas, en las que el autor guardaba los negativos, en tiras de seis, y regresó con una selección que superaba el centenar de fotos. Había descubierto la cara B del fotógrafo, el archivo de los descartes de Ramón. Un tesoro oculto, que el fotógrafo no tenía en consideración: “Ahí había un retrato de España muy interesante”, explica Chema Conesa, comisario de la exposición Ramón Masats. Visit Spain, que podrá verse en el Centro Niemeyer entre el 30 de enero y el 10 de mayo, después de haber dado la vuelta a España desde que se montó por primera vez en el año 2020. Avilés será la undécima sede de su trayectoria.
“Visit Spain” es el lema publicitario con el que el Ministerio de Información y Turismo franquista difundió el país entre los extranjeros, en el Plan Nacional de Turismo de 1953, y a Conesa le pareció una consigna perfecta para enmarcar aquellos años de la dictadura, que quería dejar atrás la autarquía y que se apoyó en la fotografía como altavoz y reclamo de las bellezas patrias. Masats había sido contratado por el Ministerio que dirigía Gabriel Arias-Salgado (sustituido en 1962 por Manuel Fraga Iribarne), junto con otros fotógrafos como Francesc Catalá-Roca o Xavier Miserachs, para recorrer España y fotografiar los paisajes monumentales que pudieran encandilar a los visitantes internacionales.
Las fotos que formaron parte de aquellas guías turísticas son las expurgadas en esta exposición. Masats también trabajaba en esa década para la revista Gaceta Ilustrada, después de mostrarles el extraordinario trabajo que había realizado durante tres años visitando los sanfermines de Pamplona. Como colaborador de la cabecera acudía con su cámara a tomar testimonio de los acontecimientos que le reclamaban desde la redaccón. Ahora sabemos, gracias a la curiosidad y a la investigación de Chema Conesa, que hubo dos Ramón Masats: el fotoperiodista y el documentalista. Y que uno entraba a trabajar cuando el otro había terminado con el encargo; que uno comía con la foto y el otro, se alimentaba de ella.
“Los fotógrafos de prensa van a por un hecho concreto y tienen que dar la mejor foto del hecho. Masats luego hacía las fotos que nunca presentaba ni revelaba porque no interesaban a la publicación. Esas fotos tienen una mirada distinta y según pasa el tiempo los significados crecen y, sin que el autor actúe sobre ellas, la foto va creciendo al margen. Esas son las imágenes más longevas, las que aguantan el paso del tiempo. Ramón Masats es el gran renovador de la fotogrfía de reportaje por eso, porque exhibió su personalidad. La fotografía es la verdad, pero depende de la mirada y él incluyó la suya al encuadrar los acontecimientos”, cuenta con detenimiento Conesa. Pone un ejemplo: le mandaron hacer una fotografía de una misa en homenaje a los caídos por la División Azul, en 1957, y se hizo en un edificio sin capilla y la foto que no usó fue la que ahora podemos ver, un pasillo de piernas y tacones, de mujeres arrodilladas entre las butacas de la grada.
La exposición se compone de más de un centenar de imágenes que Masats, Premio Nacional de Fotografía de 2004, hizo al margen del encargo. En estas fotos sin margen comercial, sin beneficio inmediato pero con la gloria póstuma garantizada, descubrimos a un artesano de la ironía, sin gota de melancolía, sin pretensiones: “No quería ser artista, era un fotógrafo. Sin más”, resume Chema Conesa el ánimo de Masats, que decía de sí mismo que era muy irónico, “muy de tópico”. Por eso fue el mejor retratista de un país que cambiaba y pasaba de la devoción y la sumisión, a la reivindicación. Fue el fotógrafo más atrevido de la posguerra, cuyo sentido crítico indomable rebajó la pompa española en pleno franquismo.





