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martes, 3 febrero, 2026
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La corrupción que pasaba por allí

Agustín Palacio por Agustín Palacio
02/02/26
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El exduque emPalmado diluye su culpa entre la época, el sistema y los demás

Diría que el caso Nóos es el retrato de una época. La cuestión es que no sabría decir de cuál. Porque no pertenece a un tiempo concreto ni a una anomalía histórica: siempre ha existido, existe y existirá, para desgracia del contribuyente. Cambian los protagonistas, los escenarios y las excusas, pero el mecanismo es reconocible. Y la entrevista de Iñaki Urdangarín en Lo de Évole, vuelve a colocarlo delante del espejo.

Lo que deja esa conversación no es una confesión ni una catarsis, sino una sensación persistente de impunidad. Una corrupción que, según su protagonista, siempre le pasaba por al lado. Nunca delante. Nunca dentro. Él estaba, pero no decidía. Participaba, pero no mandaba. Y, sobre todo, nunca quiso delinquir.

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La entrevista se construye, además, desde una escena reveladora. Évole le pregunta si en algún momento uno puede llegar a sentirse invencible, pensar que puede con todo. Urdangarín responde describiendo una etapa de bonanza que él mismo define como imparable: reconocimiento, proyectos encadenados y un entorno en el que “la gente te ve muy bien y quiere trabajar contigo”. Según su relato, él acudía “con el sombrero de trabajar”, mientras otros se acercaban por quién era o por lo que representaba, en una dinámica donde el éxito parecía justificarlo todo. Escuchado con perspectiva, el discurso adquiere otra dimensión: quien habla no es solo alguien reflexionando sobre el poder y la falta de límites, sino un condenado a cinco años y diez meses de prisión por delitos de malversación, fraude, prevaricación, tráfico de influencias y contra la Hacienda Pública, que ingresó en prisión en 2018 y obtuvo la libertad definitiva en 2023. Y aun así, la corrupción aparece en su relato como un efecto colateral del éxito, no como una responsabilidad asumida.

La frase funciona como un salvoconducto moral. No quise. No supe. No entendí. Pero la corrupción no exige una vocación criminal previa. No hace falta levantarse un lunes con intención de delinquir. Basta con aceptar lo que no te corresponde, con firmar lo que sabes que no deberías firmar, con normalizar que lo público funcione como un coto privado.

Hasta ahí, el relato ya resulta incómodo. Pero hay un paso más: Urdangarín no solo se presenta como víctima de un contexto, de la institución o de la presión mediática. También carga contra el sistema judicial. Cuestiona la igualdad ante la ley, pone en duda el proceso, sugiere un trato interesado, casi ejemplarizante. El mensaje es claro: además de no ser realmente responsable, tampoco fue justamente juzgado.

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Ese giro es especialmente revelador. Porque convierte a la justicia en otro actor difuso, casi hostil, que se suma a la lista de fuerzas que actuaron sobre él sin que pudiera controlarlas. La corrupción, el matrimonio, la caída personal, la condena judicial: todo aparece como consecuencia de algo externo. Nada nace de una decisión propia asumida hasta el final.

En Asturias sabemos que ese relato no encaja. El caso Marea no fue un malentendido procesal: fue una trama concreta que desvió recursos destinados a la educación pública. El caso de las ITV de Gijón, vinculado a la estación de Veriña, no fue una caza de brujas judicial: hubo condenas por cohecho y prevaricación, y quedó claro que las irregularidades no eran una sensación, sino hechos probados. El caso Niemeyer no fue una persecución: fue malversación, falsedad documental y un gestor cultural fugado durante años.

Aquí, cuando la corrupción se investiga, la justicia no suele ser un elemento decorativo del relato del condenado. Es una consecuencia. Podrá discutirse su lentitud, sus fallos o sus límites, pero difícilmente se convierte en la culpable principal. Porque hacerlo implica una pirueta peligrosa: desplazar el foco desde los hechos hacia quien los juzga.

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Incluso en los casos asturianos que terminaron sobreseídos o diluidos —Aquagest, Cudillero, Aller, Grandas de Salime, La Camocha o Hulla— quedó una certeza incómoda: la corrupción no es una niebla, sino un sistema de decisiones. Y aunque no siempre haya condenas, siempre hay responsabilidades políticas y morales.

Por eso chirrían las últimas declaraciones del en su día autodefinido como duque emPalmado. Porque no solo blanquea el pasado, sino que erosiona el presente. Si el culpable es el contexto y el juez forma parte del problema, ¿qué queda? Una historia sin responsables y un sistema sin credibilidad. El caso Nóos no es el retrato de una época pasada. Es el reflejo de una constante. Y mientras sigamos aceptando que la corrupción “estaba allí”, que nadie quiso cometerla y que la justicia fue excesiva, seguirá existiendo. Siempre. Para desgracia del contribuyente.

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