En el marco de su campaña ‘¡No somos sacos de boxeo!’, el ente llama a los docentes a que «rompan el silencio», y recuerda que los efectos de tales comportamientos también se hacen notar sobre el alumnado, tanto en términos de salud como de rendimiento

Denunciar. Denunciar. Y, de nuevo, denunciar. No hay mejor receta, ni tampoco alguna suerte de fórmula mágica alternativa, cuando el cuerpo docente se ve presa de las tan temidas y crecientes agresiones, ya provengan de los alumnos a su cargo, o de los familiares de estos últimos. Claro, que resulta fácil animar a dar ese paso pero, en la práctica, es sumamente difícil reunir el valor para hacerlo. A fin de cuentas, el miedo a posibles represalias, a una estigmatización profesional, a lastrar el futuro de los estudiantes en cuestión o a otros efectos adversos es poderosos… Pero contra él ha vuelto a revelarse este lunes la Central Sindical Independiente y de Funcionario (CSIF). Embarcado como está en su campaña ‘No somos sacos de boxeo!’, iniciada el mes pasado, el ente ha animado hoy a los profesores afectados por agresiones a que no guarden silencio y denuncien, a fin no solo de atajar su realidad particular, sino también de visibilizar un mal cuyas consecuencias negativas perjudican, incluso, al conjunto de los estudiantes.
«Si te agreden, denuncia; tenemos que romper este silencio», clama el sindicato, por medio de un comunicado de prensa, detallando que, hoy por hoy, se atienden una media de seis llamadas semanales de docentes que solicitaban asesoramiento ante agresiones físicas, insultos, amenazas o situaciones de violencia en los centros educativos en los que prestan servicio. Antes de animarse a tomar esa medida, recalcan en CSIF, es imprescindible descartar de la propia mente la idea de que denunciar es una acción punitiva contra el alumno agresor; todo lo contrario. «La denuncia es imprescindible para activar los protocolos de protección, mejorar la prevención de riesgos laborales y permitir la actuación de la Administración», insisten desde el ente. Más aún, resulta clave para poner coto a una atmósfera que afecta a aquellos estudiantes que son meros testigos, y que presencian involuntariamente «situaciones de tensión, amenazas o agresiones que generan inseguridad, miedo y deterioran el clima de convivencia». Todo ello «perjudica su bienestar emocional, su concentración y, en última instancia, la calidad de la educación que reciben».