
POR LUIS MANUEL MADIEDO HONTAÑÓN, CATEDRÁTICO DE INSTITUTO Y ABOGADO
Cualquiera que se acerque a la fiesta de los toros sabe que el acusar a los espectadores de regodearse en la tortura de un animal es una absoluta falacia

Recientemente la actual alcaldesa de la ciudad, Carmen Moriyón, ha sido galardonada con el primer premio taurino del diario digital El Debate por su apoyo constante a la tauromaquia española.
En su discurso de recogida del galardón manifestaba que «La Fiesta de los Toros es necesaria y atemporal».
Prácticamente lo mismo que su antecesora en el cargo, la socialista Ana González, que estuvo esperando desde el primer día la oportunidad para cargarse la Feria Taurina de Begoña y utilizó la más peregrina de las disculpas: de los toros que saltaron al ruedo del la plaza del Bibio, uno se llamaba Nigeriano y el otro Feminista.
Ante semejante dislate, propio del más rancio de los autoritarismos, solo queda reírse por no llorar que diría el poeta. No vamos a entrar en cómo se les pone el nombre a los toros bravos, el casus belli utilizado por la anterior alcaldesa se descalifica por sí mismo.
La cuestión de fondo es la prohibición de un espectáculo legal y protegido, no solo por la ley sino también por la tradición, la cultura y el sentido común, el menos común de los sentidos, dicen.
La tauromaquia, cuya expresión más acabada son las corridas de toros, y que tiene otras muchas: el toro en la calle, encierros, recortadores, capeas, etcétera, alimenta quizás la forma de explotación ganadera más sostenible que existe, no solo en España sino en el mundo.
Una ganadería extensiva que implica y permite la perfecta conservación de un medio natural muchas veces amenazado por otro tipo de actividades humanas, donde especies en riesgo de extinción, como el lince ibérico, el águila imperial o el buitre leonado, encuentran una salida al acoso que sufren por parte de la sociedad humana.
Tampoco hace falta mencionar, si bien lo vamos a hacer, la cantidad de personas que viven de forma directa o indirecta de una tradición cultural que genera múltiples formas de actividad económica con el consiguiente retorno a la comunidad, de salarios, tributos, cotizaciones, consumos, de forma sostenible como señalamos más arriba.
Pues todo esto se intenta anular o directamente prohibir en aras de un fariseo animalismo que se apoya en un obvio mensaje estructural antiespañol.
En España se prohíben en su momento las corridas de toros, que no otros espectáculos en los que el toro de lidia es el protagonista, en Cataluña por el independentismo, con una clara intención política de eliminar toda afición simpatía o identificación con lo español.
En algunos países de Hispanoamérica, el rumbo es el mismo, los toros representan lo español, y ellos, descendientes de españoles que no de nativos, prosperan a base de vender la leyenda negra de los conquistadores.
Cualquiera que se acerque a la fiesta de los toros sabe que el acusar a los espectadores de regodearse en la tortura de un animal es una absoluta falacia, y que justo es al revés, ningún aficionado a la Fiesta quiere ver sufrir a un toro bravo y el matador o cualquier otro interviniente en el rito, que es incapaz de evitarlo se lleva la más sonora bronca y se juega su carrera.
El que no quiera ir a los toros que no vaya y que respete la libertad de hacerlo a los que si queremos mantener y disfrutar de un espectáculo cultural único y maravilloso.
Lo que sí es falaz es esta columna
Vaya sarta de tonterías y excusas comunes.