
«Si queremos resolverlo de verdad, habrá que mirar más allá del vehículo más visible y analizar el conjunto del tráfico que atraviesa la avenida»

Como habrán leído, escuchado o incluso participado, los vecinos y vecinas de la zona oeste de Gijón llevan semanas manifestándose en la avenida Príncipe de Asturias por el continuo paso de camiones hacia el puerto. Una reivindicación loable, porque la molestia es evidente: ruido, velocidad, deterioro del asfalto, inseguridad y, sobre todo, la barrera que ese tráfico pesado supone para el barrio. También se habla mucho del riesgo de las mercancías peligrosas. Sinceramente, con los estándares actuales del transporte, es algo que podría ocurrir, pero cuyas probabilidades son bajísimas.
Es un problema que no es en absoluto nuevo y que se suma a todos los medioambientales que ya soporta el barrio, que, como sabemos, concentra el peso de la industria y una parte muy significativa del tráfico, no solo pesado, de la ciudad.
Sin embargo, cuando profundizamos en las reivindicaciones, el debate vecinal y las posibles soluciones planteadas por las distintas administraciones, aparecen acusaciones cruzadas, propuestas, hipocresías y lagunas que merece la pena detenerse a analizar.
Los antecedentes

El chasco del vial de Jove todavía flota en el aire. No hace falta extenderse demasiado: durante años se prometió una infraestructura que, aunque técnicamente viable, nunca habría eliminado por completo la barrera vial. Siempre tendría que existir un vial en superficie para el paso de mercancías que, por tamaño o normativa, no podrían circular por un túnel.
Experiencias similares existen. En el puerto de Castellón puede verse fácilmente cómo incluso las rampas de acceso y salida ocupan cientos de metros. ¿Habría sido mejor solución que la actual? Probablemente sí, incluso en superficie. Pero creo que es evidente que tampoco habría hecho desaparecer los camiones aproximándose o circulando por otras partes del barrio.
Las soluciones
A partir de ahí, las soluciones son variadas, pero hay una evidencia incontestable: los camiones tienen que pasar. Son la savia del puerto y su actividad depende del movimiento de mercancías. A falta de una infraestructura y un plan ferroviario de mercancías decente, es una realidad.
Se plantea el desvío por Aboño a través del túnel existente. Una opción que genera dudas razonables: seguirá habiendo mercancías que no puedan utilizarlo y, además, supone trasladar parte del problema al concejo vecino. Adecuar la infraestructura implica obras, refuerzos y recursos que no son inmediatos y que dependen de actuaciones largamente retrasadas, como el desdoblamiento del Empalme (GJ-10).
La ‘humanización’
Devolver una escala humana a la avenida Príncipe de Asturias debería abordarse de este a oeste, desde la rotonda de Foro hasta la puerta de El Musel. Y no solo por los camiones, que inexplicablemente también entran y salen por la rotonda de Ceares hacia El Llano, sino por el tráfico en general.
Dentro del casco urbano no tiene sentido mantener una vía con velocidades y anchos propios de autovía. Y menos aún que carezca de infraestructuras peatonales y ciclistas adecuadas. No es extraño ver personas caminando por el arcén. Incluso estudiantes que se dirigen al entorno del Instituto Número 1.
Se podría reformar la avenida y dotarla de infraestructuras de este siglo, pero si no se baja la velocidad, el resultado sería muy similar al actual. Ni siquiera tiene lógica que el radar siga regulando a 50 km/h y no a 30 km/h, como se debería circular en cualquier calle urbana si realmente queremos limitar el impacto del tráfico.
Si la idea es recuperar condiciones ambientales y de seguridad, se podría empezar mañana mismo sin ejecutar una sola obra. Bastaría con cambiar señales y la forma de circular. ¿Por qué no se hace ya?
La ZBE

En los estudios realizados para la implantación de la (todavía inexistente) Zona de Bajas Emisiones (ZBE) se determinó que una gran parte de los camiones no tiene una catalogación medioambiental favorable. Establecer condiciones de acceso modificaría progresivamente el tipo de vehículos que entrarían en la zona. ¿Reduciría las emisiones del tubo de escape? Sin duda. ¿Eliminaría el ruido, el desgaste de frenos y neumáticos o la dispersión de partículas si no se reduce la velocidad? No necesariamente.
Resulta difícil entender cómo puede oponerse uno al impacto de los camiones y, al mismo tiempo, cuestionar herramientas que buscan limitar emisiones. Hay una incoherencia evidente en la que más de uno tendría que profundizar.
Lo que no se quiere ver
Probablemente focalizar las protestas en los camiones sea una cuestión de consenso en el barrio. Son grandes, visibles, molestos y, en cierto modo, externos. Van y vienen. El problema es que en esa avenida no solo circulan camiones. Circula todo tipo de tráfico. Y en mayor número.
La avenida Príncipe de Asturias es, además, una de las vías con mayor siniestralidad de la ciudad. Y no son precisamente los camiones los protagonistas habituales de esos accidentes. Es una realidad que supongo no es cómoda. Un barrio con alta dependencia del coche (aunque también es de los que más utiliza el autobús y camina) forma parte del problema estructural de movilidad que afecta a la calidad del aire.
La contaminación atmosférica no proviene únicamente de la industria ni de los vehículos pesados. El tráfico que llega desde el Empalme, la avenida de Argentina y la propia Príncipe de Asturias genera emisiones propias y contribuye a dispersar las industriales. Juntas, empeoran la situación.
Más allá de las hipocresías, incluidas las de responsables políticos que se manifiestan en la calles contra decisiones en las que han participado y siendo parte de la posible solución, se pueden hacer cosas desde ya.
Pero para ello hay que abordar el problema completo. Sin simplificaciones. Sin convertir a un único tipo de vehículo en chivo expiatorio. Sin miedo a que algunas medidas afecten hábitos cotidianos, incluidos los de los propios vecinos y vecinas. Porque el problema no es solo el camión, es el modelo de movilidad que hemos normalizado durante años.
Cómo siempre es un placer leer esta columna. Felicitaciones al autor. Me encantaría tener un concejal de movilidad así y no al inútil que tenemos