La pieza de artillería, letal pese a su pequeño tamaño y limitado poder, fue ampliamente utilizada por ambos bandos, gracias a lo barato de su producción, y lo fácil de ser transportada y manipulada, la aparición de sus obuses es frecuente en toda España

Los entendidos y románticos de la historia militar suelen decir que la llegada de la pólvora a los campos de batalla hirió de muerte la caballerosidad en las guerras -suponiendo que tal cosa haya existido alguna vez-… Y que la invención de la artillería terminó por rematarla. Podría discutirse mucho si dicha afirmación tiene sentido, o no. Lo que resulta innegable es que, desde su implantación bélica a mediados de la Edad Media, la artillería se ha vuelto un recurso fundamental para cualquier líder militar, ya hablemos de los inmensos cañones de asedio, de los todopoderosos misiles intercontinentales, o de los mucho más humildes morteros. Es precisamente a esta última categoría a la que, supuestamente, pertenece el proyectil hallado esta mañana en la desembocadura del Piles, y que, a priori, encaja con la descripción de un obús para un mortero ‘Valero’ de 50mm. Habrá que esperar a las conclusiones de los Técnicos Especialistas en Desactivación de Artefactos Explosivos (TEDAX) de la Policía Nacional para confirmar si, efectivamente, es tal cosa. Pero, dando por hecho que esa apreciación inicial se revele atinada… ¿Qué fue el ‘Valero’? Y, más importante aún… ¿Qué poder destructor tiene su munición?
De entrada, como ya se ha adelantado, que nadie imagine una pieza artillera espectacular al pensar en el ‘Valero’. Más bien, todo lo contrario. Diseñado por la firma vizcaína Esperanza y Cia., y adoptado por el Ejército de Tierra en 1932, este letal artilugio fue concebido como un mortero de asalto, que no requiriese de una gran preparación previa a su uso. En consecuencia, el ‘Valero’ era relativamente pequeño, ligero, cómodo de portar y fácil de manejar, requisitos perfectos para una fuerza que, en aquel momento, estaba masivamente formada por reclutas de baja extracción social y escasa formación. La pieza consistía en un tubo metálico acoplado mediante una bisagra regulable a una placa igualmente metálica. A la hora de disparar, bastaba conque el artillero se tendiese encima de la citada placa, orientase el tubo hasta darle el ángulo parabólico deseado, e introdujese por la boca del cañón un proyectil -como el encontrado hoy en Gijón-. Al golpear su base contra el percutor del fondo del tubo, la carga propulsora del obús se activaba, haciéndolo ‘volar’ hacia el blanco, y explosionando por contacto al impactar contra el mismo. Su alcance teórico era de casi un kilómetro, y su poder destructor, aunque reducido, bastaba para destruir un nido de ametralladoras o un pequeño parapeto, matando o hiriendo a sus ocupantes más cercanos.

Todo esto, claro, quedaba estupendamente sobre el papel, pero en la práctica los morteros -incluso los más sofisticados y modernos- figuran entre las armas que más fallos pueden sufrir. Y el ‘Valero’ no era una excepción. Ya fuese por defectos en el percutor, por deterioro de la carga bélica de los proyectiles, por mala praxis de los artilleros o por un sinfín de causas más, no era inusual que los obuses, al llegar a su objetivo, no estallasen -eso, cuando no explotaban dentro del tubo, o se quedaban retenidos dentro-. Los efectos de esa fiabilidad caprichosa son perceptibles, incluso, en la actualidad; así, no es infrecuente localizar proyectiles sin detonar en los múltiples campos de batalla de la Guerra Civil Española, algo lógico si se piensa que el ‘Valero’, precisamente por esas múltiples ventajas antes enumeradas, fue profusamente empleado tanto por las tropas leales al Gobierno de la República, como por las fuerzas rebeldes. De ahí que, como recomiendan encarecidamente las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, ante cualquier hallazgo de esta índole se deba manipular la pieza lo menos posible, y llamar de inmediato a los servicios de emergencias, para que sean artificieros cualificados los que decidan qué hacer.
Porque es verdad que el correr del tiempo acostumbra a deteriorar la carga destructora de un obús, pero eso no siempre pasa… Y no escasean los casos de civiles inocentes heridos, mutilados o muertos cuando un proyectil aparentemente inerte ha estallado de súbito.