
«Debemos recordar algo mucho más simple y mucho más incómodo que demostrar nuestro valor: que una mujer no tiene que valer nada para merecerlo todo»
Últimamente escucho mucho esa expresión: ‘mujer de alto valor’.
Está en todas partes.
En vídeos.
En podcasts.
En consejos sobre relaciones.
Hay toda una industria explicando cómo debe ser una mujer de alto valor: elegante, tranquila, femenina, inspiradora… Una mujer que cuide su energía, que aporte paz al hombre que tenga a su lado, que sepa estar.
Escuchándolos, a veces me viene a la mente aquel viejo ‘Manual de la buena esposa’ de los años cincuenta. Aquel que se difundió tras la guerra para enseñar a las mujeres cómo debían comportarse dentro del hogar.
En ese manual se aconsejaba tener la cena preparada, la casa en orden y una sonrisa lista cuando el marido llegara del trabajo.
La historia tiene un curioso sentido del humor: parece que hemos cambiado el nombre, pero no siempre el fondo.
Así que me he hecho una pregunta sencilla… ¿Soy yo una mujer de valor?
Tengo una hija adolescente que este 2026 cumple la mayoría de edad. La he criado prácticamente sola desde que tenía año y medio. Custodia exclusiva. Vida monomarental.
Mi casa es de ‘solo chicas’: mi hija, dos gatas, la perra y yo.
Trabajo a jornada completa. Siempre que he podido. Porque había épocas sin trabajo. Épocas con precariedad. Épocas con tres, cuatro o, incluso, cinco trabajos a la vez.
También soy lo que podría llamarse estudiante crónica. Siempre intentando aprender un poco más.
Durante años fui cajera de supermercado con contrato indefinido. Hoy trabajo, temporalmente, en una oficina.
No fue magia.
Fue insistencia.
Sigo estudiando, de forma reglada. Porque cuando descubres que aprender te abre puertas, ya no sabes vivir de otra manera.
También colaboro en el tercer sector. Supongo que por esa manía de querer ser útil. O, quizá, porque cuando la vida te enseña ciertas realidades, entiendes que hay personas que necesitan que alguien esté ahí.
Vivo fuera de mi lugar de nacimiento, pero tengo algo que con los años he aprendido a valorar muchísimo: una red de apoyo fuerte, generosa y poderosa.
Grandes amistades, personas que sostienen.
Cuido a mi familia, aunque sea en la distancia. Y ella cuida de mí.
En lo sentimental llevo más de diez años ‘sola’. No porque no quiera compartir la vida con alguien.
Simplemente, porque no me cabe.
Entre el trabajo, la crianza, la casa, el estudio, el voluntariado y la vida… El tiempo que logro rescatar lo dedico a algo que durante años dejé siempre para el final: cuidarme.
Voy a terapia. Y mi terapeuta ya es casi parte de mi red afectiva. De esas personas que te ayudan a reconstruir cuando la vida se rompe.
Porque sí.
Hay algo que quizá también debería entrar en la definición de ‘alto valor’: ser una superviviente.
Superviviente de una violencia que no siempre deja marcas visibles. Una violencia que atraviesa muchas vidas de mujeres de forma sistemática y transversal.
Así que aquí estoy: madre monomarental, trabajadora, estudiante eterna, amiga leal, activista cuando puedo y superviviente siempre.
No sé si con todo eso entro en el concepto de ‘mujer de alto valor’ que circula por las redes. Porque, según algunos vídeos, una mujer de alto valor debe aportar calma, equilibrio, feminidad.
Supongo que también debería tener la cena preparada.
Y, quizá, siempre esperar con una sonrisa.
Lo que los vídeos no cuentan es cuántas mujeres han tenido que sostener una vida entera solas. Cuántas han trabajado, criado, estudiado y sobrevivido al mismo tiempo. Cuántas han tenido que reconstruirse desde cero.
A veces pienso que no es que ahora existan las mujeres de alto valor. Es que siempre han existido.
Solo que antes se llamaban ‘mujeres que podían con todo’.
Y muchas veces podían con todo porque no tenían otra opción.
Así que, quizá, el debate no debería ser cuánto vale una mujer.
Quizá la pregunta debería ser otra… ¿Cuándo vamos a dejar de medir el valor de las mujeres?
Porque la libertad -igual que la dignidad- no se mide.
Se ejerce.
Por eso seguimos, y seguiremos, saliendo a la calle.
No para demostrar nuestro valor.
Sino para recordar algo mucho más simple y mucho más incómodo: una mujer no tiene que valer nada para merecerlo todo.











