«El AVE es una obra de las que marcan un siglo; una obra transformadora, fuente de fastuosos beneficios. La pregunta que no siempre nos hacemos es a favor de quién»

Ricardo Mella fue uno de los grandes pensadores anarquistas españoles de finales del siglo XIX y principios del XX. Era de Vigo. Pero esto lo escribió en una revista gijonesa, ‘Acción Libertaria’, en 1911: «Madrid, el Madrid oficial, lo es todo. En política, en literatura, en artes, en ciencias, no hay más que Madrid. La vida entera de España se refunde, se concentra allí, y no hay modo, al parecer, de evitarlo. Todos los esfuerzos de las capitalidades subalternas por sustraerse a la dominación, al influjo poderoso de la capital de la Monarquía; sus políticos, sus literatos, sus periodistas, sus pintores, sus poetas, a Madrid han de someterse si quieren salvar las fronteras del provincialismo».
Hay palabras que ya tienen sentido en el momento en el que se escriben, pero que pueden adquirir la plenitud de su validez mucho tiempo después: tanto como un siglo. Aquella diatriba de Mella contra el centralismo madrileño era certera en los años diez del siglo pasado, pero en ningún momento de la historia de España ha sido tan atinada como en estos veinte nuestros del siglo XXI. Solo en lo político está la España de hoy mucho menos centralizada que la de la Restauración. La provincia de Oviedo se llama hoy Asturias y tiene un parlamento autonómico, leyes propias y un Gobierno que puede convocar elecciones cuando le parezca. El proceso autonómico de la Transición transformó a España en un país más federal que muchos de los líderes históricos de la cosa. Pero el país es mucho más centralista que incluso el del franquismo en absolutamente todo lo demás.
Madrid, en aquel tiempo o el de Franco, no era la capital de todas las cosas. Era una opresiva capital política, quizás también mediática, pero ya. La económica y cultural era Barcelona. Allá estaban la industria, la producción, la innovación, la modernidad, Europa, las grandes editoriales. El boom latinoamericano se coció allí: Barcelona era la capital cultural del mundo hispanohablante. Cuando España celebró sus primeros Juegos Olímpicos, no los organizó en Madrid, sino en la capital catalana. Un siglo antes, cuando organizaba expos internacionales, no las montaba en la Casa de Campo, sino en Montjuïc, o también en Sevilla. Y también los polos industriales eran, además del catalán, varios otros, alejados de Madrid: Bilbao, Asturias…
Madrid podía mucho, pero podía más el cuchu. Se daba esa paradoja de un país centralista y policéntrico, pero se ha ido perdiendo por varios motivos. El paso del capitalismo industrial al financiero benefició a Madrid en un mundo en el que tampoco hace falta ya estar físicamente cerca -como lo estaba aquella Barcelona- de los grandes centros económicos: en la nube de lo digital y de la aldea global se está cerca de todas partes en todas partes. Por otro lado, cuando la España invertebrada se vertebró, construyendo las grandes carreteras que ya soñara Jovellanos, se vertebró radialmente, conformando una suerte de embudo de asfalto (y también del hierro del AVE) que cae hacia Madrid. Y por ese embudo cae todo, y caen también las mentalidades. La prensa publica estos días la «fuga de turistas tras la llegada del AVE», y que «los asturianos hemos dejado de hacer turismo en Asturias», al hilo de la publicación de un estudio de la Universidad de Oviedo, titulado ‘Cuando la infraestructura expulsa a los residentes: el tren de alta velocidad y la salida del turismo’. El AVE, parece, no está sirviendo tanto para venir como para irse. Vienen muchos turistas, pero vienen los que venían; crece su flujo, pero al mismo ritmo que el de Cantabria, que carece de alta velocidad ferroviaria. Y lo que sí está pasando, y no pasaba, es que gente que no se iba comienza a marcharse. Asturianos que frecuentaban el turismo rural de la región se van a otros lugares, y las casas rurales no compensan esa pérdida con el turista foriatu, eminentemente urbano.
El AVE es una obra de las que marcan un siglo; una obra transformadora, fuente de fastuosos beneficios. La pregunta que no siempre nos hacemos es a favor de quién.