
Llevar más de un mes con la cabeza bajo tierra y convivir con semejante elefante en la habitación pasan factura a cualquiera

En el PSOE de Gijón están tensos. Tan tensos, que si haces demasiadas preguntas a algún miembro del Comité Ejecutivo Local, te puede espetar una advertencia velada de demanda. Viva la transparencia. No se les puede culpar. Más de un mes con la cabeza bajo tierra y semejante elefante en la habitación pasan factura a cualquiera.
Son circunstancias extraordinarias que deforman la percepción de la realidad, proyectan falsos enemigos y hacen creer que, por ejemplo, es buena idea salir en prensa vanagloriándose de haber finalizado el draft local de la NBA: “130 entrevistas individuales a destacados afiliados del partido para conocer las preferencias entre la militancia sobre qué persona debería optar a la Alcaldía”.
Si solo fuera lo cuantitativo de semejante esfuerzo… Se define desde la dirección que es capital que el futuro candidato “no solo reúna apoyos, sino también que suscite menos opiniones contrarias entre los afiliados”. El objetivo entonces es claro: no armar bulla interna, lo de ganar las elecciones del 2027 ya es secundario.
Porque, mientras se mide con lupa quién cae mejor y quién molesta menos, hay una pregunta mucho más incómoda que sigue sin respuesta: qué sabía la organización sobre el caso Raja, cuándo lo sabía y qué decidió hacer con esa información. Esa es la verdadera grieta que recorre la agrupación, no las filias o fobias personales que puedan detectarse en entrevistas de despacho.
Este caso no es solo un problema disciplinario, ni siquiera únicamente reputacional. Es, sobre todo, un test de coherencia política. Y en ese examen, el silencio prolongado no puntúa, penaliza. La militancia no está pidiendo detalles escabrosos ni juicios paralelos; está pidiendo algo bastante más básico: una explicación política. Una de esas que, en teoría, distinguen a las organizaciones que presumen de cultura democrática interna.
En este contexto, la propuesta de convocar una asamblea extraordinaria no suena a desafío, sino a sentido común. Abrir las puertas, dar la palabra y asumir el desgaste. Porque lo contrario —cerrar filas, atrincherarse en los procedimientos y esperar a que escampe— puede ser tácticamente cómodo, pero estratégicamente es una ruina. La desconfianza no se evapora sola; se acumula. Y más allá de la asamblea, hay margen para algo más estructural: abrir una vía paralela de control interno. La creación de un comité específico de seguimiento del código ético no sería un gesto cosmético, sino una herramienta útil para prevenir, supervisar y, llegado el caso, actuar con mayor rapidez y menos opacidad. No se trata de reinventar nada, sino de aplicar con rigor lo que ya existe sobre el papel. Porque los códigos éticos no fallan por lo que dicen, sino por cómo —y cuándo— se aplican. Dotarlos de un órgano visible, con capacidad real de vigilancia, enviaría además un mensaje claro hacia dentro y hacia fuera: que aquí no solo se reacciona cuando estalla el problema, sino que se trabaja para que no vuelva a repetirse.
Y mientras tanto, se desliza un debate inquietante: el de si los protocolos de acoso deben revisarse. Curiosa tentación. Justo cuando un caso concreto pone a prueba su aplicación, surge la idea de afinarlos, matizarlos o reinterpretarlos. Como si el problema fueran las reglas y no, eventualmente, su cumplimiento. Es una pendiente resbaladiza: hoy se cuestionan por incómodos, mañana por inconvenientes.
Aquí conviene no perder el norte. Los protocolos no están para proteger a las organizaciones, sino a las personas. Y especialmente a las más vulnerables en este tipo de situaciones. Convertirlos en objeto de sospecha en medio de una crisis interna no solo es un error político; es también un mensaje peligroso hacia fuera. Porque sugiere que los principios son firmes… hasta que duelen.
La dirección local insiste en que no había denuncia formal en el momento de la contratación. Puede ser. Pero la política no se agota en lo formal. También opera en el terreno de los indicios, de las decisiones prudentes y de la responsabilidad anticipatoria. Ahí es donde se juega gran parte de la credibilidad.
Al final, el “mastodonte” no es solo el caso en sí, sino la forma de encararlo. Se puede intentar rodearlo, disimular su tamaño o esperar a que la costumbre lo haga invisible. Pero sigue ahí, ocupando espacio, condicionándolo todo. Incluso las primarias que aún no han empezado ya nacen bajo su sombra.
Quizá por eso el empeño en buscar un candidato que moleste poco. No vaya a ser que, en medio del ruido, alguien haga las preguntas que de verdad importan. Porque esas, por ahora, siguen sin tener una respuesta clara. Y sin respuestas, no hay relato que aguante.