La escena forma parte del interés que tuvo el artista por documentar los hechos históricos que sucedían a su alrededor y que siguió haciendo durante la guerra civil

El Museo Nicanor Piñole acaba de adquirir un nuevo documento que da testimonio a la oleada represiva que padeció Gijón tras la derrota de la revolución de 1934. Se trata de un dibujo realizado por Nicanor Piñole, que fue testigo de una escena de dolor y angustia, en la calle Begoña esquina con la calle Jovellanos. En ella hay un grupo de mujeres desoladas, otra que se despide de alguien, un militar que asoma por la esquina del edificio del antiguo Instituto Jovellanos, con el gorrillo cuartelero, poncho y máuser al hombro. En un ángulo cerrado se cruza, en diagonal, la entrada a la iglesiona, con alguien sentado en la escalera de acceso.
“El dibujo contribuye a enriquecer la colección del museo en lo relativo a la guerra civil, época trascendental de nuestra historia, que Piñole pasa en Gijón, desde donde crea una serie de imágenes que constituyen -junto a las fotografías de Constantino Suárez- uno de los principales testimonios de la contienda en nuestra ciudad”, explica a este periódico Saturnino Noval, director del Museo Nicanor Piñole.
La dolorosa memoria de este cruce de calles está resumida en la imagen de Piñole, que tomó de forma directa desde la acera contraria y que es la estampa de la represión de finales de 1934, con cárceles y comisarías saturadas por los detenidos. En los bajos del antiguo Instituto estaba el cuartel de la Guardia de Asalto, con una dotación cercana a los ciento cincuenta agentes, y tanto allí como en la iglesia fueron derivaron los presos. En toda Asturias llegaron a rondar las diez mil personas arrestadas y encarceladas. La represión se prolongó con la censura y la prohibición de la actividad sindical. Este apunte documental es una aportación clave en la reconstrucción de la historia de la ciudad, a partir de las extraordinarias colecciones públicas de Gijón.

La inquietud documentalista que sintió Nicanor Piñole ante los acontecimientos históricos y frente a la memoria del desastre, se extendió a los hechos sucedidos durante el asedio de la ciudad en la guerra civil. Salió a las calles cos sus cuadernos de apuntes a tomar testimonio de lo que veía, mientras Constantino Suárez hacía lo mismo con su cámara Leica. Durante sus arriesgados paseos por la ciudad en guerra, realizó anotaciones rápidas de los edificios en ruinas, de los soldados y milicianos armados y de los heridos. La intención de documentar el caos y la transformación de la ciudad y de los ciudadanos, no fue entendida por los milicianos que creyeron ver en su actividad las labores propias de un espía enemigo. Terminó arrestado, encarcelado y liberado a la mañana siguiente.
“Piñole registró meticulosamente la realidad que le rodeaba, un mundo cotidiano convulsionado que le sirvió de referente para captar el sentido profundamente dramático de la época que le había tocado vivir”, ha escrito Lucía Peláez, ex directora del Museo Nicanor Piñole, en el catálogo de la exposición celebrada en 2007, bajo el título Asturias en guerra: la Guerra Civil en las colecciones de los museos de Gijón. Aquella muestra demostró la activa participación en ambos bandos de artistas como Germán Horacio, Alfonso, Goico Aguirre, Mariano Moré, Marola, Constantino Suárez o Piñole.
Aislado y en soledad, Piñole trabajó encerrado en casa, copiando obras clásicas de la historia del arte o usando los utensilios para el grabado sobre madera, que eran propiedad de su primo, fallecido unos meses antes. Fue un año muy confuso para el artista. A pesar de la muerte de su primo Eduardo Prendes y de su amigo Félix Fernández Balbuena, el mismo día (4 de marzo), el Museo de Arte Moderno, en Madrid, aceptó el ofrecimiento de compra del magnífico cuadro Grupo de marineros, por el que pidió 5.000 pesetas y que, después de regatear, la institución abonó 3.500 pesetas.
“La guerra civil produjo un profundo impacto en la sensibilidad de Piñole”, escribió Francisco Carantoña, el biógrafo de referencia del mayor artista gijonés. Al igual que el resto de los habitantes de la ciudad, en el verano de 1936, escuchaba el tiroteo y los bombardeos en el enfrentamiento del cuartel de Simancas, que el “chulo del Cantábrico”, como se conoció al crucero franquista Almirante Cervera, lanzaba sobre la población. La familia de Piñole, atemorizada, buscó refugio fuera de la ciudad y lejos de las bombas, en la finca de la quinta de Chor, en Carreño. El pintor quedó al cuidado del hogar, en la actual Plaza de Europa, también marcada por el paso atroz de la Legión Cóndor. La mayor parte del tiempo lo pasó encerrado, después de comprobar los riesgos de pasear por la ciudad amenazada por el ejército sublevado y atemorizada por los traidores. Los días en los que tomaba apuntes de lo que veía en la calle, fueron jornadas de encuentro con la rabia y la xilografía. De ese encierro nace el símbolo de la destrucción en Asturias: Vaca mugiendo entre ruinas.

El Museo Nicanor Piñole conserva una extraordinaria colección de dibujos que realizó de la calle en guerra, pero también de las estancias del hogar compartido con la familia Prendes, en distintos gestos y actitudes, mientras se reunían para escuchar la radio. Son escenas muy íntimas e inquietantes, en las que la familia atiende absorta los partes que hablan de la destrucción del país. Piñole, al borde de los sesenta años de edad, dibujó los gestos de angustia y levantó acta visual de una memoria privada, que se ha convertido en colectiva. La preocupación de su madre, Brígida, apoyada en la encimera del aparador donde estaba la radio, es el gesto de España.
Después de la invasión el 21 de octubre de 1937, el edificio del antiguo Instituto Jovellanos pasó a ser el Tribunal Militar Nº1 y funcionó como centro de detención y de juicios sumarios. Miles de personas fueron juzgadas y enviadas a la cárcel de El Coto. Por el testimonio de José Enrique Llera Iglesias, que conserva el Muséu del Pueblu d’Asturies, sabemos que a los detenidos les conducían a la plaza de toros de El Bibio, donde había miles de personas, además de al Cerillero, la iglesiona y en las cuadras del cuartel de la guardia civil de Los Campos.
Llera escribió las páginas má saterradoras de aquellos días, en sus memorias no publicadas: “Por las noches, sentíamos tiros y ráfagas de ametralladora y creíamos que eran partisanos: ¡qué equivocados estábamos! Los disparos eran en la playa, en La Providencia o en el cementerio de Ceares, lugares preferidos por las “chekas” (de Falange) para efectuar sus asesinatos. De La Iglesiona, por camiones sacaban a los prisioneros para asesinarles en Ceares. La brutal, salvaje y ensañada represión sobre el vencido comenzaba así en Gijón”.