La vivienda, conocida como la de ‘La Charra’ por el apodo dado a una antigua moradora, lleva años deshabitada; en ella vivieron dos hermanos que no se trataban, uno de los cuales murió sin que el otro se enterase hasta días después

«Cuando sabes todo lo que ha pasado ahí y, ahora, esto, se te ponen los pelos de punta…», señalan los vecinos del camino de la Campa, una de las muchas carreteras estrechas y sinuosas que surcan la parte alta de El Muselín. «Ahí», ese lugar sin nombrar al que dichas personas se refieren con recelo, es una pequeña construcción de hormigón, una vivienda de una sola altura que se alza sobre un pequeño promontorio, rodeada de edificios más modernos, y dominada por un abandono más que evidente. Su fachada, otrora blanca, luce descolorida y deteriorada; en sus puertas y contraventanas, fabricada en madera, el tiempo, la humedad y el salitre han causado estragos; el techo luce parcialmente hundido, y la finca de la que esa construcción hace las veces de centro es de tierra removida, descuidada, sin firme de ningún tipo, ideal para el pasto. Y es en ese lugar donde, en la mañana de este miércoles, se producía el descubrimiento que mantiene en vilo al barrio, y a toda Gijón: una calavera. Sí, como lo leen: un cráneo humano. Real. Semejante hallazgo fue puesto en conocimiento de las autoridades, y varias unidades de la Policía Nacional acudieron al escenario aunque, por el momento, nada apunta a un hecho delictivo, presente o pasado… Cosa que no ha quitado que la inquietud se haya propagado, alimentada por el oscuro pasado de esa vivienda.
Según ha podido saber este diario, gracias al testimonio de los lugareños, fue el actual propietario de la parcela quien se encontró una reliquia que, para los habitantes de las inmediaciones, se había convertido en una presencia casi familiar. «Hay aquí un hombre que iba de vez en cuando a desbrozar el prau, a limpiar y tal, y que lleva 35 años viéndola dentro de la casa, en un armario», relatan las personas consultadas. Elucubrar no es labor de un periódico; sin embargo, para muchos la explicación podría estar en que uno de los últimos moradores del inmueble ejercía de practicante; entonces, como ahora, no era inusual que los profesionales sanitarios se valiesen de miembros humanos reales para realizar experimentos, o perfeccionar sus habilidades. En cualquier caso, bastó la llamada de alerta del dueño para que, alrededor de las once de la mañana, se presentasen en la zona dos vehículos de la Policía Nacional, pronto reforzados por otras patrullas, y a los que se sumaron profesionales de la Científica. «Estuvieron varias horas allí, tomando muestras, viendo el percal y demás», aseguran los testigos. Desde luego, el cráneo fue retirado del lugar, y trasladado a dependencias del Instituto de Medica Legal de Asturias, en Oviedo; sin embargo, como se ha dicho, no constan signos de violencia, y tampoco se han localizado otros restos que puedan ayudar a desarrollar una investigación.

El descubrimiento de ayer suma un capítulo más a la larga historia de una construcción envuelta en el misterio y en el drama. Conocida como la casa de ‘La Charra’, apodo dado a una habitante que la abandonó hace más de medio siglo, dicha mujer residió allí «durante muchos años», dedicada al cuidado del ganado y a las labores del hogar. Lo hacía, a menudo, sola, pues su marido, marino de profesión, ejercía como jefe de máquinas en el ‘Guadalupe’ y el ‘Covadonga’, los buques-correo gemelos que hacían el servicio de pasajeros y mercancías hacia y desde Estados Unidos. Con el correr de los años ‘La Charra’, ya fenecida, se mudó al centro de Gijón, y la vivienda permaneció cerrada hasta que, tiempo después, «apareció en ella un hermano, el practicante, y se quedó allí». Las condiciones eran precarias… Sotero Rey, presidente de la Asociación Vecinal ‘El Muselín Vivo’, afirma que «no tenía ni luz, ni agua corriente, y se proveía gracias a un aljibe que había en la parcela». Una forma de vivir que puede gustar más o menos, pero acorde con el «carácter solitario» del individuo, y que, en líneas generales, no daba ningún problema en el vecindario; como compañía, contaba con algunos animales de granja, especialmente gallinas.
Nuevamente, los años fueron pasando, hasta que un buen -o mal día- apareció por allí un tercer hermano de ‘La Charra’, jefe de máquinas de la Marina Mercante jubilado, con el que el practicante no mantenía trato. «No se hablaban, pero se instaló; vivían en habitaciones separadas, y ni se saludaban», detalla Rey, que por entonces vivía a escasos cincuenta metros del lugar. Imaginen el alcance de ese desentendimiento mutuo al considerar que, cuando el veterano marino falleció, en su propio cuarto, su hermano, el practicante, tardó tres días en enterarse de la defunción. «Yo lo supe un 1 de enero, al ver a los policías allí; luego me enteré de que, al morir, había quedado tendido de lado en la cama, y el otro, cuando pasaba por delante de la puerta, lo daba por dormido«, comparte el actual líder vecinal. Es más, el hermano superviviente aún pasó unos cuantos años más allí, hasta fallecer él mismo. De eso harán ya unos tres lustros, pero el aura negativa que rodea al edificio persiste. «Es la casa de los horrores, por lo que pasó, por su estado actual y porque es como un búnker; a ver si la reforman pronto, o la tiran, o hacen algo», suspira Rey. Esa parece ser la intención del propietario, aunque todo apunta a que, incluso cuando tal cosa suceda, los relatos sobre esa inesperada ‘casa de los horrores» seguirán alimentando el folklore de El Muselín.