POR BORJA PINO Y PABLO R. GUARDADO
Durante cuatro horas y media el tramo entre Emilio Tuya y Rufo García Rendueles fue cerrado por la Policía Local, mientras los bomberos aseguraban el edificio cuyo techo ‘voló’ el miércoles, por efecto del vendaval; entre los vecinos reinó la expectación
«Ay, mamina… Y yo… ¿Cómo ahora entro en casa?». A medio camino entre la sorpresa -lógica- y el pánico -prematuro-, la mujer que ayer profirió esa frase, con las manos cargadas de bolsas de la compra, se dirigía, desesperada, a un agente de la Policía Local apostado en el cruce de Menéndez Pelayo con Rufo García Rendueles, encargado de evitar que nadie traspasase el vallado que impedía el acceso de vehículos y peatones a la primera de las dos arterias. Faltaban pocos minutos para las cuatro de la tarde, y hacía menos de una hora que las autoridades había cerrado el tramo de Menéndez Pelayo que discurre entre dicha intersección y la formada con la calle Emilio Tuya, mientras el Cuerpo de Bomberos de Gijón se afanaba en retirar los restos de la cubierta de chapa que, debido al vendaval del miércoles, fue arrancada de cuajo de uno de los edificios. Ni qué decir tiene que el llamativo despliegue, especialmente esa clausura en ambos extremos, dejó boquiabiertos a los transeúntes ocasionales -cientos, dado el día de playa reinante- y a los vecinos… Aunque, para tranquilidad de estos últimos -incluida la buena mujer del inicio-, los residentes sí obtuvieron permiso para entrar y salir de sus hogares.
Seguro que, a estas alturas, casi todos los lectores han visto el vídeo en el que se muestra la mitad de la cubierta en cuestión levantada de su natural ubicación y azotada por el viento, hasta el punto de acabar en posición vertical, primero, y tumbada sobre la otra mitad, finalmente. El riesgo de que semejante pieza pudiese desprenderse por completo, y acabar en la vía pública -con un poco de mala suerte, hiriendo en el proceso a algún infortunado peatón-, obligó a que, el mismo miércoles, las autoridades gijonesas cerrasen al tránsito la acera de los impares, en la que se encuentra el bloque afectado. Sin embargo, sobra decir que los restos del desastre no podían dejar ahí, de ese modo, expuestos a acabar desatando una desgracia… Por eso ayer, alrededor de las tres de la tarde, varias patrullas de la Policía Local tomaron el control del tramo y, de una de las furgonetas del cuerpo, comenzaron a descargar secciones de vallado, desplegándolas en ambos extremos para bloquear el paso. Al mismo tiempo, un camión de los bomberos penetró en la ‘zona cero’, y sus tripulantes subieron hasta la parte superior del edificio en cuestión, dispuestos a retirar lo que quedaba de la cubierta y, acto seguido, a asegurar cualquier posible material suelto. Todo fue más vistoso que grave, y para las siete y media el operativo había finalizado.
Comerciantes y hosteleros ‘a la fresca’
Hemos dicho que fue «más vistosos que grave»… Pero la primera de ambas palabras, ‘vistoso’, conviene recalcarla. Porque durante esas horas aquí y allá fue posible ver a ciudadanos grabando con sus smatphones el dispositivo de emergencias, haciéndose preguntas, lanzando teorías -algunas, de lo más peregrinas, como la de cierta pareja que, en tono de humor, planteó que se había encontrado un proyectil de la Guerra Civil en un sótano, o la de un caballero convencido, pese a la falta de evidencias, de que todo respondía a una fuga de gas– o, los más osados, acercándose a consultar a los agentes policiales. No obstante, una de las estampas más comentadas fue la de los comerciantes y hosteleros del tramo ‘en cuarentena’ que, con sus negocios todavía abiertos, pero sin posibilidad de que nadie acudiese a consumir a ellos -recordemos: una cosa es que a un vecino se le permita regresar a su domicilio, y otra, que se le autorice a llenar la despensa en pleno riesgo de desprendimiento-, permanecían cómodamente ociosos junto a las puertas, trasteando con sus móviles, presenciando el espectáculo o comentando la ‘jugada’ con los habitantes asomados a las ventanas. Una escena de un costumbrismo delicioso, que llevó a cierta mujer a exclamar «pero, esa gente… ¿Cómo sigue en las tiendas, si no hay nadie?».
Sin duda, todo lo registrado ayer en Menéndez Pelayo quedará para el recuerdo… Y poco más. Sin que el suceso del miércoles dejase daños personales, ni materiales de mayor alcance -con todo el respeto hacia quien tendrá que abonar el coste de la cubierta destrozada-, y con la normalidad ya de vuelta en la populosa calle, el asunto ha pasado a ser parte de las conversaciones y, quizá, con el tiempo, del folklore del barrio de La Arena.






