Las divisiones entre corrientes han sobrevivido a cambios de liderazgo, congresos y elecciones, dejando al partido ante uno de los momentos más delicados de su historia

Hay derrotas que se producen en las urnas y otras que se incuban mucho antes, en los pasillos, en las agrupaciones y en los congresos internos. La historia reciente del PSOE de Gijón es, en buena medida, la suma de ambas. Desde 2011, cuando perdió la Alcaldía pese a ser la fuerza más votada, el socialismo gijonés ha vivido una larga travesía marcada por cambios de liderazgo, enfrentamientos entre familias, tensiones con la Federación Socialista Asturiana (FSA) y una inestabilidad permanente que ha terminado convirtiéndose en una de sus principales señas de identidad.
Aquel año 2011 constituye el punto de partida. El PSOE ganó las elecciones municipales, pero Carmen Moriyón alcanzó la Alcaldía gracias a los apoyos del centro-derecha. Lo que pudo interpretarse como un accidente político acabó siendo el inicio de un ciclo mucho más profundo. Desde entonces, la agrupación gijonesa ha transitado por sucesivas etapas de confrontación interna que rara vez han encontrado una solución duradera.
La salida de José Manuel Sariego de la secretaría general, la llegada de Santiago Martínez Argüelles, su posterior dimisión, la etapa de la gestora y el desembarco de Iván Fernández Ardura no consiguieron estabilizar una organización que parecía condenada a reproducir una y otra vez los mismos conflictos. Cada relevo prometía cerrar heridas; cada relevo terminaba abriendo otras nuevas.
El episodio más significativo de esa dinámica llegó, paradójicamente, cuando el PSOE recuperó el gobierno municipal. En 2019, Ana González logró devolver la Alcaldía a los socialistas después de ocho años de gobiernos de Foro. Sin embargo, ni siquiera el acceso al poder fue capaz de pacificar al partido. La alcaldesa gobernó durante buena parte del mandato con una creciente contestación interna y acabó siendo apartada de la candidatura antes incluso de someterse nuevamente al juicio de las urnas.
Pocas imágenes resumen mejor la crisis del socialismo gijonés que la de una alcaldesa en ejercicio perdiendo el respaldo de una parte sustancial de su propia organización. El PSOE volvió a demostrar que sus principales adversarios no siempre estaban en la oposición municipal.
Las tensiones tampoco se limitaron al ámbito local. Durante estos años, la relación con la dirección regional ha atravesado momentos de enorme fricción. El ejemplo más evidente fue la candidatura de José María Pérez ‘Josechu’ a la secretaría general de la FSA frente a Adrián Barbón. Aquella batalla evidenció que Gijón no solo era un escenario de conflictos internos, sino también uno de los principales focos de contestación al liderazgo regional.
El resultado ha sido una organización fragmentada en corrientes, sensibilidades y familias que, con frecuencia, han dedicado más energía a resolver sus equilibrios internos que a construir un proyecto político reconocible para la ciudad. Mientras otras formaciones han logrado proyectar liderazgos estables, el PSOE gijonés ha encadenado secretarios generales, gestoras, candidaturas enfrentadas y congresos vividos como auténticos plebiscitos.
Por eso la denominada ‘Vía García’, impulsada por algunos históricos de la organización, adquiere una relevancia que trasciende la mera elección del candidato para 2027. La propuesta de concentrar en Monchu García tanto la secretaría general como la candidatura a la Alcaldía responde precisamente al diagnóstico de que una parte de los problemas del partido proviene de la bicefalia y de la competencia permanente entre liderazgos orgánicos e institucionales.
Sus defensores creen que la unificación del mando permitiría cerrar una etapa de enfrentamientos. Sus detractores advierten de que ningún cambio organizativo resolverá por sí solo unas fracturas que llevan abiertas más de una década. Pero el simple hecho de que esta fórmula haya ganado peso demuestra hasta qué punto la estabilidad se ha convertido en una necesidad estratégica para el socialismo gijonés.
Y esa necesidad llega en el peor momento posible. El PSOE afronta una coyuntura nacional marcada por el avance de la derecha y por un creciente desgaste del Gobierno central. Asturias continúa siendo uno de los grandes bastiones históricos del socialismo español, pero ya no parece un territorio inexpugnable. Aunque las encuestas siguen situando a la FSA como primera fuerza, la distancia respecto a sus adversarios se ha reducido y el margen de error es cada vez menor.
En ese contexto, Gijón deja de ser únicamente un problema local. La primera ciudad de Asturias se ha convertido en una pieza estratégica para el futuro electoral del socialismo asturiano. Si el PSOE gijonés no logra cerrar sus heridas, reconstruir consensos internos y proyectar una imagen de unidad, corre el riesgo de que quince años de inestabilidad terminen teniendo consecuencias mucho más profundas que la pérdida de una alcaldía. Podrían contribuir a poner en cuestión uno de los últimos grandes bastiones históricos del socialismo en España.