
«La plaza del Carmen parece hoy una simple rotonda sobredimensionada, pero podría ser mucho más: una pieza clave para coser el centro de Gijón/Xixón, conectar itinerarios peatonales y transformar un lugar de paso en un nuevo espacio para vivir la ciudad»

Iba a comenzar esta columna hablando del verano, de ese colapso del tráfico que no llega nunca y de esas noticias casi costumbristas sobre aparcamientos de pago vacíos mientras se aparca donde se quiere. Pero quizá no hace falta insistir mucho más. Cuando hay manga ancha y poca vigilancia, el resultado es previsible: coches en zonas verdes, en el puerto, en el Cerro, en las aceras. Coches por todos los lados.
Y todo ello pese a que mucha otra gente, entre quienes me incluyo, no queremos renunciar a usar el coche. Simplemente queremos que haya un poco de orden. Porque lo que tenemos no beneficia siquiera a quienes conducimos, y mucho menos a quienes entienden que el verano quizás no es el mejor momento para ir a todos los sitios en él.
Pero hoy me gustaría cambiar de tercio. O quizá no tanto. Porque el asunto es el mismo: qué hacemos con una ciudad que parece incapaz de imaginarse más allá del tráfico. Y para eso me parece interesante mirar a la plaza del Carmen, en el centro de Gijón/Xixón. No como un cruce, ni como un distribuidor, sino como una oportunidad.
Un centro de paso
La plaza del Carmen es vital para entender qué ocurre en el centro y por qué parece no avanzar nunca, enquistado como está en una movilidad que se presenta como “irrenunciable”, pero que luego no lo es tanto.
¿Se han preguntado alguna vez si la gente que habita la ciudad, incluidos visitantes, se siente a gusto puertas adentro, más allá del Muro, Cimadevilla y Poniente? No digo que el centro no tenga otros puntos de interés. Pero, si echan cuentas, salvo zonas pasto de la hostelería, algunas calles peatonales comerciales, Begoña y la plaza de San Miguel, buena parte del centro funciona más como zona de paso que como lugar donde estar.
Y quizás ya va siendo hora de darle una vuelta al asunto, más allá del amago que hemos tenido con la calle Munuza. ¿No resulta increíble que se haya renunciado incluso a dotar de un ancho de aceras funcional a una de las calles más emblemáticas de la ciudad?
Imaginemos que esa reforma se lleva a cabo. Imaginemos que el Gobierno local, actual o futuro, decide valorar el propio estudio que encargó, que costó un buen pico, y que ya señalaba claramente que una de las fuentes de tráfico a mitigar era la que llega desde el Muro.
Imaginemos también que alguna otra calle, como La Merced, sobre la que también se valoró una calzada única, se transforma. Es decir, poco a poco se une la Ruta de los Vinos y Cimadevilla con la zona comercial del centro, y que el tráfico resultante, salvo transporte público, mercancías y residentes, empieza a ser menor y más calmado.
Ciencia ficción tal y como están las cosas, lo sé. Pero ya tuvimos un gran ensayo donde nadie murió: los dos años del Muro cerrado al tráfico. Mejor manera de comprobarlo, imposible.
Otra plaza del Carmen es posible

Si todo eso ocurre, nos enfrentaremos a una pregunta necesaria: qué hacer con ese hueco en el centro de la ciudad que lo une todo, pero ahora funciona como un distribuidor. Un espacio con demasiada superficie dedicada al coche y poca ambición urbana.
Uno todavía se acuerda de cuando Ana González «arregló» la fuente. O de cuando el gobierno actual anunció la ampliación de un metro de acera, una marquesina de autobús y un nuevo asfaltado. Tristeza absoluta. Nada cambió entonces y nada parece cambiar ahora.
Y el caso es que, tarde o temprano, ocurrirá. A alguien se le ocurrirá que no hace falta tanto espacio para dar la vuelta. Que no hacen falta dos carriles en cada sentido para llegar a lugares donde incluso al autobús le cuesta girar. Que una plaza así no puede seguir pensándose solo como una infraestructura para repartir tráfico.
¿Qué se acabaría también esa zona ilegal, aunque permitida de facto, de carga y descarga? Sí. Pero eso se puede ordenar. Para eso existen los horarios, los espacios regulados, la logística urbana y, si se quiere, la imaginación. Que tampoco hablamos de colonizar Marte, aunque a veces en Gijón mover un bordillo parezca más difícil.
De rotonda a una verdadera plaza
Reducir tráfico en la plaza del Carmen permitiría unir espacios peatonales e itinerarios que podrían relanzar calles comerciales como la calle Libertad, que se va volviendo más mustia según se acerca uno a la plaza. Y eso que es un recorrido más corto y directo para llegar a Marqués de San Esteban que el propio enlace de la calle Corrida.
Además, en esa plaza hay espacio. Vaya si lo hay. Se podría ganar una nueva zona para estar, reconocer su patrimonio arquitectónico y reforzar un eje comercial, hostelero y peatonal capaz de vertebrar buena parte del centro, duplicando el recorrido disponible por la calle Corrida y conectando mejor la zona más antigua con los límites que impone la avenida de la Costa.
Y aparecen más preguntas. ¿Tendría sentido mantener el gran ancho del que dispone la calle Álvarez Garaya? ¿Podríamos conectar mejor con el ‘Solarón’? ¿Podría esa operación dejar de mirar solo de oeste a este y empezar también a coser el centro hacia el sur?
Son muchas las preguntas que podríamos hacernos. Lo que parece claro es que, a poco que se rasque, la Plaza del Carmen aparece como un buen comienzo para una ciudad con un centro más amable, más peatonal y menos resignado a ser atravesado por coches.
La fórmula no es misteriosa: participación, valentía y trabajo. Basta con entender que hay lugares que pueden seguir siendo espacios desmesurados para girar, o empezar a convertirse en lugares para estar.
La plaza del Carmen es uno de ellos.
¿Quién se atreverá?
Buen artículo. Suscribo lo leído.
Suscribo también , más de 2 décadas argumentando a quien quiera aguantarme que la fuente debe desaparecer (ojalá) y si no, acercarse hacia el banco Exterior (guiño)para hacer plataforma peatonal y dejar tráfico ‘apaciguado’ por acera de Telefónica junto paradas bus. Abrazo