
El actor repasa sus inicios en Asturias, sus años de formación, el nacimiento de Higiénico Papel y explica por qué nunca sintió la necesidad de marcharse a Madrid para triunfar

Hablar del actor Carlos Dávila es pensar rápidamente en talento interpretativo, en humor, al recordar sus cientos de caracterizaciones, y en diseño y técnica de iluminación…
Es hablar también de una larga y laureada trayectoria y de producción teatral con su compañía, Higiénico Papel, compartida con Laura Iglesia, madre de su hijo, el bailarín Pablo Dávila.
Con esta pequeña síntesis ya nos damos cuenta de que el protagonista de esta entrevista respira y vive puro teatro. Su voz al contar las cosas, el tono, sus gestos, ese sentido del humor…
Pero ¿cómo empezó? Pues ahora lo contamos…
¿Quién es Carlos Dávila González?
Nací en León. Entiendo que la esencia de uno mismo no depende de dónde se nace.
Y la esencia a usted le cae a chorros, aunque, y perdone, no sea muy alto…
(Se ríe) Estudié en León hasta los 20 años y, como mi intención era ser independiente, ¿sabe qué hice?
Ni idea.
Hice caso a mi madre, que decía: «Prepárate unas oposiciones y así ya tienes asegurado el trabajo».
¡Qué grande su madre!
Se llama Carmina y vive conmigo aquí en Gijón.
¡Bueno, bueno! ¿Y a qué oposiciones se presentó?
A todo lo que salía. Aprobé la de auxiliar administrativo del Principado de Asturias, así que me vine a vivir a Oviedo para trabajar en la Consejería de Juventud y, como ya era independiente…
Por tener un trabajo fijo…
Ya podía dedicarme a lo que realmente me gustaba, al teatro, así que pregunté a la secretaria del director regional de Juventud, Amparo García, dónde podía estudiar teatro. Llamó a Santiago Sueiras, el director del Instituto del Teatro y las Artes Escénicas en aquel momento.
¿De qué año hablamos?
1988.
Ya llovió.
Tenía 20 años. Ahí me pasaron el contacto de Etelvino Vázquez para que fuera a su laboratorio de teatro en Lugones y «pa allí fui». En aquella época, Etelvino tenía el espectáculo Devocionario.
Etelvino Vázquez formó a grandes actores.
Quería entrar en el ITAE, pero estaban a mediados de curso; por eso me mandaron al laboratorio de Etelvino. Iba los sábados para ir adquiriendo conocimientos y, de paso, aproveché para hacer unos cursos de expresión, psicomotricidad, danza… ¡Venía yo de esos cursos subidísimo!
Le daba tiempo a todo, por lo que veo.
Sí, porque las clases en el ITAE eran por la tarde, así que muchas veces comía en la oficina y tiraba pa allí. Así estuve cuatro años, hasta que los talleres empezaron por la mañana. Entonces pedí la prestación social sustitutoria, porque era objetor de conciencia, y la hice por la tarde, mientras cursaba por la mañana los talleres del último curso de teatro. En esa época conocí a Laura Iglesia.
La madre de Pablo. Todos artistas, ¡menuda fiesta!
En mi casa había mucho movimiento.
¡Meca! Eso me interesa. ¿Qué tipo de movimiento había?
Yo compartía piso con Sandro Cordero y con Avelina Hernández y, como nos quedaba una habitación libre, algunos de los profesores que venían al ITAE desde Madrid para darnos clase dos veces por semana se quedaban allí también.
¡Por haber estado allí!
Era fantástico. Todo el tiempo hablando de teatro. Además, Laura, mi novia de aquella, había estudiado Filología y le encantaba el teatro. Estaba allí empapándose de todo aquello, así que decidió formarse también.
¿Qué sueños tenía por aquella época?
No teníamos sueños, pero hablábamos mucho de arte, de teatro de vanguardia, del director Peter Brook, de la Expo de Sevilla…
¿Y eso?
Porque, a nivel nacional, se movieron muchas compañías con ese acontecimiento. Fuimos a Sevilla. En aquel momento empezaban a aparecer compañías de teatro. Aquí, en Asturias, como compañías profesionales, si no recuerdo mal, teníamos a Margen, Teatro del Norte, Toalleta, Quiquilimon y la de Toño Caamaño.
¿Se acuerda de lo primero que hicieron con Higiénico Papel?
Un monólogo de Heiner Müller… ¡Ah! No me acuerdo de cómo se llamaba, pero sí del año: 1996.
Treinta años.
Sí. Y mire, mucha gente, cuando acabamos de estudiar, se quería ir a Madrid a buscar fortuna, a hacer castings (se ríe), pero a mí lo de la televisión y el cine, no… Si surge, bien, pero no es mi proyecto de vida. Irme a Madrid tampoco lo era, porque yo seguía siendo funcionario.
Cuéntenos lo primero que hizo cuando salió del ITAE.
Todavía no había salido de la escuela, pero de eso sí me acuerdo. Fue «Equí nun paga nadie», con Telón de Fondo, dirigido por Rosabel Berrocal.
La mi Rosabel.
Y la de tantos. Fuera de la escuela, la primera directora que tuve.
¿Cuál fue el primer espectáculo que pensaron al completo, es decir, con guion, dirección, todo?
Por aquella época estaban muy de moda los realities sobre noticias reales y escabrosas, como ¿Quién sabe dónde?, de Paco Lobatón. Ideamos un espectáculo basado en eso, en clave de humor. Ahí ya empezó Laura, digamos, a dirigir. Por talento natural, se le daba muy bien colocar las escenas, cambiar cosas del guion… Una de las cosas que tiene Laura es que manda mucho.
(Risas) ¡No!
Pero sabe mandar muy bien. A mí, por ejemplo, me gusta más obedecer.
Porque tiene que haber alguien que mande.
En aquella época se llevaba mucho lo de la creación colectiva.
Explíquese.
A ver, la creación colectiva está bien porque hay muchas ideas, pero, ¡claro!, tiene que haber un líder que diga: «Esto sí» o «esto no». Si no, sería un batiburrillo. Por eso la figura del director es tan importante. Hay que respetarlo siempre.
¿Qué es lo último que hicieron?
Actuamos con la compañía El Jaleo con el espectáculo Corín Tellado. El espectáculo, que hacía tres años que no mostrábamos. Es un homenaje que Laura Iglesia quería hacer a la escritora.
¿Les piden repetir espectáculos?
Sí, muchas veces.
Para ir despidiéndonos, ¿qué proyecto le gustaría preparar? O, de igual manera, ¿qué personaje le encantaría interpretar?
Más que eso, me gusta interpretar una idea que me motive. Digamos que lo que quiero hacer es el proyecto que tengo en mente ahora.
Y no nos lo va a decir.
Eso lo diré cuando se pueda.
¿Y esas ideas cuándo surgen…?
Sobre todo, cuando estás relajado. A mí me surgen muchas cuando voy paseando con mi perro.
¡Ah, sí!
Son momentos de desconexión. ¡Ah! En la ducha también me surgen ideas… por la mañana.
Pues le dejamos pensando, a ver qué es lo próximo que se le ocurre.