Podíamos tener, al menos, una derecha a la que le pareciera una horterada impropia de la ciudad ese concurso freudiano de ver quién se saca la banderona más grande

Gijón tendrá una bandera monumental de España el doble de grande que la de Oviedo. La colocarán en la glorieta entre el Kilometrín y El Molinón. A eso se dedica el actual gobierno municipal: a tratar de ganarle a Oviedo la partida del oviedismo. Para eso hemos quedado en esta ciudad que un día se enorgulleció de ser el negativo exacto de la vecina y rival. Orgullo que podía tener mucho de fatuo (Oviedo tenía algunas cosas que envidiar; Gijón tenía algunas por las que no sentir mucho orgullo), pero partía de algo real. Hemos decidido abandonarlo, y le ponemos ganas. En Gijón hay corridas de toros, en Oviedo no, y crece una maleza espléndida en su plaza de toros. Gijón suprime de facto la Zona de Bajas Emisiones mientras en Oviedo se instaura. Oviedo tampoco tiene un festival de avioncitos militares que aterrorice a los perros, los niños, los autistas, los ucranianos, los palestinos, los pacifistas, las personas sensatas preocupadas por que unos cazas se pongan a hacer loopings encima de una playa abarrotada de gente, y hayan dado ya algún susto. Gijón sí tiene eso. ¿En qué ciudad se lo pasaría mejor Santiago Abascal?
Sic transit gloria mundi, supongo: no podíamos esperar que la tortilla nunca se volviese y la hegemonía izquierdista nunca se terminase. Cerraron las fábricas, cambió la economía, con ella la sociedad y con ella cambia también la política. Pero podíamos tener, al menos, una derecha que quisiera que Gijón siguiera siendo Gijón, y no un Oviedo con menos prerrománico y más salitre. Conservador, vale, pero al que le pareciera una horterada impropia de la ciudad ese concurso freudiano de ver quién se saca la banderona más grande, o la jura de bandera del Náutico. Que trabajara por un Gijón que no quisiera ser mezquinamente provinciano, ni rancio de caricatura de Pedro Vera; que se negara a merecerse un La Regenta del siglo XXI. Pudimos esperarnos que, cuando mandasen las derechas, fueran a ser unas derechas modernas, que modernizaran la ciudad, aunque fuera en sus términos: clínicas privadas, universidades pijas, etcétera; cosas que los rojos aborreciéramos y combatiéramos igualmente, pero que no fueran rancias. Pero Dios, a veces, aprieta y también ahoga.
Tendremos a la Quirón, la Universidad Europa, la jura de bandera y una banderona estanquera que se vea desde la Estación Espacial Internacional y será esta una ciudad que quiera ser fea de todas las maneras posibles e imaginables; desagradable para todos y cada uno de los sentidos: la vista ofendida por el kitsch chovinista, el oído aturullado por los aviones, el olfato malbaratado por las emisiones incontroladas, el tacto que no pueda permitirse tocar ya los barrios tensionados por la gentrificación y el turismo. Se come bien, eso sí, pero también cada vez más caro, en esta Vetusta en ciernes sin monumentos históricos (salvo el edificio franquista más grande de España).
Ocurre todo eso y es porque la gente lo ha votado, y lo disfruta. Yo quisiera, al menos, que surja algún Clarín que lo satirice en una buena novela que nos busque las vueltas, que nos ponga ante el espejo. Que nos baje los humos metafóricos, ya que los reales no dejan de subir en esta ciudad devota del cochismo.
Bravo, bravo y bravo. No se puede expresar mejor la realidad Xixonesa
Pues has citado casi lo mejor de Gijón como eventos representativos y que movilizan económicamente y que tienen una respuesta impresionante a nivel de asistentes: El festival aéreo encuadrado dentro de las actividades de la semana denominada “fiesta del cielo” con una asistencia estimada en 300.000 personas. Respecto a los toros (y no soy taurino) la feria de Begoña ha puesto el “no hay billetes” en todos los festejos. Así que efectivamente. La gente lo ha votado y lo disfruta. Y la bandera también. Lo único malo es que su ubicación no sea más céntrica.
La ciudad hecha en los últimos 16 años en los que 12 gobernó la derecha. Sólo aquellos que no pisan las aceras siguen creyendo los capítulos diarios de la gran novela sobre la ciudad.