El autor de ‘Ciudad Clickbait’, que visitó Gijón invitado por el OXM, alerta de cómo la obsesión por la atención inmediata está condicionando las decisiones de los gobiernos municipales

Las ciudades compiten cada vez más por atraer miradas, visitantes e inversiones. Festivales, grandes acontecimientos, proyectos arquitectónicos y campañas de promoción se suceden en una carrera por destacar que, en ocasiones, parece dejar en segundo plano las necesidades de quienes las habitan. Es una de las reflexiones que plantea el periodista y escritor Vicent Molins en su libro ‘Ciudad Clickbait’, una mirada crítica a la transformación de las ciudades en escaparates permanentes y a la influencia de las redes sociales en las decisiones políticas. El autor participó hace unos días en Gijón en la Semana Alternativa de Movilidad Sostenible, organizada por el Observatorio Xixonés de Movilidad (OXM), una visita que sirve de punto de partida para esta entrevista. En conversación con miGijón, Molins reflexiona sobre el modelo urbano de la ciudad, el auge del turismo, las dificultades de acceso a la vivienda, las disputas en torno a la movilidad y una pregunta que atraviesa toda su obra: ¿estamos construyendo ciudades para quienes viven en ellas o para quienes simplemente pasan por allí?
En Ciudad Clickbait recoges numerosos ejemplos de ciudades que buscan desesperadamente llamar la atención: grandes eventos, iconos arquitectónicos, competiciones internacionales o iniciativas que, en ocasiones, rozan lo absurdo. ¿En qué momento el marketing dejó de ser una herramienta para promocionar las ciudades y empezó a condicionar las propias decisiones de sus gobiernos?
Sobre todo desde los noventa, las ciudades cambian el que han estado interpretando durante siglos. Sus especializaciones económicas se habían alterado en la mayoría de los casos y, en mitad de un proceso de globalización evidente, entienden que el único conducto que lleva al futuro es competir por la atención, destacar para atraer. En España, además, los efectos del espíritu del 92 inflaman todavía más el proceso. Todas quieren vivir, en diferido, la borrachera de los Juegos Olímpicos, la Expo… Ser protagonistas. Después llegará el nuevo orden digital y entonces la competición se vuelve permanente y extrema.
Hasta ahí podría ser normal. Contextos comunicativos nuevos, reglas nuevas. La mala noticia para los ciudadanos pasa porque esa querencia por captar atención altera las prioridades. Primero pensamos qué hacer para que nos miren; después, si eso, pensamos en cómo eso beneficia a la ciudadanía. De ahí que acabemos en la perversión de tener ciudades que se pasan el día diciéndose que están de moda mientras a sus ciudadanos les va peor.
Todas las ciudades parecen competir por construir una identidad singular, pero muchas terminan recurriendo a las mismas fórmulas: festivales, grandes acontecimientos, espacios fotografiables y experiencias de consumo. ¿No resulta paradójico que esta competición por diferenciarse esté provocando que las ciudades se parezcan cada vez más entre sí?
Porque no pretenden marcar la diferencia a partir de lo que ofrecen, sino marcar la diferencia siendo más que los demás (la Navidad más iluminada de España como quintaesencia, el circuito de Fórmula 1 más impactante del mundo…). El objetivo es gustarle a cualquiera que pase unos segundos por delante de este escaparate llamado ciudad; por tanto, nuestra propia imagen se va limando para hacerla lo más digerible posible a ese transeúnte rápido. Entonces, sí, todas se acaban pareciendo. Llevamos años dejando que el guion lo escriba el que pasa y no el que está.
En el libro también abordas la proliferación de grandes promesas urbanas y conceptos que terminan convirtiéndose en eslóganes. Desde ciudades que aspiran a liderar rankings internacionales hasta ideas urbanísticas como la ciudad de los quince minutos. ¿Cómo podemos distinguir una verdadera estrategia de transformación urbana de una operación de marketing? ¿Corremos el riesgo de que incluso las buenas ideas acaben convertidas en reclamos comerciales o inmobiliarios?
Siempre pido letra pequeña, algo de complejidad… y un reclamo que incluya un cronograma de cumplimiento, no solo un render. Si no, corremos el riesgo de terminar fusilando una teoría urbana excelente como la de la ciudad de los 15 minutos, en una enorme paradoja: unas cuantas ciudades españolas prometieron implementar la ciudad de los 15 minutos justo cuando dejaban de serlo, desguarneciendo el acceso a la vivienda (si la vivienda no se puede pagar con dinero, se paga con tiempo: alejándote de la ciudad, sumando minutos de distancia de quince en quince).
La solución es un mayor nivel de debate, mayor complejidad, una conversación que no esté basada en clickbaits. Es lógico que muchos vecinos sientan esa gentriansiedad cuando mejoran sus calles o les llega una biblioteca fantástica, porque creen que terminará encareciendo su entorno hasta expulsarlos. Pero esa no puede ser la respuesta.
Gijón, como muchas ciudades, parece estar apostando por festivales gastronómicos, conciertos, celebraciones temáticas y acontecimientos que se suceden continuamente. Mientras tanto, cuestiones menos vistosas, como el mantenimiento de los barrios o el acceso a la vivienda, parecen tener muchas más dificultades para captar la atención política. ¿Hasta qué punto la economía digital y sus mecanismos de atención permanente están trasladándose a la gestión municipal? ¿Estamos empezando a gobernar las ciudades con una lógica parecida a la de las redes sociales?
Uno de los alicientes que me llevó a escribir el libro era justo adentrarme en esa pregunta. Es evidente que ya no hay un botón de on-off con el que encender o apagar nuestra vida digital. Ahora estoy en las pantallas, ahora en las calles. No, son realidades solapadas. Y hay demasiadas pistas que nos inducen a creer que las políticas urbanas han sido captadas por los ritmos digitales. Una dinámica de necesitar crear contenido inmediato para obtener réditos instantáneos, y no tanto planes a largo plazo para consecuciones más lentas. Una ciudad requiere una mínima lentitud si quiere alcanzar grandes logros, no por un sentido ludita de la velocidad, sino porque la ambición requiere tiempo. Me da la impresión de que hemos caído en un scrolling permanente que nos lleva a tener políticas urbanas más pequeñas.
Otro de los temas que atraviesan el libro es la construcción de una imagen urbana reducida a unos pocos lugares reconocibles. En Gijón, por ejemplo, buena parte de su representación turística gira alrededor de la playa de San Lorenzo, la fachada marítima y el centro, mientras muchos barrios prácticamente desaparecen del relato. ¿Puede esa representación parcial acabar influyendo en las prioridades políticas y económicas de la ciudad? ¿Qué ocurre con los lugares y las personas que no aparecen en esa portada?
Las ciudades siempre han tenido espacios paradigmáticos que han servido, de alguna manera, para tomar la parte por el todo. Hay poca sorpresa en que una porción del territorio denote a una ciudad entera. Pero sí supone un cambio, y otra paradoja, que entornos que apenas se parecen ya al resto de la ciudad —porque sus dinámicas son puramente de escaparate para el tránsito rápido— sean los que capten casi toda la atención… y los recursos. Eso nos lleva a una situación de riesgo: creer que toda una ciudad es justo como ese centro urbano ultraespecializado que ya no se parece a nuestra urbe. Y gobernar contra la realidad produce monstruos.
Hay una contradicción que parece cada vez más evidente: una ciudad puede convertirse en un destino turístico de éxito mientras sus propios habitantes encuentran cada vez más dificultades para acceder a una vivienda o mantener su forma de vida. Gijón, como otras ciudades medianas, presume de calidad de vida y empieza a experimentar algunas de estas tensiones. ¿Puede una ciudad terminar destruyendo precisamente aquello que la hacía atractiva por intentar explotar económicamente ese atractivo?
En cualquier otra industria, la gestión de recursos y de cargas parece evidente. Pero en la del turismo, no. Tomamos como inagotables los recursos que la hacen posible. Ya tenemos evidencias de que es una máxima fallida. Nuestros recursos se agotan (la vivienda es uno de ellos). Y nuestros recursos, también, cambian de manos. Siempre me llama mucho la atención cómo unas cuantas ciudades apelan a su enorme calidad de vida para atraer al prójimo, como parte de su hoja de reclamos. De tanto atraer, sin embargo, la calidad de vida de sus residentes hace tiempo que empeoró… De ahí a tener muchos turistas quejándose de que en el destino hay demasiados turistas, solo hay un paso. El turismo requiere límites, no por un debate moral de si turismo sí o turismo no (una disyuntiva estéril), sino sencillamente porque, si no hay acotación y todo es turismo, los recursos dispuestos para quienes residen pasan a ser dispuestos para los que visitan.
En Gijón, prácticamente cualquier intervención sobre el espacio público, desde una peatonalización hasta un carril bici, acaba convertida en una batalla política. ¿Por qué la movilidad se ha convertido en una cuestión tan ideológica? ¿Estamos discutiendo sobre coches y bicicletas cuando en realidad deberíamos estar hablando de qué ciudad queremos construir?
Diría que la discusión sobre coches y bicicletas es una buena cuestión para abordar qué ciudad queremos. Solo que a veces lo hacemos a trompazos. Hay guiones que nuestras urbes han seguido al pie de la letra durante su historia reciente, y alterarlos provoca fricciones que generan chispas. Pero no es más que el desafío eterno de una ciudad: ser capaz de adaptarse a su sociedad y a su tiempo. Lo contrario es apostar por la taxidermia.
Transformar una ciudad implica tomar decisiones que no siempre cuentan con el respaldo de todos sus habitantes. Los gobiernos suelen apelar al interés general mientras parte de la ciudadanía denuncia que no se la escucha. Al mismo tiempo, cualquier transformación puede encontrar resistencias, incluso cuando sus beneficios aparecen a largo plazo. ¿Cómo crees que se debería equilibrar la participación vecinal con la responsabilidad política de impulsar transformaciones necesarias, aunque inicialmente resulten impopulares?
En los últimos ciclos, la participación ha basculado entre el trámite y el fetichismo. La sociedad local debe estar presente en la toma de decisiones —o al menos en el ambiente que las provoca—, entre otras cosas porque eso muscula la masa crítica, que es a las ciudades lo que las capas vegetales a los bosques: evita su erosión. Por lo general, hemos hablado mucho de procesos participativos, pero tal vez los hemos mecanizado. ¡La participación debe ser un gran evento! Ser capaces de estimular a la población local hasta el punto de que aquellas celebraciones que llevamos a nuestras plazas no sean una copia de cualquier otro sitio, sino que sirvan para hablar de lo nuestro. No es nada nuevo: los ochenta fueron especialmente fértiles en eventos de participación urbana. En lo que está por venir, parte de la inteligencia local dependerá de esto: tener o no manos para que escriban un guion propio.
Los gobiernos municipales suelen medir su éxito a través del crecimiento económico, el número de visitantes, las inversiones, los grandes proyectos o los eventos organizados. Sin embargo, quizá una ciudad debería evaluarse también por la facilidad para encontrar vivienda, la autonomía de sus habitantes, la calidad de sus servicios o el tiempo que dedicamos a desplazarnos. ¿Estamos confundiendo el volumen de actividad que genera una ciudad con el valor que realmente aporta a quienes la habitan? Si tuvieras que proponer tres indicadores para medir el éxito de una ciudad, ¿cuáles serían?
Añado otra cosa: la autoestima. Quizá es un concepto etéreo, menos tangible, pero bien relevante. Estamos subrogando la autoestima a la visión que las personas en tránsito tienen de nuestros lugares. Eso lleva a que la dopamina que buscamos para alimentar el ego de nuestras ciudades dependa más de lo ajeno que de lo propio. Poco a poco, esa calidad en los servicios o el acceso a la vivienda quedan opacados por el flash y el brilli brilli del ultimísimo reclamo para poner la ciudad de moda. Si solo nos medimos por volumen, dejamos de pensar en valor.
Una ciudad exitosa es aquella en la cual a sus ciudadanos les va un poco mejor de lo que les iba. Tienen mayor cohesión, su riqueza progresa y pueden disfrutar del entorno en el que viven.