
«No deja de asombrarme la capacidad que tiene el capitalismo y el consumismo para depredar y convertir en objeto de deseo y necesidad cualquier cosa, incluidas aquellas que han nacido de la precariedad, para vendérnoslo como algo cool y divertido»

Hace unos meses, en torno a la primavera, tuve que bajar a Madrid por cuestiones laborales, así que aproveché el viaje para comer con gente querida. Quedamos en un bar cerca de un antiguo mercado, en una plaza que un día fue castiza y un lugar que albergaba los típicos puestos que te podías esperar en un espacio como ese: fruterías, charcuterías, una pescadería y hasta la florista de toda la vida, la que te hacia el ramo de novia y la corona en tu funeral. Pero esos eran otros tiempos, y también eran otras ciudades. Ahora el mercado había mutado en lugar de peregrinación ‘gastro’, con sus tiendas-boutique y sus puestos de street food, donde te venden tapas con nombres pretenciosos, laterío a precios desorbitados y comida basura disfrazada de moderna de pueblo.
Tengo que confesar que nada de esto me llamó la atención, porque lo que pasa en Madrid pasa también en Xixón. Porque todas las ciudades son ya la misma ciudad. Todas ellas se dibujan ahora siguiendo el mismo modelo de turistificación, gentrificación, especulación urbanística, alquileres vacacionales, sueños aspiracionales, estética de Instagram y ‘sacaperrismo’ por chorradas.
Hubo, sin embargo, algo que sí que me hizo sentir una pizca de orgullo xixonés mientras deambulaba por aquella plaza desbordada de turistas sentados en las escalaras que daban acceso al mercado, y también en el suelo, y que comían pinchos de tortilla de patata congelada deconstruida, o bocadillos canallas a precios de oro: «He aquí», me dije mientras contemplaba la larga fila de tuk-tuks que iban y venían, y se subían por las aceras abarrotando la ya abarrotada y diminuta plaza, «una chorrada como un campanu que, afortunadamente, en Xixón no tenemos, porque menuda estupidez».
Ingenua, ingenua chiquilla.
Y es que no deja de asombrarme la capacidad que tiene el capitalismo y el consumismo para depredar y convertir en objeto de deseo y necesidad cualquier cosa. Incluidas aquellas que han nacido de la precariedad, como es el caso de los tuk-tuks, para vendérnoslo como algo cool y divertido. Como tampoco deja de asombrarme la capacidad del ser humano para picar el anzuelo, especialmente cuando se despoja de todo pudor y vergüenza ajena, y se pone los ropajes de turista. «¿Pero qué son los tuks-tuks?», me podría usted, lector, preguntar mientras clava su pupila azul -o marrón, o verde, o violeta- en mi pupila. Pues estos vehículos son las versiones motorizadas de los rickshaws, esos carros de dos ruedas tirados por una persona que son tradicionales de algunos países asiáticos, y de los que tanto provecho sacó Hollywood en su momento, y de los ‘bicicarros’. Esto es, medios de transporte que nacieron de la necesidad y de la pobreza como una alternativa barata a los coches tradicionales. Es decir, nada que no conociéramos en casa, solo que aquí los llamamos motocarros. De hecho, mi abuelo paterno fue el orgulloso dueño de uno de ellos, aunque solo durante una breve temporada, pues no tenía cuajo para cobrar a la mayoría de sus clientes, que todavía estaban en una situación más precaria que la suya. No nacimos los Cosio para la empresa; vendió el motocarro y se fue a trabajar a una fábrica. Ni él, ni mi otro abuelo tuvieron jamás la capacidad económica para poder permitirse ser los dueños de un coche. Pero esos eran otros tiempos, y esta, otra ciudad.
Personalmente no tengo nada en contra de los motocarros. Es más, creo que deberíamos empezar a tomarnos en serio la necesidad de repensar nuestra manera de movernos por las ciudades y, en particular, por esta nuestra ciudad, Xixón. Así que cualquier forma de transporte que sea sostenible, barata, que ocupe poco espacio y sea comunitaria me parece una opción fantástica: bicicletas tradicionales, bicicletas eléctricas, motocarros, tranvías… Cualquier cosa que nos permitiera recuperar el espacio urbano para la ciudadanía para arrebatárselo al reinado del coche particular. Que la movilidad se convierta, por fin, en un tema de preocupación comunitaria, en algo asequible, accesible y en el centro del debate público y, sobre todo, en el de las políticas y las preocupaciones de la clase política local.
Mas estos motocarros -lo de llamarlos «tuk-tuks» les debe de parecer a los empresarios de estas cosas algo más exótico y comercial, porque no son capaces de sacudirse el cosmopaletismo endémico que arrastran- no han llegado a esta ciudad para abrir nuevos debates sobre movilidad, me temo. Hhan llegado porque en Xixón no somos inmunes a la pandemia de la turistificación, a la enfermedad de copiar lo que hay en todas partes, ni a la gripe del consumismo más ridículo. Todo para el turismo y nada para los que aquí habitamos. Que no se diga que nos estamos quedando atrás en esta absurda carrera por convertir nuestras ciudades en parques temáticos indistinguibles, sin alma ni espacio para la autenticidad.
Alguien tenía que ser el pionero de esta cosa, nos dicen. Y puede que sea verdad, porque siempre tiene que haber una persona que sea la primera en tirar piedras contra su propio tejado.