«Joaquín Alonso González no abandonaría el equipo rojiblanco hasta 1992. Aguantó sonoras pitadas de su público en aquellos años 70 inmisericordes. En un país enclenque no se perdonaba tener buena planta como futbolista sin jugar de portero o de central»


A principios de los 70 el barrio de La Argañosa se volcaba cada fin de semana con su club: el Astur. Destacaba en el campo de La Florida un espigado ovetense que acabaría jugando en Gijón gracias al mejor zahorí que pasó por el Sporting: Enrique Casas, presidente del Astur Club de Fútbol y secretario técnico de los buenos, de los de «la vieja escuela».
Y no como ahora, en estos absurdos tiempos ostentan el pomposo cargo de Director Deportivo un buen rebaño de pisaverdes que ya no son secretarios técnicos y no saben distinguir una pelota de una castaña. Fichó aquel espigado muchacho por el club gijonés con los favorables informes de Casas. Pasaría por una cesión en el Gijón Industrial y por el Deportivo Gijón (filial del Sporting) antes de estampar su firma en el contrato que le ligaba al primer equipo el 1 de julio de 1976.
Joaquín Alonso González no abandonaría el equipo rojiblanco hasta 1992. Aguantó sonoras pitadas de su público en aquellos años 70 inmisericordes. En un país enclenque no se perdonaba tener buena planta como futbolista sin jugar de portero o de central. Levantaba sospechas entre el «populo» pequeñito y cabreado un tipo alto y fuerte al que se le veían buenas maneras y fallos propios de la edad. Y pese a la presión supo aguantar «la tempestad» en un injusto Molinón.
Joaquín era torpe, lento, un morgañón para muchos de los aficionados que dictaban sentencia desde la grada. Algunas temporadas más tarde agacharían la cabeza y asumirían el error con un centrocampista fundamental para el equipo que tenía la zancada de Gulliver y lo jugaba todo sin caer lesionado: copa, liga, UEFA. Sumando robos de balón, pases y centros estupendos y goles de pañuelos agitados. Protegía la pelota como una gran araña en la medular y siempre estaba bien colocado, en defensa y en ataque. Cualquier nervioso debutante conocía la consigna del vestuario: «si dudas dásela a Joaquín que el 8 resuelve».
Fue titular indiscutible con Miera, Novoa, Boskov y todos los que les siguieron a lo largo de 16 temporadas con 679 partidos oficiales y 84 goles. Una auténtica referencia en la zona donde se fabrica el juego, uno de los mejores medios españoles en la década de los 80. Totalizó 18 entorchados internacionales, siendo convocado para los Juegos Olímpicos de Moscú y el Mundial de España. De haber nacido en Italia «il capitano» de la Azzurra tendría bigote, estoy convencido, pero en la España futbolera y bipolar la marca o la convocatoria corría a cargo del Madrid y el Barça, entornos mediáticos incluidos.

En el verano de 1984 el Sporting se alzó con el Trofeo Ramón de Carranza ante la admiración de algunos gaditanos que se preguntaban si los que salían al terreno de juego eran los del Madrid de baloncesto o el Sporting de Gijón cuando vieron a Maceda, Mino, Tocornal o Joaquín. Pasada una década ya se empezaba a reconocer la altura como un plus en un deporte que iba cambiando de modos y costumbres. El bigote rojiblanco más famoso se retiró en el celebrado año olímpico barcelonés.
Dejó de pisar el encalado césped de El Molinón y descubrió el fútbol playa espoleado por «el Lobo» Carrasco. Jugó con Claudio y Jiménez en la selección y entre 2002 y 2019 dirigió a España en diferentes arenales como seleccionador con unos resultados extraordinarios. Finalizada la etapa playera regresó al club de sus amores para trabajar como Responsable de relaciones institucionales en una labor que había desempeñado con maestría el mejor embajador de nuestro Sporting: Quini. Hoy otra de las leyendas del club sigue la estela del mejor 9. No en vano es el mejor 8.
Gran jugador pero nefasto como colaborador de los Fernandez.
Al calorin.Mucha cara.