¿Quién pone en duda una denuncia por robo? Entonces, ¿por qué se cuestiona a quien denuncia abuso sexual? Denunciar no es exagerar ni vengarse: es reclamar justicia, reconocimiento del daño sufrido y la reparación de la víctima

El peso de la denuncia no debería recaer en quien sufre, sino en quien agrede. Denunciar acoso o abuso sexual nunca es fácil. Quien da ese paso se enfrenta al miedo, al juicio social y a la presión mediática, especialmente cuando la persona denunciada tiene poder o influencia.
Con demasiada frecuencia, la persona denunciada recibe protección social y mediática, mientras quien denuncia es ridiculizada, desacreditada o cuestionada por decisiones pasadas o por haber permanecido en la situación de acoso o abuso. Esto revictimiza, daña y perpetúa el silencio.
Cada denuncia es un acto de valentía. Reconocerla implica otorgar credibilidad a quien denuncia y situar el foco en la conducta de la persona denunciada, no en la víctima. Denunciar es una forma de buscar justicia, de hacer visible el abuso y de impedir que otras personas sufran lo mismo.
¿Quién pone en duda una denuncia por robo? Entonces, ¿por qué se cuestiona a quien denuncia abuso sexual? Denunciar no es exagerar ni vengarse: es reclamar justicia, reconocimiento del daño sufrido y la reparación de la víctima.
Quien denuncia merece apoyo, respeto y protección. También merece que se reponga su dignidad, su seguridad y sus derechos. Cuestionarla solo perpetúa la injusticia y refuerza una cultura que protege al agresor.
Es hora de cambiar el foco: apoyar a quien denuncia es avanzar hacia un entorno más seguro, justo e igualitario. Basta de cuestionar a las víctimas. Basta de proteger al poderoso.
El deber de la sociedad y de las instituciones es claro: mirar a quien agrede, garantizar que el abuso sexual no quede impune y asegurar justicia y reparación para las víctimas.