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El Bibio, un campo de concentración ocultado a la vista de todos

Peio H. Riaño por Peio H. Riaño
01/02/26
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El Ayuntamiento de Gijón, a petición de Izquierda Unida, elaborará un inventario de los espacios de la ciudad que fueron utilizados como centros de represión, para señalarlos y recuperar la memoria de los hechos silenciados

Izqda. El Bibio durante la Guerra Civil. Dcha. Estampa exterior de plaza en 1894.

Cuando Ojete Calor salió al escenario, el monstruo todavía estaba ahí. Era una noche de “humor, ritmo y fiesta”, aderezada por los indiscutibles éxitos Mocatriz y Agapimú. La plaza de toros de El Bibio había renacido 84 años antes, el 15 de agosto de 1941. Ese día se reinauguró con una corrida que tuvo que suspenderse por la lluvia. Lo más importante es que su rehabilitación había servido para borrar, en el edificio y en la ciudadanía, el rastro de los hechos más recientes y crueles que tuvieron lugar en el coso, entre el 21 de octubre de 1937 y algún momento de 1939. El mismo día en el que las fuerzas sublevadas invadieron Gijón, sin resistencia, convirtieron las ruinas de la plaza de toros, bombardeada por el crucero de guerra Almirante Cervera y por el cuartel del Simancas, en campo de concentración. Por allí pasaron alrededor de quince mil personas, de las que no hay recuerdo en este lugar. Han pasado 88 años y el monstruo de la represión sigue presente, aunque se mantenga ocultado. 

Para romper con este silencio, el concejal en el Ayuntamiento de Gijón Alejandro Farpón (Izquierda Unida) presentó un ruego al Gobierno del consistorio, que fue aceptado por la concejala de Cultura, Museos e Industrias Creativas, Montserrat López. El concejal rogó que se elaborase un inventario de los espacios de la ciudad que fueron utilizados como centros de represión, campos de concentración, lugares de detención, desde el 21 de octubre de 1937 y durante los primeros años de la posguerra, y se instalen en ellos medios de difusión e interpretación de lo ocurrido en ellos. Ahora solo cabe esperar la ejecución de la propuesta, de la que tampoco se conoce cómo se resolverá (placa, cartel o QR).

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En su exposición de hechos, Farpón indicó que “la magnitud de la represión que siguió a la caída de Xixón en manos de las tropas sublevadas hizo que fuese necesario habilitar espacios para albergar al elevado número de personas detenidas”. Muchos de estos espacios siguen en pie, “forman parte del paisaje cotidiano de nuestra ciudad, pero su pasado es desconocido para buena parte de las personas que diariamente pasan a su lado”, indicó Alejandro Farpón el pasado uno de diciembre, en su reclamación de visibilización de los Lugares de Memoria Democrática en la ciudad, donde destacó sobre todos la plaza de toros de El Bibio.

Los datos difundidos por el cuartel general de Franco, durante la caída del Frente Norte republicano, cifraban la “bolsa” de prisioneros y presentados en unas quince mil personas. Para gestionar ese inmenso volumen de presos, era urgente encontrar un lugar donde recluirlos y desde ahí, iniciar el trámite de represión y reeducación en campos de trabajos forzados, cárceles o fusiliamientos. La plaza de toros reunía dos aspectos esenciales para albergar esta cantidad de prisioneros: un amplio espacio dentro y fuera del coso, con finca cercada que lo rodeaba. Y, además, no se encontraba en el centro de la ciudad, es decir, aquel espectáculo de hacinamiento, hambre y dolor no estaba a la vista de la población. Las imágenes que conservamos de El Bibio de esos días muestran un gran campo de huertas, alejado de la ciduad. Las comunicaciones para mover a los presos también eran óptimas. 

Construido en 1888 bajo el prisma del neomudéjar, el edificio quedó prácticamente destruido en la batalla, entre el 21 de julio y el 21 de agosto de 1937. Esos días se fraguó la leyenda franquista que homenajea desde entonces a los golpistas del Simancas y que oculta a las víctimas del campo de concentración de El Bibio. En la transcripción de la comunicación entre el comandante militar de Gijón del ejército franquista y el Cervera, podemos entender la dimensión de los daños causados. Durante los primeros días, la radio no cesa de dar instrucciones y de felicitar a los operarios del Cervera.

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Pasaban las jornadas y crecían las reclamaciones al crucero de fuego sobre el coso: “Último tiro, un poco corto. Pídole tire cañón Catalina, entre observatorio y poste, siguiendo objetivo población, Ceares y Plaza Toros. Agradezco saludo y permanezca aquí”. En el cuartel de Zapadores no hubo paz y reclamó fuego sobre objetivos. Pidieron al Cevera estar atento, disparar, desmontar baterías y colocar disparos en la plaza de toros, con advertencia: “¡Con cuidado no me vayan a estropear la fachada!”. La leyenda de Simancas y del “chulo del Cantábrico”, como se conocía al navío de guerra, nació el día en el que se supone que los “héores” derrotados en el Simancas comunicaron por radio la siguiente frase al barco: “Disparad sobre nosotros. Los rojos están dentro del cuartel”. 

El 26 de octubre de 1937, cinco días después de la invasión, el alcalde provisional de la ciudad, Alberto Menéndez Setién, publicó un bando en el que hizo saber a la población de Gijón que “el regimiento de SIMANCAS escribió una página de heroísmo, letras de oro de la historia de nuestra España”. Continuaba su comunicado:

“De la España grande, de la triunfal de Franco. Allí entregaron su vida con todo heroísmo los que no quisieron rendirse a la opresión marxista. Sin perjuicio de lo que la Autoridad Militar disponga, cuyo acatamiento no hace falta consignar, esta Alcaldía se cree en el deber de dirigirse a todos y os interesa: ¡GIJONESES, ESPAÑOLES! al pasar por el derruido Cuartel de Simancas, saludad con el brazo en alto en honor de los que allí murieron defendiendo la patria. ¡MUJERES! al pasar, en dicho lugar arrojad flores en recuerdo de los héroes. ¡AUTOMOVILISTAS! parad allí un momento y recordad a los valientes”.

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Campo de concentración de El Bibio, 1937

En las primeras actas franquistas de la Comisión gestora municipal, del 8 de noviembre de 1937, urgía tratar los homenajes a los caídos en los cuarteles de Simancas y Zapadores, al tiempo que se abría una suscripción pública para pagar un monumento que celebrara y homenajeara la memoria de los soldados muertos. “En el mismo solar donde se asientan las ruinas del Simancas”. Además, la Comisión acordó celebrar “solemnes funerales por los caídos en ambos cuarteles y por las víctimas civiles y militares, causadas en esta población por el odio marxista”. En los actos no podían olvidarse de los “esfuerzos del crucero nacional Almirante Cervera”. 

El alcalde transitorio quiso añadir unas palabras, que se conservan en las actas de aquellos días y que hemos consultado en el Archivo Municipal de Gijón: “Creo que en estos primeros momentos en que se inicia la vida municipal, con una representación de la España auténtica, siquiera sea tan modesta como mi persona para la Presidencia, y tan acertada como los demás señores para gestores, uno de los primeros recuerdos que debemos tomar es este de homenajear a los heroicos defensores de Simancas y Zapadores”.

En la misma sesión ordenaron el inmediato cambio de nomenclatura de las calles. Lo ideal, para la presidencia, era restablecer aquellos nombres “típicos y clásicos” y rotular las nuevas calles y plazas con las figuras más representativas del Movimiento. Debía hacerse “lo más rápidamente posible”. Mientras el equipo gestor transitorio levantaba el nuevo Gijón, la plaza de toros permanecía repleta de presos. 

Por si hay dudas sobre el uso de la expresión “campo de concentración”, las propias autoridades castrenses no se refirieron a este lugar como un campo de trabajo, ni como un campo de reclusión de prisioneros. El 1 de enero de 1939, el juez Calleja Olarte mandó una diligencia al Coronel Inspector de los campos de concentración, en la que le solicitaba datos de del preso José Ramón Maseda García, cuya última referencia era la plaza de toros. Así lo señaló el magistrado: «El referido individuo fue trasladado por orden de la Inspección General de Prisioneros al Campo de Concentración de Gijón». El Bibio era un campo de concentración, como el otro que estuvo situado en la antigua fábrica harinera de la ciudad. 

Los campos de concentración se definen por el encierro. Aunque sean antesala es reclusión de opositores políticos, grupos étnicos o religiosos.  Es un espacio de excepción, como apuntó con exactitud Nikolaus Wachsmann, es decir, de suspensión de cualquier régimen de normatividad. La represión nunca fue espontánea ni improvisada, estuvo dirigida por las autoridades militares. En la plaza de toros, como demostramos gracias a las fichas de los reclusos, hubo militares y paisanos. Nunca mujeres.

Además, contamos con las memorias, no publicadas, de José Enrique Llera, que conserva el Muséu del Pueblu d’Asturies y en las que contó cómo fue su reclusión en la plaza de toros. En ellas podemos leer este fragmento: 

Izqda. El Bibio, en ruinas. Dcha. Incendio de los depósitos de CAMPSA, el 21 de octubre de 1937. Foto: Campúa, BNE

“Aquí pasamos a la plaza de toros, donde había miles de camaradas en la misma situación que nosotros. Había prisioneros en el Cerillero (La Calzada), la Iglesiona, el Coto, Falange y en las cuadras del cuartel de la Guardia Civil de Los Campos. Por las noches, sentíamos tiros y ráfagas de ametralladora y creíamos que eran partisanos: ¡qué equivocados estábamos! Los disparos eran en la playa, la Providencia o en el cementerio de Ceares. Lugares preferidos por las chekas [de Falange] para efectuar sus asesinatos. De la Iglesiona, sacaban en camiones sacaban a los prisioneros para asesinarles en Ceares. Así comenzó en Gijón la brutal, salvaje y ensañada represión sobre el vencido”. 

También un artículo publicado en el ABC, el 9 de noviembre de 1937, firmado por un tal “Juan Deportista”, que se acercó a la plaza de toros convertida en campo de concentración. El periodista se comportó como el más cruel de los guardias de asalto cuando se burlaba de los prisioneros republicanos, a los que ridiculizaba por caer prisioneros:  

“El espectáculo de cualquier de los campos de concentración de prisioneros es de lo más… ameno y divertido. Estos últimos que he visto estaban en La Felguera -unos quinientos hombres- y en el mismo Gijón, donde en la plaza de toros se congregan varios millares. Ni aquellos ni mucho menos estos cuentan con un ciudadano que ofrezca aire de preocupación o siquiera estampa de malhumor. Las proximidades de la plaza, hasta la verja de hierro que la circunda, son más bien un paseo de facinerosos, como yo me figuro que será la avenida más elegante de Moscú. Todos los tipos y todas las cataduras y ni una sola faz simpática que podemos mostrar como excepción grata entre tanto despojo humano”.

Por último, las fotografías que la Delegación del Estado para Prensa y Propaganda (DELESPRO), realizadas en varios días de octubre de 1937, en las que se retrató la situación de hacinamiento de las miles de personas hechas prisioneras. Se conservan en la Biblioteca Nacional de España, en un sobre con casi cincuenta fotografías de las jornadas de la toma de Gijón, entre ellas están las ruinas de la plaza convertida en lugar de reclusión. Las fotos fueron realizadas por tres fotógrafos diferentes y son el mejor retrato visual de cómo vivieron los prisioneros en la plaza de toros en ruinas. 

Los primeros artículos de prensa que reclaman la rehabilitación del coso para la celebración de eventos taurinos comienzan en el verano de 1938, así que es posible que en esa fecha ya no quedaran prisioneros en las ruinas. El 7 de enero de 1939, en el peródico de Falange, Voluntad, regresó la reivindicación de la fiesta, en una columna que ya borraba la memoria de la represión del lugar: 

“Y la victoria definitiva de las armas del Caudillo no dejará de ser festejada con corridas de toros, que es el espectáculo de la alegría por antonomasia. Entre tanto que todo esto acontece, que hay toros y que habrá más, ahí al lado, en El Bibio, sigue presentando las huellas de martirio la plaza de toros, apagada de color y de vida, rota y maltrecha, mutilada por todas partes, el piso de escombros, la arena rubia, gris y sucia… En lugar de un circo taurino, donde el sol se encendía en la emoción del riesgo y en el arte de una rebolera, parece el panteón de una alegría muerta, que ya nunca volverá a revivir”. 

Foto aérea de la Legión cóndor sobre El Bibio

El Ayuntamiento tuvo que comprar primero el edificio a su propietaria, Lucía Sánchez y García Rendueles, que lo había heredado de su padre, Manuel Sánchez Dindurra, el 10 de junio de 1936. Ofrecía medio millón de pesetas. El 29 de enero de 1941, el Ayuntamiento creó una Sociedad con acciones para que la población más rica de Gijón se suscribiera al accionariado, y hacer frente a la compra. 

La plaza fue reconstruida, con un proyecto redactado por José Díaz Fernández-Omaña, entre el 21 de abril y el 14 de agosto de 1941. Un día después se celebró el primer espectáculo, con motivo de Nuestra Señora de Begoña. 

En 1982 se acordó la incoación del expediente de declaración de monumento histórico-artístico, por haberlo solicitado José Manuel Sirgo Díaz, en nombre de la Federación Asturiana Taurina. En 1992, el Principado de Asturias declaró Bien de Interés Cultural (BIC) la plaza de toros como Monumento Histórico Artístico. En el expediente fue considerada como «uno de los escasos ejemplos de arquitectura historicista neomudéjar que se conserva y posee, históricamente, dentro del mundo taurino nacional los suficientes valores como para ocupar un lugar destacado», a pesar de que del proyecto original apenas quedaban los cimientos del edificio destruido en la guerra.

Del campo de concentración, el expediente BIC no señaló ni una palabra. 

El Ayuntamiento de Gijón anunció que rendiría homenaje a las víctimas gijonesas de los campos de concentración nazis con el emplazamiento de stolpersteines en las calles de la ciudad. En 2025 colocaron estos adoquines de latón en nombre de treinta y cuatro vecinos asesinados. La plaza de toros de El Bibio -convertida en contramonumento del Simancas- sigue sin tener una referencia a los casi quince mil presos que estuvieron recluidos en aquellas ruinas. Por eso es tan importante el ruego aceptado por el consistorio dirigo por Carmen Moriyón, poque el ocultamiento de la verdad franquista, a la vista de todos, lo convierte en un hito democrático de exclusión. El Bibio, como el resto de lugares de memoria repartidos por la ciudad, forma parte de la historia de la violencia y de quienes la ejercieron y defendieron, pero también de los que reaccionaron contra ella. 

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