Debates artificiales, marcianos incluso. Pero funcionan, porque siempre funciona el inventarse un maléfico Otro mítico; un archienemigo que funcione mejor cuanto menos presente esté

Prohibir el burka en Gijón, proteger el español en Madrid, asuntos acuciantes, cruzadas agónicas y necesarias, se choteaba el otro día el gran Enrique del Teso. Pero así son las cosas de la ultraderecha, y mal no le va. Son ultranacionalistas y, a la vez, los más internacionalistas; una yihad global que calca las mismas plantillas de un extremo al otro del mundo. Si encaja, bien; y si no, también. La realidad nunca les estropea un buen titular. Y si el asunto del burka es un banderín de enganche en lugares con un porcentaje alto de inmigración musulmana, el banderín lo van a ondear también en sitios como Gijón, donde, para ver algo remotamente parecido a un burka, tiene que levantarse el aire en la playa de San Lorenzo y echarle una toalla encima a alguna de las señoras que toman el sol en tetas en el Tostaderu.
Debates artificiales, marcianos incluso. Pero funcionan, porque siempre funciona el inventarse un maléfico Otro mítico; un archienemigo que funcione mejor cuanto menos presente esté. El Brexit sacó más votos en las zonas rurales, donde menos o ningún migrante había; y sacó menos en Londres, fastuoso pantone de las razas todas del orbe. Con los nazis y los judíos pasaba lo mismo, y hasta hubo mucha gente que odiaba furibundamente a los judíos, pero luego tenía amigos judíos. El judío real y el judío mítico eran cosas distintas, aunque luego el segundo sirviera para acabar exterminando al primero. «Sí, profe, odio a los moros, pero el Moha no es moro, es mi amigo», me contaba una vez una amiga profesora que había escuchado en una clase suya. El Otro malvado no tiene que estar presente, no, para que se le dispare; y, a la inversa, puede estar presente, y que sus enemigos no le disparen. Todo eso da igual. No se trata de matar, sino de disparar, aunque sea al aire; de hacer ruido, y luego clamar que se dispara mucho en esta ciudad que se ha vuelto insegura, normal con tantos moros, yo los he visto aunque tú no los hayas visto, están por ahí, escondidos, agazapados; tienen el don satánico de la invisibilidad.
A eso juega Vox, ese partido que, en las elecciones municipales de 2023, lanzó el mismo programa para todos los municipios, y entonces sus candidatos tuvieron que responder qué era eso de mejorar los accesos a la playa de Zaragoza o ponerle más frecuencias al metro de Almería. Nos reímos y dio igual: Vox siguió creciendo porque lo suyo no es un programa, sino que es una acción y un afanarse en meternos a todos en un estado alterado de conciencia, que nos haga aceptar el verdadero programa. Que no es exterminar a los pobres moros, porque en esa tradición se ha odiado mucho a los moros, pero se les ha utilizado cuando tocaba hacerlo: Franco tuvo una Guardia Mora y uno soldados moros que dejaron en la Asturias del 34 y el 37 un infausto recuerdo. Algún cronista del bando mal llamado nacional llegó a escribir que estaban haciendo la Reconquista al revés, de Marruecos a Covadonga. El Otro es un instrumento intercambiable. Tiene que haber un Otro, pero puede ser cualquiera. Los nazis eran antisemitas e islamófilos, sus nietos son islamófobos y sionistas, pero lo que permanece es el Otro, la existencia de un Otro, que sirva como ariete para acabar con los auténticos enemigos: el Estado del bienestar, los derechos civiles, la igualdad social, la mengua de privilegios y beneficios para los patronos del mundo. Vox Gijón dice odiar los burkas, pero lo que odia es el Hospital de Cabueñes y el de Jove, que quisiera intercambiados por la clínica Quirón. Dice odiar la blasfemia de la Sardina Monja, pero lo que odia de veras son las ayudas municipales. Dice odiar a los que queremos retirar de la Inmaculada el monumento a los antihéroes del Simancas y tal vez nos odie, pero lo que odia ante todo es rascarse el bolsillo para que los hijos de los mineros tengamos bibliotecas públicas, guarderías públicas, autobuses públicos y todos los etcéteras públicos que hicieron de esta ciudad un modelo de welfarismo municipal.
Quieren volver a ayuntamientín franquista, a un alcalde que reparta besos y abrazos y permita a sus amigotes incumplir las ordenanzas y llevárselo crudo. Vox es eso. Y el burka que le quiere retirar a señoras mahometanas que no existen, lo quiere para taparlo.