En noviembre de 1955 el empresario Enrique Berros dio un paso decisivo para la conversión de los campos de labranza en la primera línea de la playa de San Lorenzo. «Gijón tiene grandes posibilidades turísticas», dijo antes de invertir en la transformación decisiva de la ciudad

Habían pasado casi veinte años desde los últimos bombardeos sobre Gijón durante la guerra civil, ya no se racionaban los productos básicos de primera necesidad y el hambre de la posguerra parecía amainar. Era la hora de la especulación inmobiliaria. Era el momento de cambiar “areneros, huertas y casacas” por promociones de “alegres viviendas”.
El año 1955 estaba a punto de terminarse y en el Diario de la Falange Española, Voluntad, se anunciaba en portada que, “al fin”, Gijón “vuelve sus ojos hacia la playa”. La prensa franquista señaló que había “joya abandonada” desde hacía demasiado tiempo: la Avenida de Rufo Rendueles. La vía era un “espectáculo deprimente” por las huertas de La Arena. “Cuya visión sucia y antiestética, con un fondo aun más lamentable, no puede sustraerse de la contemplación de quien pasea por aquella zona”, así lo describía el artículo de noviembre en el que se anunciaba el final y el inicio de una era en la ciudad. “Va a desaparecer” para “convertirse en el marco digno de la playa”, adelantó el periódico mientras contaba el inicio de la primera promoción de línea de playa, con nueve bloques y 55 viviendas y siete bajos comerciales.

Ese fue el día en el que el Gijón de las huertas quedó sentenciado, para dar paso al Gijón del Muro. Y el promotor que pondría en marcha la explotación de la joya de la ciudad era Enrique Berros, un “americano” de Colunga que en las tierras trasatlánticas “logró conquistar un bienestar”, gracias a su “tenacidad, inteligencia y vocación para el trabajo”. El periódico lo representó con un dibujo en el que aparecía de perfil, bien plantado con traje, corbata florida y fumándose un puro inmenso (y no era una caricatura sarcástica de un ricachón sin escrúpulos).
“Gijón tiene grandes posibilidades turísticas y ofrece excelente coyuntura de inversión económica. Aquí se pueden hacer muchas cosas que serían rentables y que, a la vez, servirían para una gran transformación urbanística, dándole empaque de gran ciudad”, reconocía el promotor al periodista de Voluntad. De entre todas las zonas en las que invertir, consideraba que la de la playa no tenía comparación, porque era “el más esperanzador porvenir de la ciudad”.

Había llegado a esa conclusión después de leer unas “estadísticas oficiales”, que señalaban que ese año había recibido a 3.000 veraneantes. Y su planteamiento era alquilarles apartamentos a pie de playa. Aseguraba el promotor que había una demanda mucho mayor, que él tenía amigos que no pudieron veranear en Gijón por carecer de alojamiento. Así que pernoctaron en Oviedo. “Esto constituye una gran pérdida para la ciudad”, añadió. Así que estaba dispuesto a trabajar junto con la Corporación municipal para convertir la Avenida de Rufo Rendueles en la primera línea de playa “más hermosa de España”.
¿Por dónde empezaría a cambiar las huertas del Muro? En un solar de forma rectangular, delimitado por la Avenida de Rufo Rendueles y las calles de Canga de Argüelles y Molino. Era un terreno atravesado por una nueva calle, la de Manso. En esas fechas ya había presentado el proyecto al Ayuntamiento de unas sesenta viviendas, diseñadas por el arquitecto José Antonio Muñiz, “de unos bloques de viviendas alegres, modernísimas, bonitas”. La legitimación para provocar el ocaso de los campos de labranza de La Arena y transformarlos en alquiler vacacional fue esa, cambiar la depresión (del campo labrado) por la alegría (de los apartamentos turísticos).
La duda estaba sobre la primera línea de playa, la acera más próxima al Muro. ¿Qué quería hacer Berros ahí y qué le permitía el Ayuntamiento? El empresario pretendía levantar un gran hotel “de altura razonable”, en la esquina con Canga Argüelles, dotado de restaurante, cafetería, garaje y “servicios adecuados a la playa”. Hoy es el Hotel Príncipe de Asturias (aunque reformado). Pero contaba que se “entusiasmó” con el lugar y, además del hotel, convenció al alcalde para levantar un grupo de viviendas y el edificio destinado a apartamentos amueblados de alquiler.

“Estoy muy agradecido a la cordial acogida del señor alcalde y al entusiasmo con que la Corporación discute cómo ha de construirse en el Muro”, indicó Enrique Berros, en una frase para la historia urbanística de esta ciudad. El promotor había reunido a un grupo de sus “amigos de América” para invertir en la propuesta de conjunto de la “edificación total” de Rufo Rendueles. “Los americanos dieron el impulso que engrandeció a Gijón, a principios del siglo, y tenemos que ser también ahora los que ayudemos en ese pequeño salto que le falta para llegar a ser una gran ciudad”, declaró el empresario Berros. La única política municipal frente a la “ayuda” de estos inversores era “que se llevase a cabo rápidamente”.
El anuncio, publicado con gran bombo, cuajó en los primeros meses de 1956 cuando, una vez adquiridos todos los terrenos necesarios, se iniciaron las obras en la esquina de la Avenida Rufo Rendueles con la calle de Premio Real. En marzo ya se podía ver la estructura de la primera planta del bloque. Al tiempo, Berros acababa de cimentar el edificio que levantaría unos solares más allá, en las calles de Canga Argüelles, Molino y Manso.
El mismo propietario tenía otro edificio para apartamentos con fachada sobre la misma Avenida Rufo Rendueles, previsto entregar a inicios del verano de 1957, antes que el resto. “Así, pues, la fisonomía del Muro para el verano de 1957 va a ser muy distinta, y desde luego mejor que la actual”, expresó el diario Voluntad un año antes de que Gijón comenzara a levantar un muro delante del Muro.