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El franquismo, contra ‘La Regenta’: «Toda absolutamente censurable»

Peio H. Riaño por Peio H. Riaño
21/12/25
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La censura de la dictadura silenció la obra de Leopoldo Alas hasta 1962, por ser una «joya demoledora» contra la corrupción de la Iglesia española. Ahora, una exposición en la Universidad de Oviedo repasa las ediciones históricas de la mejor ficción española después de El Quijote

Izqda. Informe franquista sobre la La Regenta en el Archivo General de la Administración. Dcha. Estatua en Oviedo

La Regenta, a la que Mario Vargas Llosa consideró como «la mejor novela española del siglo XIX» y que para muchos otros es la mejor ficción después de El Quijote, fue entendida por el franquismo como un ataque a la moral y a la Iglesia. Leopoldo Alas Clarín escribió un implacable retrato de la sociedad decadente de Oviedo, que publicó sin éxito editorial en 1884. Desde entonces hasta los años sesenta del siglo XX no fue admitida en el canon literario y padeció la censura franquista, que la leyó como una novela peligrosa para la moral y para la Iglesia. La Universidad de Oviedo ha inaugurado, en la Sala Central de la Biblioteca del Edificio Histórico, una exposición Visiones de La Regenta. Ediciones y conversaciones en torno a la novela de Clarín (hasta el 16 de enero), que recorre la malograda historia editorial del título, con motivo del 140 aniversario de su segundo tomo. A lo largo de 80 publicaciones se establece un relato cronológico por la recepción popular de una novela «que forma parte de la memoria cultural de la ciudad», ha explicado el rector, Ignacio Villaverde.

La Regenta fue asaeteada por los censores franquistas cada vez que los editores pidieron publicarla en una nueva edición. Hasta 1946 ningún editor se atrevió a dar el paso y solicitar permiso para su publicación a la Sección de Inspección de Libros del Ministerio de Información y Turismo. La dictadura estableció el control de los medios de comunicación, gracias a la primera Ley de Prensa, de 1938. La censura de libros anuló la libertad de expresión y de creación y seleccionó lo que los españoles podían leer. De esta manera, el editor Miguel Ruiz Castillo quiso incluirla en una edición de lujo de las Obras Selectas de Alas, en la editorial Biblioteca Nueva. 

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Aquel primer informe de censura de la novela -cuya consulta únicamente puede realizarse en Alcalá de Henares, en el Archivo General de la Administración (AGA)- aseguraba que no atacaba al dogma directamente, pero el censor la encontró «en ocasiones», hereje: «En esta obra, Clarín parece que tiene una cuestión personal con el clero. Las dignidades eclesiásticas lo ponen fuera de sí. La obra, meritoria en diversos aspectos, es, en general, peligrosa para personas que no estén suficientemente formadas en el orden moral y religioso». El llamado lector apuntó la impertinencia de numerosos pasajes. A pesar del demoledor informe, el censor consintió esta publicación, sin las tachaduras indicadas, porque al ser una edición de lujo estaría al alcance de muy pocos bolsillos, sobre todo, en plena posguerra. No corrieron la misma fortuna el resto de peticiones, más accesibles. 

Un año después, el 30 de agosto de 1947, EDHASA creyó que no encontraría problemas para importar ejemplares realizados en Buenos Aires (Argentina) por Emecé Editores. Era una edición en dos tomos y se publicarían 400 ejemplares, a 44 pesetas cada uno. Una vez pasó el verano, suspendieron su importación el 14 de octubre.

El 25 de septiembre de 1956 la industria editorial volvió a intentarlo. Esta vez el editor era AHR, de Barcelona, con 2.000 ejemplares de tirada y a 150 pesetas los dos volúmenes. A la vista del anterior informe, denegaron la publicación dos semanas más tarde, el 6 de octubre. «Suspendida»; «No procede su publicación», puede leerse en la ficha que se conserva en el AGA. Parece oportuno preguntarse, en un momento en el que el Minsiterio de Cultura defiende lo que han dado en llamar «derechos culturales», si la cartera de Ernest Urtasun digitalizará, al menos, los expedientes de censura que padecieron las principales obras del canon literario español, para que su consulta sea accesible desde cualquier lugar de España. 

«Los pasajes censurables, ¿califican el contenido total de la obra?», pregunta la ficha. El censor Ángel Sobejano Rodríguez responde el 5 de octubre, en un nuevo informe: «No se señalan párrafos ni páginas por no hacer interminable su lista ya que es el espíritu de la obra y la letra, toda absolutamente censurable». En el informe y observaciones pasa a analizar con más extensión su lectura y posición en contra de la difusión del libro: «Lástima que una pluma como la de Clarín enturbie sus bellezas (tan cantadas en el prólogo por Pérez Galdós) con las deformidades que a su realismo presta su inveterada fobia anticlerical. En realidad, los verdaderos protagonistas de la obra son la simonía y la lujuria que convierten un seráfico, bellísimo idilio digno de Santa Teresa o San Juan de la Cruz, en un torbellino de lascivias sacrílegas que llegan hasta el crimen y hacen olvidar en su nauseabunda realidad las innumerables bellezas de una pluma magistral como la de Alas. Estimando que esta joya de la literatura es más demoledora por su misma condición de joya, opinamos que NO DEBE AUTORIZARSE». 

Páginas del informe.

¿Qué pasajes causaba malestar a la moral del nacional-catolicismo franquista? Por ejemplo, el de la intervención de Mesía, que asegura que «nadie podía resistir los impulsos naturales, que los clérigos eran hipócritas necesariamente y que la lujuria mal refrenada se les escapaba a borbotones por donde podía y cuando podía». También están tachadas las críticas a los seminaristas: «No parecían seres vivos aquellos seminaristas cubiertos de blanco y negro, pálidos unos, con cercos morados en los ojos, otros morenos, casi negros, de pelo en matorral, casi todos cejijuntos, preocupados con la idea fija del aburrimiento, máquinas de hacer religión, reclutas de una leva forzosa del hambre y de la holgazanería».

La prohibición de La Regenta, en edición accesible a cualquiera, se mantuvo hasta el año 1962. La joya «demoledora» de Leopoldo Alas, criticaba la hipocresía y la corrupción de la Iglesia de la Restauración española, y en mostraba a la religión como sinónimo de poder y manipulación. Inaceptable por el franquismo, hasta el informe de 30 de agosto de 1962, firmado por el censor Manuel de la Pinta Llorente, que concluye con un categórico y subrayado: «Novela capital en nuestras letras contemporáneas. DEBE EDITARSE». 

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Es interesante detenerse en el informe y las observaciones del lector, que indica que «es una novela naturalista que refleja la vida de Oviedo, y que representa la adquisición del arte del detalle, en el cuadro de provincia española, cuyos caracteres -canónigos, aristócratas, empleados- se analizan detenidamente, y sobre los cuales se alza la sonrisa irónica, inteligente del autor. Ciertamente, la novela responde en muchas de sus páginas al inveterado y soez anticlericalismo español de entonces y de “ahora”, pero ha de entenderse que se trata de una novela de un intelectual con público bastante restringido y consideramos una grave equivocación, pese a censuras anteriores negativas, prohibir esta obra».  No podemos olvidar que la Editorial Planeta fue fundada en 1949 por José Manuel Lara, que luchó en la guerra civil con los sublevados como capitán de la Legión, y que como ha recordado el historiador Vicenç Navarro, antes de crear la empresa «participó activamente en la represión política franquista cuando los militares ocuparon Barcelona, y fue, más tarde, jefe del sindicato fascista vertical de Artes Gráficas». Si alguna editorial podía disfrutar del privilegio de publicar al «intelectual con público bastante restringido», pero demoledor con la base de la moral franquista, era Planeta. 

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