La aparición sin vida de un tiburón foca en la playa asturiana permite estudiar a una especie rara y adaptada a las mayores profundidades oceánicas
A veces el Cantábrico devuelve a la orilla historias que parecen llegadas de otro mundo. Este sábado, la playa de Luarca, amaneció con la presencia inesperada de un visitante poco habitual: un tiburón foca sin vida, una especie casi invisible para el gran público y ligada a las profundidades más extremas del océano. Un hallazgo que, más allá de la sorpresa inicial, abre una ventana al conocimiento de una fauna marina tan desconocida como frágil. El ejemplar, una hembra de aproximadamente 1,40 metros de longitud y unos 30 kilos de peso, fue localizado en el arenal sin que, por el momento, se conozcan las causas de su muerte. A simple vista, no presentaba heridas ni signos evidentes de interacción con artes de pesca, lo que apunta a una posible muerte natural, una circunstancia relativamente frecuente en especies que habitan en zonas tan profundas y poco accesibles para el ser humano.
El análisis del animal está siendo realizado por el Centro de Estudios y Protección de Especies Marinas (CEPESMA). Su presidente, Luis Laria, recuerda en un vídeo difundido en sus redes sociales el carácter excepcional del hallazgo. Y es que el tiburón foca fue una especie relativamente habitual en el siglo pasado y se capturó hasta la década de los sesenta en distintos puntos del Cantábrico y del Atlántico peninsular. Hoy, sin embargo, su presencia es extremadamente rara, hasta el punto de considerarse prácticamente desaparecida de estas aguas. Más allá de su escasez, el ejemplar destaca por una anatomía singular, adaptada a un entorno extremo. Sus ojos, situados muy cerca del rostro, y la presencia de espiráculos, órganos que le permiten respirar sin necesidad de nadar de forma constante, evidencian su capacidad para permanecer posado sobre el fondo marino. Se trata de una especie capaz de alcanzar profundidades superiores a los 1.300 metros, explica Laria y, potencialmente, cercanas a los 4.000, un hábitat inaccesible incluso para muchos de los medios tecnológicos actuales.

El estudio del ejemplar reveló, además, que se trataba de una hembra en estado de gestación. Aunque no se han detectado lesiones externas, los expertos no descartan que factores ambientales hayan podido influir en su fallecimiento. La contaminación marina, incluidos los microplásticos y nanoplásticos, afecta a la cadena trófica incluso en las grandes profundidades, un impacto silencioso que amenaza a especies que rara vez entran en contacto directo con la actividad humana. Por eso, desde CEPESMA insisten en la importancia de estos episodios para concienciar sobre la necesidad de proteger los ecosistemas marinos y avanzar en el estudio de especies poco conocidas.


