
Si los españoles peninsulares entienden que los españoles hispanoamericanos son sus hermanos, del mismo pueblo, ese será el pasaporte para evitar que España deje de ser España
Por Urbano Rubio Arconada
«En el norte comenzó la Reconquista, una epopeya de sangre y fuego. Siglos de batallas en una guerra secular contra las huestes islámicas. Al cabo de las capitulaciones de Granada, España llevo a cabo la primera era global, llevando a América la civilización de Atenas, Roma y Jerusalén de tuétano católico y naturaleza regeneradora e integrista: la Hispanidad, algo sublime que nos hermana con más de 600 millones de personas de distintita raza, religión e ideología que usan el mismo lenguaje común. Algunos desaventurados del conocimiento lo desconocen. Mucha gente no sabe que España es el único país del mundo que ha descubierto tres continentes: no solo América, sino también la Antártida y Australia. Es increíble que España fuera dueña del Pacifico y de dos tercios del total del planeta Tierra durante 200 años. Algo insuperable de lo que debemos estar orgullosos». El profesor se afana en explicitar la gloriosa historia.
Luego, pasa a interrogar a sus alumnos: ¿qué es lo que veis al mirar la mesa sobre la que os apoyáis? Una mesa cuadrada, dijo uno de los alumnos. Una mesa amarilla, respondió otro. Una mesa redonda y negra, dijo el siguiente. Una mesa triangular de tres patas, afirmó el último. El profesor asiente y sentencia. Sí, todas son mesas a pesar de que una tiene tres patas, otra cuatro, una es blanca, otra amarilla y otra es negra, porque hay algo que las hace ser mesa: la sustancia. Realmente, lo único que cambia es la apariencia: el color o el número de patas sobre las que se asientan, concluyó el profesor.
Así es que, si mañana nos juntamos un colombiano de tez negra, un blanco venezolano, un peruano más indio que blanco y un paraguayo mezcla de guaraní con español, y al lado hay una mesa con africanos, el negro nuestro, el colombiano ¿con quién va a charlar, tomar un trago y hacer una juerga? ¿Con la mesa de los africanos? No, el colombiano se sentará en nuestra mesa, con nosotros, porque en sustancia somos el mismo pueblo.
Del Pirenaico hasta Filipinas, desde la Costa Oeste de EEUU al extremo austral de América del Sur, somos en sustancia el mismo pueblo con accidentes distintos: unos más blancos, otros más amarillos, unos comen más picante, unos comen más carne y otros comen más maíz. Pero somos el mismo pueblo. Y eso es lo maravilloso. Un mismo pueblo con muchos accidentes distintos. Como es distinto un andaluz de un vasco, un catalán de un argentino, un asturiano de un bonaerense o un valenciano de un charro mexicano. Pero en sustancia somos el mismo pueblo.
Eso es lo que tenemos que entender. Y ese es el pasaporte al futuro, principalmente para sostener a España de la diabólica pirámide funeraria, una pirámide invertida sin niños autóctonos, porque España ha abandonado la ‘fe fundante’, la trascendencia: no se tiene hijos y se pasea al perro mientras se observa a los inmigrantes de otras culturas llenos de hijos. Si los españoles peninsulares entienden que los españoles hispanoamericanos son sus hermanos, del mismo pueblo, ese será el pasaporte para evitar que España deje de ser España. Pero a la vez, será el pasaporte para Hispanoamérica porque el mundo marcha sin tregua hacia grandes bloques político culturales. Llamémosles estados de poder del mundo, ‘grandes estados civilización’ en competencia.
Si entendemos que somos el mismo pueblo con una identidad común basada en una historia compartida desde los Pirineos a Acapulco y desde California a Tierra del Fuego, nos vamos a sentar en la mesa de los grandes para decidir el futuro del mundo. Y si no, seremos segmentos anónimos del mercado mundial, dominados por aquellos que luchan por estar en la gran mesa: el mundo islámico, el mundo chino, el mundo ruso, el mundo anglosajón. Por eso la Hispanidad es el pasaporte al futuro a condición de entenderse para hacer ‘España grande otra vez’.