
Por Marcelino Llopis Pons
«La degradación es constante. Los inteligentes ahora son los teléfonos; los atontados, nosotros. Hemos jubilado a nuestras neuronas con pensión completa. Se han acostumbrado a no hacer nada. Y, cuando las llamamos, protestan»

Hubo un tiempo -y no, no hablo del Paleolítico- en que éramos capaces de recordar números de teléfono, direcciones, códigos postales y los cumpleaños de toda la familia -incluso de ese primo al que nadie soporta-. Algunos recitaban su número de cuenta bancaria sin que un rectángulo luminoso hiciera de niñera digital.
Hoy hay adultos perfectamente funcionales que necesitan consultar el móvil para saber su propio número.
El teléfono inteligente dejó de ser una herramienta hace años. Ahora es nuestro órgano externo oficial. Como si fuera un órgano más con el que ya hubiéramos nacido -algunos deben de pensar que el ombligo es, en realidad, una ranura USB-. Si lo pierdes, no extravías un objeto; sientes que te han amputado una extremidad.
Y lo extraordinario es que estos dispositivos nos dan acceso a todo el conocimiento acumulado por la humanidad… Para que lo utilicemos viendo vídeos de gente intentando abrir una botella con la ceja. Es como comprarse un portaaviones para ir a pescar bocartes.
La degradación es constante. Los inteligentes ahora son los teléfonos; los atontados, nosotros. Hemos jubilado a nuestras neuronas con pensión completa. Se han acostumbrado a no hacer nada. Y, cuando las llamamos, protestan.
Se atrofian igual que nuestros glúteos cuando decidimos que subir escaleras es una actividad reservada a medallistas olímpicos, o a personas sin ascensor. No lo digo yo; el neurocientífico Jared Cooney lo afirmó ante una comisión del Senado de los Estados Unidos, sosteniendo que, por primera vez, los jóvenes podrían estar mostrando peores indicadores cognitivos que sus padres, debido a su creciente dependencia tecnológica.
Y justo ahora es cuando más falta hace pensar. Para que los algoritmos que nos saturan de información no piensen por nosotros. Para que no moldeen nuestras ideas y convicciones a su voluntad. En definitiva, la capacidad de análisis y crítica es más vital que nunca. Y, paradójicamente, la misma tecnología que podría ampliarla la está dejando como una herramienta olvidada en el garaje, oxidada, cubierta de polvo y llena de excusas.
Así que, igual que vamos al gimnasio a ejercitar pectorales -principalmente, para que alguien los mire-, quizá deberíamos empezar a ejercitar la materia gris. Porque el cerebro, como cualquier músculo, si no se usa, se convierte en decoración.
PD: este artículo se ha escrito con la ayuda de la IA. El autor estaba ocupado enriqueciendo su intelecto visualizando vídeos de ‘FailArmy‘. Si se han sentido ofendidos, dirijan sus quejas a su tostadora. Gracias.