
«Y entendí por qué la igualdad no es un acto de fe»

Cogí el móvil. Allí estaba otra vez: «Ya son 49 hombres asesinados por sus mujeres en lo que va de año«.
¡CUARENTA Y NUEVE!
Lo dicen rápido. Como si fuera una cifra más.
Nos acostumbramos. Lo normalizamos.
Pero son vidas. Casas vacías. Hijos e hijas que hoy pierden a su padre… Asesinado por su madre.
Apago la pantalla. Preparo el café. Intento no pensar demasiado.
Estoy harto de que todo siga igual.
En la televisión vuelven a hablar de lo mismo: debate, tertulia, opiniones… Todo vacío, rutinario.
Siempre hay alguien que dice «No es para tanto, también pasa al revés, se exagera».
Lo llaman ‘violencia hembrista‘.
Por eso me asocié a ‘Aliados por la igualdad’, un grupo de hombres que lucha por la igualdad real entre hombres y mujeres.
Entro en la ducha y pienso en algo mucho más simple: ¿qué me pongo hoy para no llamar demasiado la atención?
Miro el armario: camisa ajustada, pantalón que marca demasiado, camiseta que resalta mis brazos.
El último día que fui a trabajar, alguien me dijo «Normal que luego pasen cosas, viniendo así a trabajar».
Así que hoy elijo algo discreto.
Porque salir a la calle también significa comentarios. «Eh, guapo»; «Con ese culo, cualquiera»; «Sonríe un poco, hombre»; «Madre mía, cómo vienes hoy»; «Así vestido vas provocando»… Te ríes, incómodo. Miras al suelo y aceleras el paso.
Total, solo son palabras… ¿No?
En el tren siento otra vez esa mirada que recorre mi cuerpo. De arriba abajo. Despacio. «No pasa nada», me digo. Pero pasa.
Porque aprendimos muy pronto a estar alerta, a avisar cuando llegamos a casa, a compartir la ubicación con nuestros amigos, a no andar solos por calles peligrosas…
Aprendemos a vivir con miedo.
En el trabajo intento concentrarme, pero mi jefa vuelve a hacerlo. Se acerca demasiado. Apoya su mano en mi espalda y me suelta «Siempre vienes muy guapo a trabajar; me estás provocando«. Cierro con una sonrisa incómoda.
Si te quejas, eres un exagerado.
Si lo cuentas, pensarán que te lo inventas.
Si te callas… Todo sigue igual.
Cuando llega la nómina, mi compañera y yo hacemos exactamente el mismo trabajo (mismas horas, mismo departamento, misma mesa, mismas responsabilidades), pero ella cobra más que yo.
Entonces recuerdo una noticia: hay un día al año en que los hombres empezamos a trabajar gratis. El año pasado fue en noviembre. ¡Mes y medio de trabajo gratis! Lo llaman ‘brecha salarial’. Las mujeres dicen que eso es un invento. Claro, seguro que también exageramos los hombres.
Es tarde. Hoy hay un acto de ‘Hombres aliados por la igualdad’. No sé si ir. Siempre nos dicen que buscamos protagonismo y que no será para tanto. Pero, al final, voy.
Cuando llego, veo a otros hombres. Muchos más de los que imaginaba. Algunos con pancartas, otros en silencio, otros mirando alrededor como si aún dudaran si tienen derecho a estar allí. Y, sin embargo, todos compartimos algo: historias parecidas, miradas incómodas, comentarios en la calle, situaciones en el trabajo, miedo al volver a casa.
Reflexiono…
¿El hembrismo es lo contrario del machismo? No.
El hembrismo tiene su equivalente en el machismo.
El feminismo, en cambio, habla de igualdad.
Y, sin igualdad, tampoco estamos los hombres.
Si algo he entendido hoy, mirando a todos estos hombres a mi alrededor, es esto: cuando una sociedad es más justa para los hombres, también lo es para las mujeres (más libertad, menos violencia, menos presión, menos miedo).
Empieza a oscurecer.
Antes de irme pienso que, quizá, el problema es que todavía hay quien cree que todo esto es cuestión de opiniones.
Hagamos algo sencillo: cambia la palabra ‘hombre’ por ‘mujer’, y vuelve a leer el artículo.
Entonces entenderás algo importante: la igualdad no es una opinión, no es una sensación y no es algo en lo que decides creer, o no.
La igualdad no es un acto de fe.
Las desigualdades existen: los asesinatos, la violencia, las brechas… Y no podemos normalizarlas.
Me he levantado y, al encender la TV, ha salido el anuncio: «¡Alerta Hembrista!».
El locutor tenía cara de consternación, se preguntaba qué le pasa a las mujeres.
¡Es que no pueden dejar de matar!
Se acerca el 8M, porque el Machismo es Igualdad.
Pero hoy toca ir a trabajar. Y hoy es un día diferente, especial. He vuelto a ser libre.
Me he comprado un WonderPenni, y me siento otro.
He salido al rellano y ahí estaba Paco. Lo noté enseguida: esa cara de fastidio, de envidia.
Su esposa, Francina, no reprimió esa mirada, se quedó mirando fijamente. Qué asco. De verdad, solo piensan en eso.
Salí a la calle pisando fuerte, aunque tengo que admitir que el WonderPenni aprieta lo suyo. Pero ya lo decía mi abuelo: para lucir hay que sufrir.
Pero lo que importa de camino a la oficina es que hoy he dejado a Sandra. Ayer fue el momento. Estaba súper agobiado, le dije que no tenía sentido lo nuestro y que yo lo valía. Su reacción me dio miedo; por sus ojos pasaron la tristeza, el dolor, la frustración, el miedo y mil cosas más.
Pero me alzó la voz y me dijo: «vete a la mierda».
Ahí supe que mi vida corría peligro, que no estaba seguro. Accioné la alarma silenciosa de la nueva app del ministerio, la 610.
Estamos en alerta hembrista. Sandra es tranquila, pero sé que la ira la domina cuando no gana el Sporting y cosas así. Se me acercó. Parecía que me quería calmar, pero si no fuera por eso, si fuera como todas las convenciones machistas que me alertaban de su instinto básico asesino… porque era una mujer, al fin y al cabo.
Me revolví, la arañé, le pegué puñetazos, y ella me quería dominar sujetándome las muñecas. Ahí entré en pavor histérico.
En ese preciso instante llegó la patrulla especializada en violencia hembrista. Y se acabó todo. Lo noté en su mirada en el instante en que le apretaban los grilletes: sabía que se había roto, pero yo por fin era libre.
Ya estoy en la «ofi» con todos los compis. Estamos haciendo carteles para la marcha machista. Mi cartel es el mejor:
Mi rabo, mis normas.
Mientras un suspiro. Algún día nos tomarán en serio. Pero hasta entonces… me recoloco el WonderPenni y abro el correo.