La elaboración del III Plan de Igualdad ha descarrilado, a la par que sorprende el apoyo unánime de los agentes culturales al inconcreto proyecto municipal para el desalojo del Museo Piñole, basado en una cuestión de fe sobre los plazos. Igual prima en todo ello, y en algo más, un superior concepto de supervivencia tanto política como social y laboral. Ejemplos varios, como se verá, nunca faltan

Mira que hay que tener escasa fortuna. Después de no pocos inconvenientes, sobresaltos y dimes y diretes, el equipo de gobierno de Foro y PP logró poner en marcha, allá por el mes de noviembre del año pasado, la elaboración del III Plan de Igualdad del Ayuntamiento de Gijón. Todo parecía ir sobre ruedas. Una gestoría radicada en Grao se hizo con el contrato y dibujó el organigrama que auguraba un final feliz a corto plazo. Por fin se había puesto en marcha ese trabajo de campo que iba a dibujar, así se dijo, el trato discriminatorio que, según todos los indicios, reciben las mujeres en la estructura municipal. Las labores feminizadas están peor retribuidas e, incluso, se reconoce que, a igual función, no son pocos los casos en los que las mujeres perciben menos salario que los hombres. Poner de manifiesto esa injusta brecha en las dependencias municipales y, es más, elaborar un nuevo registro retributivo igualitario obligado por Ley era, y sigue siendo, el objetivo prioritario del demandado Plan. Los dos anteriores, a la vista está, no sirvieron para nada. La cosa, eso sí, no partía con muy buen pie, porque la mayor parte de los sindicatos entendían, y así lo manifestaron, que todo ese trabajo debería de hacerse con medios propios del ayuntamiento y con personal que conoce el terreno de juego a analizar. Meter a agentes externos en el entramado municipal suele acabar muy mal, y esta vez no ha sido diferente.
Los funcionarios más veteranos recordarán como, a poco de constituirse los ayuntamientos democráticos, en Gijón se contrató a una empresa, de nombre Sofemasa, para dar un revolcón a toda la estructura municipal y adecuarla a los nuevos tiempos. El resultado fue nulo y aquella iniciativa sólo dejó en la memoria de los funcionarios aquel famoso chascarrillo de: ¿Qué pasa con Sofemasa? Ahora, tropiezo en la misma piedra. Según el cronograma de la empresa adjudicataria del Plan de Igualdad, en mayo de este año se iba a disponer ya del texto provisional para su aprobación. Fiasco total. Cuatro meses después, ahora, la alcaldesa reconoció a los componentes de la comisión de seguimiento que había decidido rescindir el contrato porque la empresa no cumplió con los plazos. Vuelta a empezar. Los más pesimistas (o realistas) opinan que el frenazo en seco supondrá acabar el mandato sin el famoso y publicitado Plan concluido y, desde luego, sin las retribuciones igualadas. Un alivio, sin duda, para María Mitre, como responsable de cuadrar las menguantes cuentas municipales. No todo iba a ser negativo, pero es que, últimamente en Gijón, cuando entra en la ecuación el tema de las mujeres, aparecen llagas de todo tipo, algunas difíciles de suturar. No se trata sólo del Plan de Igualdad ya descarrilado. Ahí está otro Plan, el de Tabacalera que, de rondón, incluye centralizar los servicios de la mujer en el actual Museo Nicanor Piñole, en la plaza de Europa, previo desahucio de la obra del pintor gijonés. Esa es la idea y esa es la decisión del equipo de gobierno municipal (bueno, más bien de Foro, con la venda en ojos y boca del PP), aunque ni a los más optimistas les encaja el ‘planning’ y los plazos puestos sobre la mesa. No seré yo quien ponga en entredicho el organigrama de los expertos en la materia, pero no puedo, ni quiero, dejar de manifestar mi sorpresa por la práctica unanimidad de los agentes culturales de la ciudad, convocados uno a uno por la concejala de Cultura, a la hora de cantar las excelencias del plan municipal, incluso cuando éste carece de certeza alguna de poder llevarse a cabo en tiempo y forma.
En una ciudad en la que se puede organizar una plataforma ciudadana por cualquier pequeñez, llama la atención que el cierre de un museo tan emblemático concite un consenso tan superlativo entre los agentes culturales llamados a rebato por el ‘establishment’ municipal. Cada cual es libre de sacar sus propias conclusiones al respecto. Puede que quienes así se manifiestan piensen que igual no es mala baza, en determinados momentos, aquella de jugar sobre seguro, pero todos los que ahora muestran su inquebrantable beneplácito al desalojo a corto plazo del museo deben de recordar, es bueno que lo hagan, que las fotos de la complicidad quedan en la hemeroteca. Y hablando de seguridad, la alcaldesa y su entorno más cercano tratan de garantizársela al máximo formalizando, a través de una reciente resolución, unos cambios parciales en la Relación de Puestos de Trabajo (RPT) del ayuntamiento que afectan de forma directa a la estructura laboral de Policía Local. A su servicio directo y con esos exclusivos fines estarán “un subinspector/a coordinador/a de seguridad del ayuntamiento” y cuatro “agentes de seguridad de la Corporación municipal”. Así figura en el documento que ahora deberá de pasar por el tamiz de la información a los sindicatos, aunque se trata sólo de eso, de un trámite, porque la decisión emana de la junta de gobierno municipal. De esta forma, según fuentes policiales, desde Alcaldía se formalizan cinco puestos de trabajo policiales para su propia seguridad que, de hecho, ya están operativos desde el inicio de este mandato, y cuyo coste global en salarios supone, según estimaciones sindicales, unos 250.000 euros al año. Que se tenga constancia, ninguno de los cuatro anteriores alcaldes y alcaldesas desde las elecciones de 1979 ha dispuesto de una ‘guardia pretoriana’ de este calibre. Tanto José Manuel Palacio como Vicente Álvarez Areces, Paz Fernández Felgueroso y Ana González tenían, como es natural, un conductor para su vehículo oficial que, en ocasiones y no siempre, podía ser a la vez agente de la Policía Local y hacía las veces de escolta. Nunca hubo incidentes especialmente reseñables en su cotidiana vida ciudadana. Si acaso, ya en el terreno oficial, reseñar el acontecido en la inauguración del Elogio del Horizonte dónde Tini Areces tuvo soportar las iras de un ciudadano fuera de sus cabales y con evidente interés de tener dudoso protagonismo en el acto, aunque el tema no fue más allá de unos meros forcejeos.
Poca cosa cuando han transcurrido ya nada menos que cuarenta y seis años desde los primeros comicios locales, pero habrá quien piense que no está nunca de más cubrirse las espaldas. Y hablando de mujeres y de seguridad, quizás sea oportuno recordar el caso de las operarias de Emulsa que, ya hace unos años, denunciaron, de forma colectiva, el presunto acoso al que eran sometidas por su mando en la empresa municipal. Una de ellas, la más beligerante, entonces era eventual. El presunto acosador, sin juicio y previo acuerdo con las presuntas víctimas, salió de la empresa con una suculenta, aunque nunca aclarada, indemnización. Pese a ello, su jefe directo fue sancionado como colaborador necesario de unos hechos nunca juzgados ni probados, eso sí, previo ‘juicio sumarísimo interno’ en la propia empresa. Es lo que, en términos belicistas, se denomina ‘daño colateral’, y menudo daño. Eso sí, la por entonces activa denunciante pasó de ser eventual y, como tal, tener su puesto de trabajo en el aire, a ser fija en la plantilla de la empresa. Casualidades de la vida.
Y lo que no es casualidad, sino más bien una realidad palpable, es el movimiento telúrico-político que sacude la casa consistorial. A poco más de un año y medio de las próximas elecciones municipales, las piezas del ajedrez ya tiemblan sobre el tablero. Y no, no me estoy refiriendo al manido, sabido y siempre desmentido pacto entre Foro y PP. Ni siquiera al indisimulado terremoto que ha supuesto para el PSOE local el paso al frente de la ex gerente de la Unión de Comerciantes de Asturias Carmen Moreno al postularse para ser su cabeza de lista. Ambas cosas tendrán su recorrido. En este caso, el movimiento de los peones es más sutil, casi me atrevería a decir que de puro colegueo. Algo así como: “Te gustaría acompañarme en el próximo viaje”. Ya se sabe, la cercanía genera cariño, incluso político, y lo que para unos es bisutería barata, para otros puede ser oro puro. El mercadillo tiene abiertas sus puertas. Habrá que estar atentos.
Si aceptamos barco y llamamos «agentes culturales» a esa panda de vieyos que ni pincha ni corta en menores de 50, pues entonces si.