
Quizá ha llegado el momento de reflexionar seriamente sobre el modelo de Cabalgata que se quiere para Gijón

El Día de Reyes es, o debería ser, una de las jornadas más mágicas del calendario. Una cita pensada para la ilusión infantil, la tradición y el simbolismo que representan Sus Majestades de Oriente. Sin embargo, lo vivido este año en Gijón, tanto en el recibimiento en el Puerto Deportivo como en la posterior Cabalgata, distó mucho de esa magia y dejó un sabor amargo entre muchas familias.
La organización del evento volvió a evidenciar una preocupante desconexión entre lo que es el espíritu del Día de Reyes y lo que se quiso mostrar en las calles. Desde el primer momento, el recibimiento en el puerto resultó frío, deslucido y mal planificado, sin una puesta en escena acorde a la importancia institucional y emocional de la llegada de Melchor, Gaspar y Baltasar. Un acto que debería ser entrañable quedó diluido entre improvisaciones y una falta evidente de empatía con todos los niños (y adultos) que llevaban tiempo esperando a sus Majestades. Al final daba la sensación de que se “organizó” para los que estaban en primera línea y para las autoridades políticas. Y, por ende, primeros retrasos sobre los horarios anunciados.
La Cabalgata, por su parte, fue el mejor ejemplo de una obsesión mal entendida por el espectáculo. Carrozas excesivamente protagonistas “escondiendo” a sus Majestades, una estética más cercana al carnaval que a una celebración tradicional y una duración innecesariamente larga (en distancia, porque en velocidad apenas daba tiempo a verla de lo rápida que iba) acabaron por eclipsar a quienes realmente importan este día: los Reyes Magos. Resulta difícil comprender el empeño de convertir una cabalgata de Reyes en un desfile temático donde Sus Majestades pasan a ser un complemento decorativo, casi al final.
A todo ello se sumó una gestión del tiempo difícil de justificar. Con avisos claros y reiterados de lluvia incesante, la organización, al contrario que en otros municipios del Principado, se negó a adelantar el horario, condenando a niños, familias y participantes a soportar durante horas unas condiciones meteorológicas adversas. La rigidez y falta de sentido común evidenciaron una preocupante ausencia de empatía hacia el público al que va dirigido el evento. Y con los participantes, cansados, empapados, incluso algunos abandonando (como las bandas que ponían la música y alegría a una cabalgata que se volvió silenciosa, un silencio roto en muchas partes del recorrido por los cánticos y ánimos del público). ¿En serio tan complicado era adelantarla una hora?
El resultado fue una cabalgata agotadora, deslucida por la lluvia y alejada del objetivo principal: emocionar, ilusionar y rendir homenaje a la tradición. Porque el Día de Reyes no necesita artificios excesivos ni reinterpretaciones forzadas. Necesita respeto, sensibilidad y una organización que entienda que Melchor, Gaspar y Baltasar no son un elemento más del desfile: son el corazón de la celebración, lo mejor que tenemos.
Quizá ha llegado el momento de reflexionar seriamente sobre el modelo de Cabalgata que se quiere para Gijón. Menos protagonismo para las carrozas, menos carnaval fuera de contexto y más Reyes Magos. Porque cuando se despoja al Día de Reyes de su esencia, alguien acaba convirtiéndose, sin quererlo —o quizá sí—, en una auténtica GRINCH. Y crean, como organizador de eventos se de lo que hablo, y tampoco es tan difícil.
Jorge Hurlé Palacio es organizador de eventos y profesional de Protocolo
Esta claro cuando durante el mandato del PSOE salia tocando Rafa Kas en la Cabalgata haciendo versiones de Rafaella Carra (Para hacer bien el amor hay que venir al Sur…)
eran mucho mas navideñas y entrañables.