
En Gijón, el gobierno de Ana González necesita pactar para alcanzar mayorías que no tiene, pero no se observa ninguna voluntad de pacto o sí
Los pactos con el adversario político siempre han sido presentados como una expresión de racionalidad, justificados por el interés general. Se entiende que el interés general se alcanza cuando es necesario pactar con el adversario, pues de otra forma sería imposible. El ejemplo más evidente se encuentra en nuestra Constitución. Nunca podrá ser modificada si no es con el consenso de los dos grandes partidos, y aún con estos, su reforma sería insuficiente si no estuviera incluida la voluntad de las formaciones más pequeñas.
El nudo gordiano del consenso se encuentra en la capacidad del político para aceptar una parte de aquello contra lo que se ha manifestado o que rechazaba por principio, bien porque comprendía que a su adversario le apoyaba algún hecho identificado con la razón, bien porque se entendía que lo que podría ser sustancial para el adversario, también podría ser es accesorio para el propio sin llegar a corromper su discurso ni distraer su objetivo.
Hay algo libidinoso en el consenso. La sensualidad del consenso tan cercana a eso que se ha llamado pactar con el diablo a cambio de algo o de alguien. En política todos pactan con el diablo. El diablo, parafraseando a Sartre, siempre son los otros. Pablo Iglesias para Pedro Sánchez, Pedro Sánchez para Casado, Casado para Arrimadas y así en este plan hasta llegar al último parlamentario del Congreso de los Diputados. Curiosamente, lo que se estila ahora no es pactar con el diablo, sino todo lo contrario: destrozarlo.
El trumpismo nos ha traído una polarización de la política y una frivolización del consenso. Los acuerdos dejan de tener valor cuando se rompen, que es lo que hemos visto estas semanas con la destrucción de Ciudadanos. A esos acuerdos de investidura cuya ruptura se sustancia en el transfuguismo de unos o las mociones de censura de otros, les siguen los quiebros de los acuerdos de ciudad, que son realmente los que paralizan todo, como ha sido el caso de Gijón y su Plan de Vías.
En Madrid todo esto ya sabemos que se plasmó en la convocatoria de elecciones por parte de IDA. La alternativa seria, aburrida y formal al trumpismo de Ayuso y el populismo de Iglesias es Gabilondo. Por muchos adjetivos que le pongamos, parece que sí representa los valores de la política clásica, pero en un marco político definido por la reyerta y el show, no sabemos qué espacio tendrá entre los electores. Probablemente ninguno.
«Sarasola deberá demostrar que el merecumbé de su partido no ha llegado a la villa de Jovellanos«
Quizá los pactos necesiten previamente de una cultura del pacto. Ya no se encuentran precedentes cercanos. Y los que hay están manchados por la maldición del bipartidismo. En Gijón, siempre ha habido una cultura del pacto, hasta que llegó Podemos. Por eso llama la atención que el PSOE se haya alejado de esa cultura. Es curioso cómo hemos aprendido a pactar para romper precisamente los pactos. En Madrid, aprobados los Presupuestos Generales del Estado, ya no son necesarios los acuerdos entre PSOE y Podemos. Lo veremos escenificado con motivo de la vivienda y con la reforma laboral pendientes de ser pactadas entre ambos socios de gobierno. Con suerte, se adelantarán las elecciones en un buen momento para Sánchez. Con los PGE encima de la mesa, el presidente sabe que puede tirar lo que queda de legislatura sin los de Iglesias o imitar a Ayuso.
En Gijón, el gobierno de Ana González necesita pactar para alcanzar mayorías que no tiene, pero no se observa ninguna voluntad de pacto o sí. La clave nos la dará esta semana Ciudadanos y, particularmente Sarasola, un tipo moderno y práctico que deberá demostrar que el merecumbé de su partido no ha llegado a la villa de Jovellanos. Eso no enturbia la realidad y es que la Alcaldesa, con presupuestos prorrogados, necesita pactar y, si no lo hace, lo lógico es pensar que no lo necesita y si no lo necesita es porque al otro lado del Misisipi no hay nadie con capacidad para a ofrecer alternativas, ¿o sí?.