Asturias y Cádiz, un viaje que empezó mucho antes del turismo: en las Cortes de 1812

Cuando las Cortes de Cádiz se reunieron en 1810 para forjar, un día 19 de marzo dos años después, la primera Constitución española, la Pepa, entre el asedio napoleónico y la brisa salina del Atlántico, Asturias estuvo presente con una voz firme y esclarecida. No era casualidad: la Junta Suprema asturiana había sido la primera en alzarse contra los franceses en 1808, y sus representantes en Cádiz llevaron esa misma determinación al parlamento. Lo que estaba en juego no era solo la redacción de un documento, sino la redefinición del poder, la libertad y el futuro de una nación.
Desde posturas enfrentadas, pero con igual determinación, los diputados asturianos contribuyeron a dar forma a una España que avanzaba, con tensiones y resistencias, hacia la modernidad.
Protagonistas asturianos
Agustín Argüelles (Ribadesella) destacó como uno de los oradores más brillantes. Lo llamaban “El divino orador”, no solo por la sonoridad de su verbo, sino por la profundidad de sus ideas. Hablaba con la fuerza de la razón, con la razón de la justicia y con la justicia de la historia. Defendió la soberanía nacional con una claridad sin precedentes: el poder ya no residiría en un monarca de derecho divino, sino en el pueblo. En un parlamento dividido entre liberales y absolutistas, Argüelles defendió la libertad de imprenta dejando un legado de principios que serían referencia para generaciones futuras.
Otro nombre fundamental fue José María Queipo de Llano, Conde de Toreno (Oviedo), que aportó una visión pragmática al debate. No se dejaba llevar por entusiasmos revolucionarios, sino que buscaba una transición ordenada hacia el constitucionalismo. Defendió la abolición de privilegios feudales, pero entendió la necesidad de un pacto político que evitara una reacción violenta de los sectores tradicionalistas.
No todos los asturianos compartían la misma visión de España. Pedro Inguanzo y Rivero (Llanes), sacerdote y diputado, representó el ala más conservadora, defendiendo el mantenimiento del papel preeminente de la Iglesia. Se opuso firmemente a la abolición de la Inquisición y a las reformas que, en su visión, ponían en riesgo la estructura moral del país. Fue, sin embargo, un hábil polemista, que supo enfrentarse con brillantez dialéctica a los liberales más decididos.
Por su parte, José Joaquín de Ferrer y Cafranga (Avilés), de espíritu ilustrado, defendió la importancia del conocimiento en la construcción de una nación fuerte. Sin ser determinante, su visión encarnó el ideal de una España donde la razón y el progreso técnico tuvieran un lugar preeminente.
Y una figura cuya sombra se proyectó sobre los debates de Cádiz, fue la de Gaspar Melchor de Jovellanos (Gijón). No fue diputado, pero su influencia fue innegable: él había impulsado la convocatoria de las Cortes y sus ideas ilustradas marcaron muchas de las reformas discutidas. Su visión de la propiedad de la tierra, recogida en su Informe sobre la ley agraria, fue un referente clave en la legislación gaditana. Aunque discrepaba de algunos aspectos de la Constitución, las Cortes lo nombraron «benemérito de la patria». Jovellanos representaba el espíritu de un reformismo ilustrado que, aunque distinto del liberalismo revolucionario, también aspiraba a una España más moderna.
Un ambiente electrizante
La estancia de los asturianos en Cádiz no fue sencilla. Entre el sitio francés, la escasez de alimentos y las largas jornadas de debate, se refugiaban en tabernas y cafés, donde la política se discutía con la misma pasión que en el salón de sesiones. Las conspiraciones absolutistas les acechaban, y el miedo a los espías era constante. Sin embargo, no titubearon en su defensa de un nuevo orden.
Allí, en aquellas calles que olían a salitre y rebeldía, entre plazas bulliciosas y noches de debate, los asturianos pronunciaban discursos y Cádiz les devolvía ecos de libertad.
El retorno de Fernando VII supuso un fuerte revés temporal, pero la semilla estaba plantada. Los asturianos en Cádiz no fueron solo testigos del cambio, sino artífices de una idea: que el poder debía emanar de la nación y no del trono. Fue un punto de partida, un principio de esperanza, un preludio de un nuevo tiempo.