La plaza de toros, el parque de Isabel la Católica y, por descontado, El Molinón conforman el trío arquitectónicos por antonomasia del barrio gijonés; un honor obtenido por méritos propios en todos los casos, pero cuyas respetivas razones de ser hunden sus raíces en la historia

Bivium significa «cruce de caminos», y eso parece que era El Bibio, antes de que empezara a urbanizarse en los años ochenta del siglo XX: un cruce a las descampadas afueras de la ciudad. ¿Qué caminos, caminos hacia dónde? Parece que los de Santiago, cuyo paso por Gijón se bifurcaba allá. Un ramal se desviaba hacia el norte, a la villa de Gijón y era el tomado por peregrinos que necesitaban repostar o tratarse alguna enfermedad o se alojaban en Cimavilla. Y otro proseguía hacia el oeste —por la calzada—, donde a pocas millas existía una vieja posada, mesón o venta con agua caliente para bañarse.
La separación viaria se producía delante de donde, en 1888, se construyó una plaza de toros de estilo neomudéjar, el imperante en aquel momento en la construcción de cosos en España, siguiendo el modelo de la plaza de Madrid, hoy desaparecida. Una plaza grande; enorme, de hecho, en proporción a la población gijonesa de entonces: de los veinte mil habitantes que tenía lo que aún era algo así como un Candás crecidito, antes del crecimiento vertiginoso traído por la industrialización, la mitad, diez mil, cabían en la plaza de El Bibio. Había impulsado su construcción un grupo de ricos locales, encabezado por un indiano sierense llamado Florencio Rodríguez, fundador del Banco de Gijón. Eran aficionados a la Fiesta, que hasta entonces se desarrollaba en la ciudad en cosos provisionales, como el de madera que se construyó en 1862 en el paseo de Begoña, o las que ya en el siglo XVII se hacían en La Corrada, en Cimavilla. La inauguración de la nueva corrió a cargo de dos estrellas taurinas de aquella década, el 12 de agosto de 1888: Luis Mazzantini y Rafael Guerra, Guerrita. Y por ella irían pasando, con el correr de los decenios, todos los grandes del arte de Cúchares, pero también algunos pintorescos pequeños.
Luis Miguel Piñera nos relata la historia de varios en el delicioso Raros, disidentes y heterodoxos: personajes de Xixón entre 1850 y 1950. Por ejemplo, la del Boer: un hombre que decía llamarse Kregel Bhas Lestpes y haber nacido en África —donde pocos años antes se había desarrollado la guerra de los boers—, y que el 11 de junio de 1905 apareció por El Bibio para una corrida que acabó siendo estrepitosa. «Perdió la capa, perdió el sombrero y a poco pierde las barbas que la gente suponía postizas», dejó contado la prensa local. Él se disculpaba diciendo: «Es que los toros a los que me enfrento en Transvaal y El Cabo no son iguales que estos». En realidad no venía del sur de África, sino de Paracuellos (Madrid), y su auténtico nombre era Toribio Torrelodones. España y sus pícaros. En Gijón, durante mucho tiempo, «quedar peor que el Boer» se convirtió en un refrán de uso corriente.
«Había afición taurina en Gijón, pero también hubo un precoz y animoso movimiento antitaurino»
Hubo toreros gijoneses. Pocos y no muy allá, pero los hubo, y con nombres muy vernáculos: Castañeru, El Hojalaterín, El Mancu del Jovellanos, Pachu el Nachu… Uno que alcanzó gran fama en la ciudad, porque era hijo de ella, fue Severino Díaz Busto, Praderito, que había nacido y vivía en la parte de Cimavilla conocida como el prau de Don Gaspar, del que extrajo el apodo. La alternativa la tomó en El Bibio, el 22 de agosto de 1920, a una edad tardía: treinta y cuatro años. Antes, había peregrinado como novillero por las plazas de España, en los años de Joselito y Belmonte, y eso había bastado para convertirlo en una celebridad local. Los carteles lo presentaban como «El único fenómeno gijonés», y se le escribían coplillas como El fenómeno, de Luis Fernández Valdés, Ludi: «De relieve ha de ponerse/ su celebridad taurina,/ pasen, para convencerse, de lo que es canela fina». También había sido boxeador y había pasado por la cárcel y tuvo un final aciago, muy poco después de la alternativa aquella: lo mató su apoderado de un tiro en el Café Maison Dorée de la calle Corrida, tras una acalorada discusión sobre perres. España y sus pasiones.
Había afición taurina en Gijón, pero también hubo un precoz y animoso movimiento antitaurino. He ahí, por ejemplo, la Fiesta Cultural y Antitaurina que la Sociedad Antiflamenquista organizó y la sociedad Cultura e Higiene apoyó el sábado 15 de agosto de 1914, frente a la plaza. Asistió a ella incluso el rector de la Universidad de Oviedo, don Aniceto Sela, y empezó a las cuatro y media de la tarde, media hora antes de que, en El Bibio, hicieran el paseíllo los diestros Agustín García Malla, Torquito y Limeño. Su nutrida asistencia quería alzar la voz, no contra el maltrato animal, sensibilidad que aparecerá más tarde, sino «contra la barbarie y contar la aberración que supone que estos espectáculos fomentan el valor; se trata de evitar inútiles derramamientos de sangre».
La plaza quedará seriamente tocada durante la guerra de España, tras la cual habrá que reconstruirla, y no se inaugurará hasta bien entrada la década de los cuarenta. La última actividad desarrollada en ella, en una fecha que hoy nos pone los pelos de punta por la cercanía del horror —el 12 de julio de 1936— había sido una becerrada a favor de La Nueva Luz, la sociedad de ciegos de Gijón.
Después de terminado el conflicto, además de la reconstrucción de la plaza, El Bibio también vio desarrollarse otra obra emblemática. Un gran parque, dedicado a Isabel la Católica y diseñado en 1941 por Ramón Ortiz, y cuya construcción fue un tanto curiosa y accidentada, como así relataba Héctor Vázquez-Azpiri en 1994:
«No es muy viejo el parque este de Isabel la Católica, que se empezó a hacer en años de la posguerra, entrados los cuarenta, en terrenos de bajío en los que pululaban unos pozos dotados de un poste y un palo basculante del que colgaba un caldero. Tenía un cierto aspecto de grullas pescadoras. Para empezar, descargaron día tras día los carros de la basura en aquellos terrenos, para elevar su nivel, y la materia orgánica siguió descomponiéndose y soltando a mansalva el aroma putrefacto. Y así, cuando llegó la vuelta ciclista a España, en la que Gijón era una etapa y pusieron junto al puente una pancarta que ponía “Gijón os saluda”, había que taparse las narices; por eso cayó patas arriba el primer grupo de corredores, víctima de la fetidez y del descuido de sus manillares. Poco después se arregló todo aquel tinglado. Se acabó la pestilencia. Crecieron los árboles, se llenaron de agua los estanques bordeados de sauces llorones y nadaron silenciosos los cisnes y los gansos».
Tiene una cosa llamativa este parque: el primer monumento erigido en el mundo al doctor Fleming, a cuya inauguración en 1955 asistió su viuda, Amalia Fleming. Se le levantó merced a una cuestación popular entre todos los gijoneses, en la que las participantes más entusiastas fueron las prostitutas de Cimavilla, eternamente agradecidas a lo que la penicilina había significado para su desgraciado trabajo y los problemas de salud que aparejaba. Ellas empezaron a organizar una procesión anual para dejar flores ante la estatua, tradición que el barrio alto ha continuado hasta hoy.
Y a la vera del parque, y no lejos de la plaza, el otro hito de El Biblio: El Molinón, el campo de fútbol más antiguo de España; tanto, que ni siquiera se sabe si se fundó en 1908, año que no es el de su creación, sino el de la primera noticia que lo menciona en El Comercio. Nombre con solera el suyo, de esos que los aficionados de todo el país memorizan, como La Condomina o El Sadar, y en los que sigue brillando una recia memoria popular, en vez del neoliberalismo desolador de los Spotify y los Wanda. En este caso, se guarda la memoria de un viejo molino que hubo en aquel lugar, movido por las aguas de un riachuelo llamado El Molín, afluente del Piles, y que en el siglo XIX formaba parte de las instalaciones de la fábrica de harina La Hormiga, fundada por Romualdo Alvargonzález.
A El Molinón los sportinguistas lo llaman (lo llamamos) el Templo. Para los taurinos locales lo es la plaza. Y para los niños gijoneses lo fue durante mucho tiempo ese parque que conocían (conocíamos) como el Parque, sin más especificación, porque apenas había otro en la ciudad, y a todos nos fascinaba aquel, tan enorme y con sus patos. Tres templos, tres. El Bibio, en realidad, podría llamarse el Tribio.