«Debemos separar la iluminación navideña, llevada a cabo por los Consistorios, de la simbología religiosa, tal como está haciendo en Xixón el Gobierno»

Tenía una deuda desde principios de diciembre que hoy intentaré saldar con estas líneas que, sin ser merecedoras de brillo, al menos pretenden ser mi inicio del periodo navideño.
Me encantan las luces que decoran nuestra ciudad durante estos días. Aunque me queda un muy esperado paseo nocturno, me parece una verdadera delicia recorrer el centro de la ciudad: la Plazuela, el Muro, el Parchís, Uría, Carretera La Costa… Y dejarse mecer por los diferentes colores mirándote desde lo alto. Luces que decoran las calles españolas desde que Barcelona las colocase en 1957 y, ahora, en una competición de gasto y opulencia, las ciudades se engalanan cada Navidad mirando al cielo colgante que ilumina las aceras.
Cada vez que llega el encendido, mi mente se va a ‘La gran familia’, ese dibujo mojigato, repleto de valores y moralidad trasnochada que retrata la sociedad española querida por el Régimen. La película hace una fotografía de aquella época en donde soñar algo mejor era posible; decirlo, exigirlo o manifestarse por ello era inviable. Creo que toda mi generación ha visto el clásico de Pedro Masó, dirigido por Fernando Palacios, donde Alberto Closas, Amparo Soler y José Luis López Vázquez nos permiten ver clichés del ideal franquista sobre el estereotipo familiar que se pretendía inculcar en el español de entonces. Hoy, no como ayer, debido todavía al rescoldo de la educación tardofranquista y al nacional catolicismo de aquella época, vemos en los Cebrián (el apellido de la mujer ni se nombra) rasgos que persisten: la familia y la natalidad, matrimonio de hombre y mujer, el marido cabeza de familia, la comunión, la madre hacendosa y cuidadora… Pero no por ello debemos defenestrar la obra, pues, si quitamos su intención propagandística, tenemos una estupenda crónica de la vida de entonces: las vacaciones de mes completo, las aspiraciones de los españoles para que sus hijos fuesen a la universidad, la televisión en blanco y negro y los rombos, las cartas y el cartero, las profesiones respetables a estudiar o ejercer… A la postre, fotografía de una época con un gran elenco actoral que, edulcorando el momento gris español, hace disfrutar. Con cada fotograma nos lleva a la España de los sesenta, a mil momentos irónicamente divertidos, pero todos los españoles que hemos visto La gran familia tenemos en nuestra retina a Chencho y, junto a él, la voz carrasposa del abuelo, Pepe Isbert, en la desesperada búsqueda del nieto perdido entre belenes y luces de Navidad. Esa angustia compartida, y otras escenas, hacen que, a pesar de ser un año lo narrado, nos quedemos y recordemos mucho más lo ocurrido durante la Navidad, y me traslade a este nacional ‘¡Qué bello es vivir!’ cada vez que veo Xixón iluminada por el brillo navideño.
Hoy, lejos quedan de las calles esas bombillas de colores, redondas, con apariencia de gran pesadez que veías subir de los camiones por sus operarios, venciendo la dificultad de mover semejante alumbrado. Bombillas con ese precioso brillo que da el recuerdo, cuando, seguramente, fueran mucho más apagadas, mustias, perezosas que los iluminantes LEDs del hoy. Luces que, teniendo la misma finalidad que ahora, no competían desde las ciudades para ver qué municipio gasta más, cuál es más bonita, cuál llena de mayor derroche energético las calles. Luces animadoras del consumo, pero también animadoras del despilfarro, pues las fiestas navideñas, celebración religiosa, reactiva el consumismo y favorece la opulencia.
No sé si ambas cosas, gasto superfluo y dispendio, casan con el espíritu religioso de la Navidad, pero está claro que no se puede separar Navidad del, en nuestro caso, ámbito doctrinal católico. Aunque haya corrientes que digan que el nacimiento de Jesús fue en primavera o que la celebración del 25 de diciembre proviene de la época previa al cristianismo, siendo la misma fecha usada posteriormente para ayudar a convertir a los romanos paganos en cristianos, en nuestra cultura, la Navidad tiene un componente vinculado a la fe. No obstante, a pesar de ello, debemos separar la iluminación navideña, llevada a cabo por los Consistorios, de la simbología religiosa, tal como está haciendo en Xixón el gobierno de Foro, PP y Vox, sin que se hayan escuchado gritos de protestas por ello. Es decir, no es la izquierda quien elimina la simbología, es el sentido común y el deber institucional de vivir en una sociedad plural (cercanos en tiempo a la conmemoración de la Constitución, debemos recordar su artículo 16.3 “ninguna confesión tendrá carácter estatal” y “se garantiza la identidad ideológica, religiosa y de culto”) Por ello, desde aquí se debe agradecer y dar la enhorabuena a los responsables municipales por el mantenimiento de una forma de entender la celebración en las calles. Han tenido el sentido común de no dejarse engullir por esa corriente que intenta usar un elemento comercial y favorecedor del consumo en un elemento religioso. El “como se hizo siempre” queda para los amantes inamovibles del pasado. El “como tiene que ser”, para los amantes inamovibles de los tiempos de ‘La gran familia’. España se basa en una Constitución que eliminó el pasado gris para proteger el todos.
Debemos seguir recordando que los poderes públicos tienen la obligación de velar por la totalidad de su sociedad como dicta la Constitución, respetando las creencias de todos y todas las ciudadanas, garantizando la libertad religiosa. Sabiendo que estamos dentro de una cultura influida por el judío cristianismo, desde las Administraciones se tiene que proteger la pluralidad social y sus derechos, pues si no lo hacemos estaríamos incumpliendo las obligaciones legales establecidas. Este Ayuntamiento lo está realizando a través de unas luces que nadie ha criticado por la ausencia de simbología religiosa. La decoración sin simbología doctrinal no es extraña; lo extraño es que, este año, curiosamente, nadie haya protestado por ello.