
El Cóndor fue reducto y refugio para muchos poetas y pensadores de izquierdas de la época. Allí se juntaban latinoamericanos huyendo de sus dictaduras, terribles como todas. Buscando abrigo en una España que bostezaba democracia con la pesadilla del franquismo todavía muy presente

Despunta el sol primaveral en una mañana limpia de nubarrones y una ligera brisa mece el romero en flor en un alfeizar de Eladio Verde. Rosa abre la ventana, riega el romero, aprieta con fuerza la italiana, y mientras espera sin prisa por el café, se sienta, enciende un cigarrillo y pone la radio. Hablan del legado de un uruguayo universal: Pepe Mujica, un presidente hortelano que decía aquello tan sabio de trabajar menos e intentar vivir mejor, sin hacerse esclavo de las cosas. «No se puede comprar vida en un supermercado». Un tipo de izquierdas que trató de cambiar el mundo o darle vuelta como si fuese un calcetín, pero el mundo es un calcetín de compresión, no se deja mudar y mucho menos el sistema que explota a la clase obrera. Ese sistema que no se comprende mas se acepta con la misma resignación vendida desde púlpitos, altares o iglesias por los siglos de los siglos.

Esa memoria caprichosa envuelve con celofán de nostalgia los pensamientos de Rosa y vuelan sus recuerdos a la década de los 70. Cuando dejó su querida Puebla de Lillo para dar clase en el Colegio Honesto Batalón. Conoció, amó Gijón, el barrio alto y de paso a un playu uruguayo del que se enamoró perdidamente en un oscuro local de la misma calle donde hoy está su hogar. Se llamaba Pablo, como el dueño del garito, y cantaba muy bien por Víctor Jara: «Te recuerdo Amanda, la calle mojada. Corriendo a la fábrica donde trabajaba Manuel». El Cóndor fue reducto y refugio para muchos poetas y pensadores de izquierdas de la época. Allí se juntaban latinoamericanos huyendo de sus dictaduras, terribles como todas. Buscando abrigo en una España que bostezaba democracia con la pesadilla del franquismo todavía muy presente. Regentaba el bar cantante un argentino llamado Pablo Chabrol, amigo de su Pablo. Pablo Bossio, natural de Paso de los Toros, maestro como Rosa, buen guitarrista de ojos verdes y camarada de Pepe Mujica. En el Cóndor se dieron su primer beso, largo y con sabor a cerveza y tabaco, sonaba de fondo «A Cantaros» de Pablo Guerrero, interpretada por alguien que se quedó ronco en el estribillo. También en El Cóndor, conoció Rosa, al comunista Luis Felipe Capellín, que años más tarde dedicaría un documental a las noches de esperanza con Chabrol.

Coincidió Rosa con un buen puñado de camaradas y compañeras que pasados los lustros, abrazaron sin desmayo alguno «las lisonjas» del mercado libre. Que es de todo menos libre. Si en esos ingenuos años 70 se hubiesen imaginado el precio de unas ratoneras en 2025, en «un viejo territorio comanche», no se lo podrían creer, 300 o 350000 euros, llave en mano. Rosa y Pablo se casaron y se fue pagando, con esfuerzo y ahorro espartano, la maldita hipoteca de un piso a la vera de lo que fue El Cóndor. Seis años después de una boda sin demasiadas alharacas pero con mucho amor, Pablo se mató en coche. En una lluviosa mañana de mayo. Llegaba tarde al trabajo, era profesor de matemáticas en el Instituto Politécnico de Avilés. Y Rosa, en esta soleada mañana de mayo, no puede dejar de recordar unos ojos verdes que le cantaban bajito: «La sonrisa ancha, la lluvia en el pelo. No importaba nada, ibas a encontrarte con él».