
«Hablemos de los usos que se establecen para la utilización de nuestras calles»

La semana pasada escribía sobre esa idea, que continúa dando vueltas en el Ayuntamiento de Gijón, de colocar unas gradas en el entorno de la cuesta del Cholo, ahora con el apoyo inestimable de la Asociación de Hostelería y Turismo en Asturias (OTEA) -para sorpresa de nadie-, que lo ve como una idea espectacular. Y, a raíz de este asunto, me di cuenta de que suelo daros la tabarra mucho con el urbanismo, con el medio ambiente, con las grandes infraestructuras que tenemos pendientes en la ciudad… Pero que no he reparado nunca en limitarme a hablar de un elemento que configura nuestras ciudades y que es esencial en nuestro día a día: las calles. Y no me refiero a ninguna calle en concreto, sino a las calles como elemento vertebrador de todas las necesidades de una ciudad. Creo que viene muy al caso, hilándolo con cómo arrancaba este artículo, que hablemos de los usos que se establecen para la utilización de nuestras calles.
Sin duda, nuestras calles se prestan a todo tipo de utilizaciones efímeras, nos gusten más o menos algunas de ellas. Es compresible cualquier tipo de uso ciudadano, como una manifestación, cualquier evento que se nos pueda ocurrir, fiesta, celebración, homenajes, acto civil, cultural, deportivo, de ocio, etc. Pero siempre pensando en actos que tienen un principio y un fin. Valorando esto, podemos unos aguantarnos cuando les da por poner ‘gastrocasetas’, y pueden los otros aguantarse cuando haya movilizaciones en contra de que se masifique un barrio. En efecto, pueden darse muchas circunstancias, pero lo que resulta discutible es asumir -y no solo asumir, sino trasladar a la norma legal a través de las ordenanzas vigentes- que «poner una terraza» sea el único elemento que va a estar siempre presente en nuestras calles. Es decir, supeditar un espacio público a un aprovechamiento privado muy concreto, muy definido e inalterable a través del tiempo.
Es cierto -como, por otro lado, solo faltaría- que la normativa establece unos parámetros específicos de uso y de condicionantes, y no es motivo de este artículo asumir que esta realidad sea cierta, o se cumpla en todos los casos -eso es cosa del Ayuntamiento-, sino poner en solfa el hecho en sí mismo. En una ciudad con escasísimos espacios urbanos disponibles, la presencia continua de instalaciones de hostelería genera un modelo de ciudad, cuando menos, debatible. Claro está que, si añadimos los condicionantes específicos de Gijón, de poseer barrios que, de manera continuada, apenas tienen espacios verdes o siquiera espacios de consumo urbano para detenerse, simplemente, se logra que la saturación del uso del espacio público sea evidente. Eso, sin abrir el melón de la prácticamente nula trama urbana sin coches, que apenas existe en la ciudad, y apenas se ha modificado en veinte años. Y por no mencionar la disposición urbana del mobiliario público, las deficiencias en el mantenimiento y la ausencia de recorridos urbanos paseables, más allá del primer frente marítimo.
Con todo, la mercantilización del espacio público para un uso tan concreto como el de poner copas y cafés, a cambio del beneficio empresarial de terceros, genera un modelo de espacio público que solo puedes percibir si levantas un poco la mirada y disfrutas de un paseo por alguna otra ciudad que, si bien también puede tener su espacio con terrazas, no es un constante continuo dentro de la malla. Supongo que lo que pasa es que nos falta calle para compatibilizarlo todo.
La duda, o la pregunta, más bien es… ¿Qué debería prevalecer?