La única propietaria que vive en las fincas amenazadas por la ampliación de Cabueñes lamenta la incertidumbre a la que son sometidos por una total ausencia de información sobre el proyecto y sus plazos

“Ojalá no me tenga que ir de mi casa”. La reflexión en voz alta, a medio camino entre la angustia y la esperanza, describe la incertidumbre en la que vive una familia gijonesa desde hace mucho tiempo tras haber caído en las ‘garras’ del imparable crecimiento del Hospital de Cabueñes. Su finca, al lado mismo de la lavandería del centro sanitario, “apenas a diez metros” está señalada por un punto rojo desde hace casi veinte años. “Nos dijeron en el ayuntamiento que no nos darían licencia ni para la escalera de un gallinero”, describe gráficamente la propietaria de la vivienda unifamiliar. De esto hace ya muchos años y ya por entonces les quedó claro que su legado familiar, adquirido incluso antes de iniciarse las obras de la antigua Residencia Sanitaria, tendría una obligada fecha de caducidad. Han pasado incluso varios lustros y ahí sigue viviendo con su marido y sus dos hijos menores de edad. ¿Hasta cuándo? Esa es la gran pregunta para la que ni ella misma tiene respuesta. La resolución está en manos tanto del Ayuntamiento de Gijón como del gobierno del Principado y, en menor medida, de la gerencia del propio Hospital de Cabueñes. Nadie, ninguno de ellos, les aporta la menor explicación. Sólo encuentran silencio y son conscientes de que el tiempo se les agota.
Este particular calvario, el mismo que supone saber que, por imperativo legal, tendrás que dejar la casa en la que forjaste tu vida, viene ya de muy atrás, allá por 2008, aunque tomó especial velocidad hace unos años cuando se puso sobre la mesa la ampliación del Hospital de referencia en Gijón y, más aún, con la más que publicitada intención de la Clínica Quirón en aterrizar en la ciudad. Fue ahí, eso sí, a través de los medios de comunicación, cuando varios vecinos del entorno empezaron a tener conocimiento de que se habían convertido en una especie de moneda de cambio, de objeto de trueque, entre la empresa privada sanitaria y el Ayuntamiento de Gijón. Su ‘delito’ era tener los praos en la zona Sur del Hospital, pieza clave para las comunicaciones viarias de la ampliación.
Desde entonces, se confiesa esta vecina, “todo es incertidumbre”. Sabían que teniendo su hogar entre la iglesia de Cabueñes y el propio hospital, sus posibilidades de supervivencia a largo plazo eran más bien escasas, por no decir nulas. La vía de la expropiación por el denominado interés general ya pendía sobre su tejado, pero fue entonces cuando entró en liza el proyecto de Quirón. La mujer lo recuerda hasta con un cierto grado de indignación. Tanto su familia como otros propietarios de prados colindantes (los mismos que se precisaban para hacer la permuta con el ayuntamiento) llegaron a un acuerdo económico, de esto hace como seis años, con esta empresa privada sanitaria, que quedó pendiente de concretar otros trámites administrativos que a ellos no les concernían, la mayor parte de índole técnica y urbanística. Asumido tenían entonces que tendrían que irse y buscarse otro hogar familiar. De esto hace ya varios años. Tantos que el acuerdo económico caducó y de los interlocutores de Quirón no han sabido nada más. No ha habido, pues, ni compra ni contacto alguno. Por mera deducción, entienden que la clínica privada ha renunciado al negocio que pretendía levantar en Nuevo Gijón y, por ende, a la compra de estas fincas de Cabueñes, salvo que vaya adelante la opción de ubicarse en el Hospital de Jove, pero para ello ya no haría falta acuerdo alguno con el ayuntamiento.
Ante la sangrante falta de información, los vecinos acudieron al Ayuntamiento de Gijón, “de esto hace ya años” y no obtuvieron respuesta alguna. Como parece lógico, crece la inquietud, sobre todo cuando las declaraciones políticas los ‘meten en el cocido’ sin contar con ellos para nada. Con las cosas en este punto, apoyados por la Asociación de Vecinos de Cabueñes, también preocupada por el asunto, lograron que les convocara la gerencia del Hospital a una reunión que se iba a celebrar la pasada semana. ¿El motivo? Conseguir información sobre los planes de expansión del centro hospitalario, los plazos y, en fin, saber a qué atenerse en un futuro próximo. De forma sorpresiva, la gerencia anuló posteriormente la cita, que quedó para más adelante, pero sin fecha concreta.
En suma, en este momento, esta familia no sabe cuál será su destino a corto ni a medio plazo. Incluso la mujer mantiene la esperanza de que “si nos pilla la última fase de la obra, aún podremos seguir aquí varios años”, argumento que basa en la evidente lentitud, traducida ahora en paralización, con la que se están llevando a cabo las obras de ampliación del hospital. Su casa depende de ello, pero también recuerda la incertidumbre de los propietarios de los prados colindantes “alguno de ellos, uno o dos han sido ocupados por la obra”, porque, dice, “cada uno tiene sus particulares circunstancias”.
De momento, lo que les toca es esperar y sentir cómo el esqueleto de la obra abandonada hace casi un año y medio “aúlla” los días de viento fuerte al entrar por los huecos de las ventanas, por no hablar de las continuas intervenciones policiales por la inseguridad del entorno, más que propicio para el pillaje. Un panorama bastante alejado de aquellos años de mediados del siglo pasado cuando la familia adquirió la parcela, por entonces totalmente rural, y construyó una casa desde la que se podía ver a la perfección la Universidad Laboral. Saben que el hospital ‘se los va a merendar’ y ni siquiera los ‘chefs’ de la obra tienen a bien informarles del menú. Huele a congestión.