Podemos criticar la propia Fundación, pues muchas veces las personas tenemos esa capacidad innata de criticar hasta lo desconocido, pero no podemos dejar de sentirnos privilegiados por tener, durante unos días, en nuestra casa, a referentes mundiales

Sea cual sea la ideología de las personas de nuestra Comunidad Autónoma, sea cual sea la configuración del Estado que desee cada uno, lo que está claro es que los Premios Princesa de Asturias son un momento único en nuestra región y un evento con gran visibilidad en todo planeta. Los españoles somos gente criticona por naturaleza, exigentes con nuestros éxitos y con quien los profesa, y esto nos lleva a opinar, muchas veces de manera injusta, de lo que somos y de lo que hacemos. Nuestros internacionales galardones no se libran de esa forma de ser y de sentir. Podemos criticar algunos de los premios otorgados durante su historia, sin duda, porque cuando se premia quedan muchos atrás con posibilidades a ser honrados. Podemos criticar la propia Fundación, pues muchas veces las personas tenemos esa capacidad innata de criticar hasta lo desconocido, pero no podemos dejar de sentirnos privilegiados por tener, durante unos días, en nuestra casa, a referentes mundiales en diferentes ramas de la humanidad. Abierto a la sociedad, a unos pocos metros, la Fundación te permite ver, mirar, sentir a investigadores, escritoras, científicas, actrices, músicas, deportistas, instituciones, para deleite de quienes disfrutamos con el saber.
Acercar los Premios y los premiados a la gente, hacernos partícipes de un evento de tal magnitud, es un gran acierto de esta Fundación. Una Fundación que permite usar los diferentes agentes de la región para configurar una semana única en el año, única en el mundo. Si un galardón debe ser realizado para atestiguar el valor del o de la premiada, acercarlo a las personas para que lo puedan disfrutar es generar referentes, divulgar su labor, dar a conocer lo desconocido, pues no debemos ser hipócritas diciendo que sabemos de los talentos y méritos de todas las personas que realizan su discurso en el Teatro Campoamor. Esa manera de entender los galardones se ha conseguido gracias a la línea de la propia Fundación y a las personas que durante todo el año trabajan para eclosionar a lo largo de una semana del mes de octubre. Un equipo de trabajo eficiente, eficaz, amante de su labor y apasionado de Asturias. Un equipo de trabajo que vela porque todo salga bien desde el primer momento: con los y las premiadas y sus agentes, con los equipamientos y sus responsables, con la parte política y sus protocolos, con la sociedad civil y su participación. Es decir, un equipo de trabajo dinamizando ciudades y pueblos para lograr un objetivo de todos, pues los Premios Princesa de Asturias, al final, son parte de toda la Comunidad Autónoma. Esa manera de entender la Comunidad y los galardones, hace abrir los actos de la semana al territorio asturiano, haciendo verdaderos esfuerzos para salvar las dificultades del escaso tiempo de las personas galardonadas, el contentar a ciudades y público, deseosos que todo estuviera en sus equipamientos, y propiciar el encuentro en el acto final de la entrega.
Me dicen desde otros países como viven su manera de sentir los premios, el interés creciente frente al televisor para ver cómo transcurre la ceremonia, los discursos, los vestidos y trajes, y creo, quizás me equivoque, que ese seguimiento foráneo es mayor que el que profesamos desde la proximidad, desde nuestra propia casa. Después, en el silencio del papel escrito, nos ponemos a leer los discursos de aquellos que vienen a nuestra tierra a recoger un galardón que se asemeja a los lejanos Nobel, empapándonos de la sapiencia, experiencia y conocimiento, enriqueciéndonos a través de sus mensajes, trayectorias y valores, pero antes, con esa característica tan nuestra, damos la espalda a sentarnos frente a esa pantalla con sonidos de gaita que nos acerca a la humanidad agolpada en el escenario del Campoamor.
Creo que debemos dejarnos imbuir mucho más por el espíritu de los Premios, por el trabajo de la Fundación, por el buen hacer de los equipos. No hacerlo, dar la espalda por entender más adecuada otra forma de gobierno del Estado, no valorar por ser próximos a nuestra realidad, ausentarnos por sentir que la Fundación es algo lejano y apoyado en pedestales, es, a mi modo de entender, una equivocación, pues, su dinamización de las ciudades, la ilusión de los pueblos premiados, la alegría de los y las galardonadas, la proximidad de las personalidades, que con su labor permiten una vida mejor al resto de los mortales, nos permite ver como grandes profesionales fomentan desde Asturias la defensa de la humanidad.
Xixón ha participado en esta edición con un mayor peso, realizando una programación específica en la ciudad, centrada en Tabacalera y orientada a Murakami. Este pensamiento realizado por parte de la Fundación es de agradecer. Hace más partícipe, a través de un lugar que ha sido un gran acierto, por la majestuosidad, historia y futuro del edificio, a la ciudad más grande de Asturias de los premios más importantes de la región. Ahora queda que ese impulso foráneo, es decir, alejado del ayuntamiento, genere la inercia suficiente para seguir implicando y acerando al equipamiento a la ciudad. Queda mucho para ver en funcionamiento Tabacalera, pero, desde ahora mismo, se puede generar a través de ella pertenencia en al barrio, y con ello a los gijoneses y gijonesas. Sin ese sentimiento, sin lograr que la gente de aquí forme parte de su futuro, sin que se sientan orgullosos de un edificio que habla de pasados, el histórico equipamiento será un lugar propio para extraños y ajeno para gijoneses y habitantes de Cimavilla. No ir tejiendo esas cuerdas que lo deben unir a nuestras calles, no aprovechar la fuerza que los Premios la han otorgado, hará que se diluya en el aire gijonés como humo de tabaco.