
Sirvan estas líneas como reflexión en voz alta sobre cómo contar con unos buenos profesores puede influir en tu posterior trayectoria personal y profesional

Este año recién estrenado se cumplirán cincuenta de la promoción 1969-1976 del Real Instituto “Jovellanos” de Gijón, de la que formé parte. Parece, pues, un momento oportuno para echar la vista atrás y recordar a algunos de los docentes –hombres y mujeres- que me dieron clase y que, por una u otra razón, me dejaron una huella especial tanto en el aspecto estrictamente académico como en el humano.
Habiendo glosado ya en alguna ocasión en prensa la singular personalidad del profesor de latín Francisco Vizoso, voy a centrarme hoy en las figuras de Sara Suárez Solís, María Virginia Menéndez García, y Mariano de Castro Antolín.
Ante un joven estudiante de sexto de bachiller como era yo, Sara Suárez -“la Sara”, como se decía en el argot estudiantil- aparecía como una mujer seria, atractiva, de sonrisa no fácil pero sí sincera. Poseía una virtud que no abunda y que siempre he valorado en los buenos docentes: era capaz de mantener el orden y la disciplina invitando a razonar, sin gritos, sin aspavientos, pues su sola presencia imponía respeto. Bastaba que apareciera por la puerta para que nos sentáramos dispuestos a escucharla.
Lo que decía el libro de Literatura de Fernando Lázaro Carreter, ella lo hacía más comprensible y lo enriquecía con algún comentario que aumentara nuestro interés por la obra o el autor correspondientes.
De Sara aprendí a comentar textos en prosa y en verso, enseñanza que me sería de gran utilidad en mi posterior labor como docente.
Tiempo después de aquel 1976 volví a verla y me llevé una decepción al comprobar que no recordaba haberme dado clase. No obstante, me dedicó con cariñosas palabras su libro Camino con retorno, que guardo como un tesoro.
Hace unos años me enteré de que Sara había fallecido en el 2000, dejando el recuerdo de una gran docente y de una persona comprometida hasta el último suspiro en la defensa de la igualdad entre hombres y mujeres. En señal de reconocimiento y gratitud, una plaza de Gijón lleva hoy su nombre.
En mi mente de un adolescente de dieciséis años, alumno de un instituto masculino separado de otro femenino (el “Doña Jimena”) por una calle y sendas infranqueables vallas, Virginia Menéndez aparecía como una profesora de Historia del Arte atractiva y joven (sólo me llevaba doce años) que sabía ganarse a sus alumnos ayudada por su cercanía y por un perfume inconfundible cuyo rastro era fácil seguir desde que salía de su domicilio en la calle Avilés hasta que llegaba al aula.
Equipada con uno de aquellos proyectores portátiles de diapositivas que tanto juego daban, esbozando de vez en cuando alguna sonrisa pero sin pasarse para que no nos desmadráramos, Virginia fue capaz de transmitir –al menos a mí- el interés por la Historia del Arte, hasta el punto de que ha sido la materia que con más satisfacción personal he estudiado, e impartido después en mis años de docencia.
Hace unos tres años me enteré de que la querida profesora había fallecido pocos meses después de jubilarse –calculo que sería hacia 2008-. Saberlo supuso para mí un gran disgusto. La recordaré siempre con cariño y gratitud, conservando de ella la imagen que aquí he descrito.
El 10 de noviembre de 1975, un joven catedrático de Historia, de nombre Mariano de Castro, nos preguntaba poco después de empezar su clase de COU algo así como: “¿Oyeron en el Telediario que Hassan II ordenó retirarse a los de la marcha verde?”. “Sí –le contesté-, dijeron que era porque se habían dado cuenta de que no iban a conseguir su propósito”. “Pues no es verdad –repuso-. Yo les digo que si ordenó la retirada es porque España le va a entregar el Sáhara”.
Cuando diez días después el BOE confirmó que el profesor tenía razón, en mi mente de adolescente indignado surgió un firme propósito: “Algún día sabré quién y por qué ha traicionado así al pueblo saharaui”. A resolver dichas incógnitas y a estudiar las consecuencias derivadas de aquella “venta” he dedicado desde entonces buena parte de mi obra como historiador y divulgador.
Hace unos meses, localicé por teléfono al hoy octogenario profesor, del que no había vuelto a saber desde 1976, y le comenté agradecido aquella intuición-deducción suya que tanto influiría en mi vida.
Sirvan estas líneas como reflexión en voz alta sobre cómo contar con unos buenos profesores puede influir en tu posterior trayectoria personal y profesional. Sirvan también como testimonio de mi gratitud y recuerdo permanente hacia ellos.
José Ignacio Algueró Cuervo es doctor en Geografía e Historia, y autor de ‘El Sáhara y España. Claves de una descolonización pendiente’