
«La actuación pura y dura sobre el medio natural nos ha llevado al punto en el que estamos»

Nunca pensé verme en la situación de escribir un artículo como el que voy a intentar escribir a continuación, pero me imagino que tampoco me imaginé ver en el poder de numerosos países a personas que hacen creíble cualquier personaje del inefable Ozores de los años 60 en España. Es por eso por lo que hoy voy a escribir de medio ambiente; concretamente, sobre el ciclo natural del agua. No porque sea necesario explicarlo, que además hay formas mejores de hacerlo que a través de un artículo de opinión, sino porque creo que la batalla, en lo que tiene que ver con el medio ambiente, hay que darla sí o sí o, si no, acabaremos convirtiendo el planeta azul en el planeta negro y gris.
Seguramente todos habréis leído declaraciones de representantes públicos de calado extremista hablando del agua de nuestros ríos como quien habla de un ladrillo. Hablando de que el agua de los ríos «se pierde» en el mar, y cosas de tal ignorancia y gravedad, que pueden parecer imposibles. Pero, al parecer, en sus cabezas lo son, y si tienen responsabilidades de Gobierno, miedo me da a que los presupuestos públicos se empiecen a dedicar a ensoñaciones bárbaras que, además, destrocen de manera irreparable nuestros ecosistemas. Esas cabezas pensantes no parecen conocer lo que se imparte en la ESO y en Primaria respecto a lo esencial que es para nuestro planeta -y, por tanto, para quienes vivimos en él- que procuremos mantener un ciclo natural del agua lo menos intervenido posible. Mejor dicho, que procuremos no afectarlo más de lo que ya lo hemos hecho, al punto en el que estamos, de absoluta crisis climática.
La afectación del cambio climático sobre todo lo que nos rodea es palpable, evidente, salvo a los ojos de la ignorancia más paranoica. De hecho, estas ‘ideas de bombero’ de jugar con el agua derivan de una realidad -que cada vez veremos con mayor frecuencia- de carencia hídrica en muchos lugares de España. Y no se soluciona con llevar agua del Ebro hasta allí, o del Duero, o del Tajo, o del Sella, salvo si lo que quieres es cargarte el delicado equilibrio ecológico que sostiene a decenas de hábitats y ciclos naturales, que los más crédulos empiezan a ver solo cuando comienzan a desaparecer. La actuación pura y dura sobre el medio natural nos ha llevado al punto en el que estamos; las inundaciones explosivas que vivimos y viviremos solo son un punto de inicio de las condiciones climáticas a las que nos enfrentaremos. Pero no solo. El urbanismo desorbitado en vegas, ramblas, barrancos y demás zonas inundables no se soluciona -como ya los ejemplos hablan por sí solos- con más hormigón porque sí, sino con una visión de conjunto del territorio, en el que las pautas de intervención deben considerar muchos más elementos que el simple hecho de colocar una infraestructura.
La desertización de buena parte de la España mediterránea no se va a solucionar con más y más agua sin criterio, sino con una ordenación del territorio en donde no se pueden seguir considerando ciertos recursos naturales -el suelo y el agua- como infinitos, sino aplicando medidas -y políticas- para paliar y establecer unas mejores condiciones de habitabilidad. Pero no a costa de cargarse el futuro. Pero esto de cuidar y de preservar no parece que interese a quien pregona ‘políticas de barra de bar’, que parecen triunfar, mientras que decenas de miles de investigadores y científicos -como los que desarrollaron, por ejemplo, la mecánica de fluidos para lograr que un avión se sostenga en el aire- nos insisten, una y otra vez, en la necesidad de que seamos conscientes de que nos estamos cargando todo.
Releyendo el artículo, estoy seguro que de poco valdrá lo dicho. A los convencidos, como yo, por la ciencia no os digo nada nuevo, seguro, y a los pocos que hayáis llegado hasta aquí que no os vaya este ‘rollo’ de que la ciencia tiene razón, dudo que haya dado algún dato que os haga dejar de pensar que poner más y más muros de hormigón en los ríos es una buena idea. ¿O no?