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Rituales

Firma invitada por Firma invitada
10/01/26
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Empeñada en el hormigón y el humo de los coches, la ciudad circula solitaria por una vía que la gran mayoría de las ciudades españolas y europeas ya han abandonado (…) Pero el camino que nos imponen en Xixón es uno que no solo nos está saliendo bastante caro, sino que también es uno que ni siquiera transitan otras ciudades también gobernadas por fuerzas conservadoras

La gente que me conoce sabe que el Día de Reyes es uno de mis días favoritos del año. Me encanta regalar, desayunar roscón, hacer trampas para encontrar el premio escondido dentro, ir de compras, el sonido crujiente del papel de regalo al desgarrarse, la visión de todos los paquetitos perfectamente envueltos y colocados con cariño en el sofá antes de irme a dormir, los nervios esperando a que salga el sol, madrugar —solo ese día— e ir de casa en casa. Me encanta el Día de Reyes porque todo el mundo está feliz, las calles se llenan de niños y niñas y tienes que ir de un lado a otro. De hecho me gusta tanto ese día que para mí realmente es el momento en el que doy por inaugurado el año y que marca las sensaciones sobre lo que está por venir.

Es un día que además tengo perfectamente ritualizado: el desayuno temprano en casa de mis padres, el segundo desayuno en mi casa, el vermú del mediodía, las visitas al resto de la familia por la tarde y llegar a casa cansada y satisfecha y aun así sacar fuerzas y tiempo para desmontar el árbol y recoger los adornos, recolocar los muebles de la sala y hacer que todo vuelva a lo que antes era. O casi. Porque cada año este ritual de limpieza y orden a deshora ayuda a que mi mente entienda que al día siguiente se vuelve a la rutina, que las Navidades han quedado atrás y que todo tiene que volver a su sitio. Más o menos. Porque la casa ya no es la misma, se ha llenado de cosas nuevas, ha habido que hacer huecos, reorganizar, colocar, tomar decisiones. Mi casa se ha transformado, ha evolucionado y con ella nosotros también.

Pero no solo las casas mutan, las ciudades también lo hacen. Solo que morosamente. Tienen su propio ritmo. Pausado, perezoso pero imparable. Aunque hay veces que nos impacientamos porque nuestras ciudades no parecen querer acoplarse a la realidad y a los cambios. Y así, los adornos y las luces de las fiestas languidecen durante semanas, deslucidos, desfasados y fuera de lugar en una urbe que ya ha recuperado las prisas, las obligaciones y el color de la rutina. Tal pareciera como si Xixón se despertara perezosa de las fiestas y le costara dejarlas pasar, avanzar, evolucionar. Como si se aferrase inútilmente al pasado dándoles la espalda al presente y al futuro.

Y al igual que cuando te encuentras un adorno navideño urbano a finales de enero te invade una sensación de rechazo y extrañamiento ante un tótem levantado en honor a un pasado que ya carece de sentido, del mismo modo las siluetas de las grúas en el horizonte xixonés son, para muchos de nosotros, el símbolo de la traición a la promesa de renovación, al ritual de reinicio y a los propósitos de enmienda. Una testaruda y ridícula apuesta por repetir los errores del pasado, como el esqueleto olvidado de un Papá Noel gigante en medio de una plaza en pleno mes de julio.

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Un eterno Día de la Marmota en el que se encuentra atrapado Xixón, que mira hacia atrás, hacia los años dos mil, como si nunca nos hubiera estallado la burbuja inmobiliaria en la cara y hubiéramos olvidado el espectro de los desahucios y el triste espectáculo de los bajos comerciales vacíos y abandonados. Xixón condenada a soportar los recrecidos que destrozan edificios bellos y con historia y los nuevos pisos de lujo, mediopensionistas o aspiracionales que se alzan ya, o no tardarán en hacerlo, en cada uno de nuestros barrios sin respetar ni la estética ni la ética del lugar en el que son plantados. Destinados además, la gran mayoría, a convertirse en segundas viviendas de gente de fuera o en pisos turísticos, hipotecando así el futuro de nuestra ciudad convertida ya en un no lugar, un espacio de tránsito o de vacaciones pero no en hogar que acoge y protege.

Empeñada en el hormigón y el humo de los coches, la ciudad circula solitaria por una vía que la gran mayoría de las ciudades españolas y europeas ya han abandonado, preocupadas en devolver la polis a la ciudadanía y en salvaguardar la salud y el bienestar. Pero el camino que nos imponen en Xixón es uno que no solo nos está saliendo bastante caro, sino que también es uno que ni siquiera transitan otras ciudades también gobernadas por fuerzas conservadoras.

Sin embargo nuestro ayuntamiento se sigue empeñando en ensayar en Xixón políticas que solo miran al pasado y que impiden que la ciudad evolucione y se adapte a las necesidades del futuro. Y como las luces de Navidad después del Día de Reyes, el Xixón de Foro comienza a verse ya como un Xixón deslucido, desfasado y fuera de lugar. Es hora de recoger, limpiar y ponerse al día.

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