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sábado, 7 febrero, 2026
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Tres encuentros en La Escalerona

Pablo Batalla por Pablo Batalla
22/12/25
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La Escalerona se construyó en estilo racionalista, pero no todo en ella es racional; y ha habido asimismo quien ha encontrado en ella destellos de deslumbrante, maravillosa irrazón

Tras siete meses de obras en julio 1933 se inaugura la Escalerona, que da acceso a la playa de San Lorenzo de Gijón/Fotos del archivo del Muséu del Pueblu d’Asturies

Fue polémica, en su día, la construcción de la Escalerona. Corría el año 1933 y eran tiempos de crisis económica, que hicieron que muchos playos arquearan la ceja y levantaran el dedo ante las 75.000 pesetas que costó la obra: setenta mil de la propia obra y cinco mil de los instrumentos instalados en esta Escalera Monumental —que así se llamó—: termómetro, barómetro y reloj. Duró tres meses, tiempo récord. Bertolt Brecht se preguntaba quién construyó Tebas, la de las Siete Puertas. La Escalera Monumental la construyó una cuadrilla de obreros que trabajaron día y noche, y a los que se recordaría comiendo por la zona del martillo de Capua el bocadillo que les llevaban sus familiares. Cuando terminaron el curro, las objeciones no tardaron en olvidarse, porque la gran escalera no tardó en convertirse en icono de la ciudad. Tampoco en rebautizarse, cayendo en el saco —el sacón— del gusto de los locales por los aumentativos, junto con L’Acerona o El Molinón.

Ahí está, desde entonces, viendo pasar el tiempo. En Gijón es lugar de encuentro por excelencia, empatado con el Pelayo de la plaza del Marqués. Todos los gijoneses hemos quedado en la Escalerona para algo y alguna vez; todos nos hemos apoyado en la barandilla para mirar la playa, las olas, a los bañistas y tomadores de sol mientras esperábamos. Y algunos han encontrado, no a alguien, sino algo. Trabajo, por ejemplo. Ya en aquellos críticos años treinta lo buscaban allí los llamados marruecos, que se apostaban —cuenta el cronista Bonet, y se lo leemos a José Antonio Mases en Todos los días Gijón— cerca del pretil de la Garita, para ofrecerse como jornaleros del campo, a cambio de unos reales y la comida. Escribe Mases que «los marruecos eran hombres desocupados, solteros o casados, lugareños o forasteros, que no pocas veces tenían que alejarse de aquel punto de espera con las manos vacías, pero ya una de ellas extendida hacia el viandante de buena voluntad que quisiera contribuir a que el parado se llevase al bolsillo el valor de un mendrugo y, acaso, el de medio vaso de vino, engañoso restañador de las privaciones».

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Otros han encontrado un hogar, el que no tenían, reemplazo a veces de aquel del que les habían privado. Lo encontró en Gijón el novelista Luis Sepúlveda, chileno allendista que de Chile tuvo que huir tras el golpe del setenta y tres, y después de dar muchos tumbos (Buenos Aires, Montevideo, Brasil, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Nicaragua, Alemania) dejó de darlos aquí, en esta ciudad en la que cayó en 1997, y en la que ya moriría. De ella, tal vez el sitio que le dijo que era su sitio fue la Escalerona, porque la mencionó en un texto que escribió un año después (1998), y en el que este hombre que quiso un mundo fraterno escribe sobre Gijón como ciudad del cariño, como nido de amor:

«La palabra Gijón empieza con “g” de gentes, y sus habitantes no se inhiben para mostrarse como tales. En Gijón se quiere con la dulce y serena normalidad del cariño, y en Gijón se ama con un lenguaje de manos entrelazadas aprendido tal vez de los pájaros a la hora de construir sus nidos.

Inconformistas, discutidores, campeones para reclamar, los gijoneses son la nata de sus plazas, paseos y parques. […] [Es Gijón c]iudad de madrugadores y de noctámbulos. Apenas clarea el alba y ya están los bañistas frente a La Escalerona. Pienso que de la mano abandonan la tibieza de las sábanas caseras, y veo que de la mano entran en las frías sábanas atlánticas. Y de la mano saltan, chapotean, salen, dan saltitos antes de vestirse y alejarse de la mano rumbo al primer café con leche las señoras, al primer coñac o anís los caballeros. A cualquier hora, por Cimadevilla se pasean con un brazo sobre los hombros del otro, o diciéndose mil cosas con el lenguaje telegráfico de los dedos sobre la palma de la mano».

La Escalerona se construyó en estilo racionalista, pero no todo en ella es racional; y ha habido asimismo quien ha encontrado en ella destellos de deslumbrante, maravillosa irrazón. A uno de los mejores pintores gijoneses, Melquiades Álvarez, lo que lo cautivó de la Escalerona —si nos fiamos de lo que cuenta Pedro de Silva en Lo que queda a la espalda— no fue el hormigón, sino la luz, una luz concreta: la aureola que se forma en la salida del agua de sus duchas. Melquiades es un perseguidor de lo inmaterial, que no es lo mismo que lo espiritual ni lo sobrenatural, sino la intersección de la luz y el tiempo. A veces hay una señal —le dice el pintor a Silva—. A veces, de pronto, detrás de cualquier cosa, en cualquier sitio inesperado, en uno tan inesperado como las duchas de San Lorenzo, al lado de la Escalerona, se puede aparecer un ánima.

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